Las brujas, la primavera y las semillas

Las plantas crecen mejor cuando se siembran en luna creciente, me dijo mi amiga-hermana Ileana. Las últimas que sembré hace poco más de una semana las sembré un día que llegué a casa muy nerviosa, la luna estaba creciendo, yo estaba llena de ideas, y pendientes y cosas qué hacer.

A veces me sucede que me acerco a la tierra porque tengo en la cabeza un ruido frenético que no para y meter las manos a la tierra me ayuda a calmarme. Si alguien me hablara en esos momentos seguro parecería grosera; no contestaría. Ensuciarse las manos es estar en trance. Hay momentos en los que sólo quiero enlodarme las manos, tengo la mente en otra parte, la vista medio perdida, desmenuzo con cuidado los grumos de lodo, inserto las semillas, les pongo agua, trasplanto, cubro, riego, y cuando vuelvo a la vida “real” estoy mucho mejor.

Dicen que las mujeres inventaron la agricultura. Yo no tengo un dato exacto para sustentar esto, pero acercarme a la tierra me ha enseñado cosas.

En la ciudad he vivido casi siempre en departamentos, es una aventura que la gente del campo mira con risa: tengo que poner las semillas en pequeños recipientes, con tierra que atesoro, con nutrientes que saco con mucho cuidado de los residuos de la cocina. Tengo que cuidar que estén cerca de la ventana, y además que les dé el sol. Siempre hay que trasplantar cuando son más grandes y para eso se necesita más tierra que debo transportar hasta el 4° o 5°piso del edificio. Aún así lo disfruto mucho. Y de los tres años que llevo intentando aprender de las siembras y los cuidados de las plantas no ha habido ningún momento en el que vea que la semilla ya brotó y que no me parezca sumamente emocionante.

Hace poco que mi familia tuvo la afortunada posibilidad de construir casa en el campo. Cuando llegué a la casa por primera vez me di cuenta de que el patio no tenía límites. No sólo tenía un patio, sino que todo debajo de mis pies era fértil, era casi increíble. No tenía que buscar con cuidado la tierra para mis plantas, toda estaba debajo de mi. Creo que sembré algunas cosas desde el primer día y cuando me fui para volver al D.F. ya había brotes muy grandes. Nunca había estado en el campo sabiendo lo valioso que era que hubiera tierra, sol y agua. Para mi lo valioso no estaba en que de ahí podría salir mi comida eventualmente, sino en que yo sabía que tocar la tierra con las manos me calmaba mucho. Un día había que quitar piedras muy grandes de lo que sería el huerto y después de tres días en la casa me di cuenta de que no era tan difícil, así que me puse a quitar las piedras con un pico.

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Yo no sé si tengo una visión ilusa respecto al campo, la realidad tanto del campo y de la ciudad es demasiado compleja como para asegurar algo en su generalidad y no caer en el agujero gigantesco del relativismo. El campo mexicano y el de muchos lugares del mundo padece una depredación tremenda. Parece que hay mucha gente que alimentar, pero la gente que puede comprar esa comida está sobrealimentada. Los químicos dañan la supervivencia y la fuerza de los cultivos, del suelo y la salud de quienes los consumimos. Es realmente difícil el panorama. La agricultura hormiga y la economía descalza aún no son lo suficientemente fuertes políticamente como para hacer una diferencia en el rumbo que tomará la historia si el suelo sigue desgastándose de la manera en que lo está siendo. Quienes vivimos en la ciudad probablemente miramos con ojos muy inocentes la verdad de la vida rural. No es sencilla, no obedece a las mismas reglas que la vida urbana, no necesita las mismas cosas, no nos exige lo mismo. No somos los mismos allá, en el campo el ritmo es otro. Las personas que viven ahí tienen otras historias, otros intereses, otras razones. Muchos se desilusionan porque imaginan que el campo es idílico. Pero la realidad es como es, no importan cuáles sean nuestros deseos.

Yo sólo sé que a veces necesito hacer una gran pausa mental. No sólo soy una mente y mi identidad no sólo vive en mi cerebro. Trabajar la tierra, bajo el sol, descalzos, “sucios”, sentir cansancio, nos devuelve algo de lo que no sabíamos siquiera que carecíamos. Llegar a casa cansados, lavarnos las manos, y comer después de trabajar un poco con la tierra y las plantas no se parece a llegar a casa después del tráfico, de un trabajo alienante, esclavizado, que no nos pertenece y al que no pertenecemos tampoco. No sé si es mejor o es peor.

