Me llevaron a un cine porno

Y al principio no me gustó. Pero aprendí cosas.

Era una tarde de sábado o domingo, ya no me acuerdo. Mi amigo escritor reseñista de eventos culturales me dijo que estaba invitado a la inauguración de un festival de cortometrajes eróticos y que quería que lo acompañara. Ese día era el día mundial del orgullo gay. La ciudad de México en esa fecha se viste de colores y un grupo inmenso de la comunidad LGBT toma las calles y los escenarios para inyectar los espacios citadinos de tolerancia. Yo pensé: mmm cine porno = peligro ¡PELIGRO! Una nena santa y pulcra como yo… ¿Y si me violan? ¿Y si me quieren manosear? Qué bah, es una inauguración de arte. Nada me va a pasar, habrá uno que otro artista, cineasta, performancero, hipster, o una mezcla de esos cuatro alrededor, pero nada más.

Me puse un vestido negro abajo de la rodilla, de manga larga y un chal gigante con dibujitos, y botas. Se me veía como medioUna hermosa foto de Henri Cartier Bresson metro cuadrado de piel. Estaba segura detrás del algodón toscano del chal que mi amiga filósofa me había regalado. “Yo no soy mi cuerpo, yo no soy mi ropa”, -me repetía, “yo soy mis ideas”, además tenía que demostrar que me sentía segura, que un ambiente así de abierto para mi no significaba tanto, una es una persona madura, que ha leído de feminismos, que ha estado en círculos feministas, que sabe de empoderamiento sexual, de apropiarnos de nuestros propios cuerpos, defender nuestros derechos, ¿qué va a tener de nuevo un cine porno?

El señor M y yo llegamos algo temprano, todavía no llegaba el público de la inauguración, (ojos desorbitados I) nos recibieron con una canasta de encaje llena de condones y bombones en la puerta, el cine era rosa y tenía unos posters empotrados en la pared rodeados de lámparas neón y máquinas expendedoras de refrescos. En la entrada, la taquilla era atendida por una muchacha muy joven (ojos desorbitados II), el organizador de la inauguración nos dijo que faltaban alrededor de cuarenta minutos para que empezara la muestra y que mientras podíamos pasar a la sala de proyecciones.

-A la sala de proyecciones vacía, -me imaginé. No, en cuanto atravesé las cortinas -sucias- (ojos desorbitados III) de terciopelo y empecé a subir el piso -sucio- me dí cuenta de que había una función de cine porno. No, no era una muestra de cine porno feminista, y claro que mi feminista interna se escandalizó. Es típico, básico, mecánico. El sexo de la pornografía machista es ridículo, los cuerpos son falsos, las actuaciones son exageradas y llevadas más allá del cliché. Es como un meta cliché. Caminé junto con mi amigo a un asiento en una zona más o menos despejada y nos sentamos.

Al principio parecía que los asistentes estaban simplemente sentados, simplemente viendo el porno. Pero no era así. (ojos muy desorbitados no más de acordarme)

Esos momentos de la vida cuando uno se siente muy incómodo y no sabe cómo actuar, como cuando eres un adolescente y conoces a tus suegros o cuando te toca hacerle mal tercio a un par de amigos, son feos. Mi feminista interna debió hacerse a la idea de que el sexo es un fenómeno humano, natural, debí tomar una postura neutra, pero no pude. En primer lugar, mi postura estaba totalmente encorvada, si muestro que tengo senos, ¡querrán tocarlos! Y así fue.

Bresson para el mal sabor de boca

Sentada en ese lugar oscuro, viendo esas imágenes de sometimiento femenino, rodeada de tantos machos malévolos, me sentí como una estúpida heroína que se metía en rincones underground para después poder escribirlo en su blog. Patético, fue bastante patético. Pensé que podría manejarlo de manera madura, hasta que pasó eso que pasó.