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Estamos en los últimos días de febrero, diciéndole adiós al año solar. Sembrar es prepararnos para la primavera, saber que la tierra tiene una promesa que siempre se cumple, sin importar si vamos a estar o no para mirar los frutos, la vida sigue. La vida es poderosa, todo siempre recupera su equilibrio. Si algo se desajusta, el orden de la vida se ocupa de ajustarlo, ahora o después.

Cuando era adolescente pensaba que mis antepasados eran poderosos -en realidad pasaba por una infancia difícil, como muchos más- . Las mujeres sobretodo, que se dedicaban a la magia,  la sanación y a su manera reencarnaban y resignificaban la tradición de la bruja según sus nuevos escenarios, los familiares, los políticos, los sociales, yo añoraba ese carácter de mujer poderosa, quería ser como ellas. Rompían esquemas, asustaban a los vecinos, curaban los que los doctores no podían curar. Pensaba que el poder venía de poder hacer la voluntad propia por encima de las reglas que el universo parecía imponernos sutil o vorazmente. Saber cosas que otras personas no sabían, o lo que iba a pasar parecía emocionante. Leí mucho sobre las brujas, la magia, la alquimia, la astrología. Eso formó mi manera de imaginarme lo femenino. Lo femenino estaba en mi como algo más fuerte que mi voluntad, hice un viaje al rededor del concepto de las brujas. “Las brujas saben un poco más, siempre”. Parecía valioso, y si tienes el corazón roto y el alma herida, quieres poder. Entendí que el “mundo”, el hombre, los hombres y las mujeres que viven a través de ellos, nombran como lo malo a aquello que temen o desconocen. Todo lo que nace del temor destruye a quien lo siente. Si actúas para tener poder es porque quieres controlar algo que no comprendes. Eso eventualmente se vuelve contra tí, hablando en términos metafóricos o mágicos, y hablando en términos reales.

Después entendí que las brujas han sido sanadoras, y que el diablo al que supuestamente se encomendaban nació de un concilio católico, en una fecha específica. Y las brujas ya no fueron las que hacían tratos con la oscuridad sino las que simplemente tenían sus propias reglas y sus caminos para vivir dentro de los ciclos de la tierra. ¿Cuáles brujas? ¿Cuáles ciclos? Los que tenía en la cabeza en esas épocas, que me hicieron dudar de las certezas tan valiosas para el mundo real. En este mundo hacemos guerras, nos dividimos, luchamos, porque pensamos que nuestras propias invenciones son reales. La bruja me enseñó a dudar de todo, incluso de mi misma. Hay que dudar del poder que queremos poseer. Ahora pienso que el verdadero poder y el verdadero conocimiento es el que uno puede tener sobre sí mismo. Si quieres lograr cualquier cosa tienes que ser un mago de tu propia vida.

A veces encuentro más sabiduría en el ciclo de vida de una sola planta y sus vecinas que en quienes se llaman a sí mismos maestros. Cuando digo esto pienso en las Revoluciones. Las Revoluciones que vienen de abajo, de lo más profundo vienen de la tierra. Hay muchos tipos de hacer revolución, y aunque no siento que la acción individual por sí misma pueda cambiar las cosas, creo que si quien intenta hacer una revolución no se permite a sí mismo transformarse, los cambios siempre serán superficiales.

Aprender sobre permacultura y sobre las plantas, aunque sea un poquito me ha abierto los ojos al mundo. Sólo siembro en unos almácigos pequeños, sólo me asomo al trabajo de algunas pocas azoteas, sólo voy a la casa de mis padres algunas veces durante pocos días, y es suficiente para darme aliento. ¿Si trabajara todos los días me cansaría? No lo sé. Sólo siento que la tierra con su silencio y sus ciclos me dice todo lo que necesito saber cuando no sirve escuchar con la cabeza.

Esta primavera creo en las brujas sembradoras, y en la magia que da vida y la lleva en la solapa como recordatorio. Como héroe o bruja, o desafías al orden ilusorio del mundo, o te conviertes en sal.

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