Habían pasado como dos minutos desde que M y yo nos sentamos LEJOS de la mayoría de los espectadores . Yo repasaba mentalmente el bienestar de todas las partes de mi cuerpo para conservar algo de actitud, no sé que le dije a “M” al oído, pero al hacerlo noté que detrás de mi había un hombre que recientemente se había sentado exactamente atrás de mi. Tengo que asumirlo y superarlo: se estaba masturbando. Está bien, los seres humanos buscan placer. (ojos desorbitados de nuevo) ¿No es el placer un derecho universal? Finalmente no me estaba tocando, yo estaba ahí como un adulto, que no sabe qué carajos está haciendo… entonces le dije a mi amigo, (no sé por qué en inglés) “M, I think the guy behind us is touching himself right now“. M volteó, y entonces ese hombre que se tocaba me tocó el hombro.

“M” y yo, nos levantamos inmediatamente y salimos muy asustados.  Creo que más bien, ahora que lo recuerdo, “M” se reía. Yo trataba de reponerme después del asalto, que en realidad fue nulo. Luego tuve recuerdos como flashazos, recuerdo que había una mujer que gritaba detrás, muy al fondo de la sala. Al parecer estaba teniendo sexo, sí señores, sexo, con varias personas, ahí, ahí en público. Qué extraño fue todo.

Bresson

Todavía no conocía el cine porno feminista que tanto me emocionó el otoño pasado.Sin embargo no estuvo todo tan mal. Imagino que soltar un juicio sobre el cine porno de la Alameda será demasiado poco moderno. Ash, ya sé. Soy muy conservadora y cerrada y trato la diversidad cultural y sexual con el mismo tono con el que castigo al 95% del arte contemporáneo, pero es lo que hay.

Después, vino, naturalmente la muestra de cine erótico. No recuerdo tanto y muchas eran propuestas muy alternativas, pero me gustó más que el cine porno “equis”. Ése sí que es triple equis, es triplemente básico. Si el sexo está revestido de tantas posibilidades y puede volverse un arma tan reveladora y expresiva, ¿por qué no mirarlo así? ¿es mucho pedir? ¿estoy usando demasiado el cerebro en vez de usar otras partes del cuerpo?

Los asientos estaban muy sucios. Quizá haya sido una experiencia antropológicamente interesante, pero como con el fútbol, sentí que una necesidad humana se volvía algo mundano. No me pareció excitante.

PERO, y he aquí lo que vale la pena de esta historia, al final de la muestra, en la que los probablemente asiduos visitantes se sintieron defraudados, uno pudo suponer esto gracias a los constantes abucheos a los video-arte que se presentaban, hubo una presentación de performance. Debo decir que la mayoría de los performance me aburren. Sobre todo los que duran mucho tiempo; yo estudié algo de arte y ya conviví en la escuela con personas que buscan atención todo el tiempo y que piensan -pensamos- que cada movimiento propio es una obra de arte. No todo el performance me parece detestable, debo agregar.

Cuando terminó la serie de videos de arte, o arte erótico, no recuerdo la denominación, empezó el performance.

Una mujer vestida de quinceañera o de novia estaba gritando cosas, ya no recuerdo qué, creo que estaba invitando a los hombres del público a que la tocaran. Ellos estaban sedientos de placer común y corriente, osea, mujeres sin ropa y con cara de que ellos son los machos más poderosos del universo. Aburrido. Cuando ellos empezaron a chiflarle ella siguió incitándolos y empezó a quitarse la ropa. Entonces ya no era una quinceañera. ¡Era un hombre! Bueno, era una mujer vestida de hombre, y conforme se dejaba ver como hombre iba desabrochándose la bragueta, “ah, qué buen show”, pensé con algo de condescendencia y arrogancia, como siendo muy yo misma. Pero entonces de su bragueta salió un pene falso. Un dildo de látex que empezó a agitar ante la cara atónita de los señores que anteriormente le gritaban “perra” o “te voy a coger”. Entonces ella empezó a preguntar a gritos, si al público le gustaba su “verga” (horrible palabra, perdón).

Y entonces después de rayar en la ridiculez, haciendo una magnífica interpretación e imitación de la actitud masculina de extremo orgullo por poseer un falo, se lo cortó con unas tijeras.

El hombre-mujer con falo de hule había sido objeto de deseo de ese público (que yo pienso que mira a la mujer como un objeto). Ese público que después de haberse visto ligeramente atraído por ese cuerpo, se dio cuenta de que el objeto de deseo podría ser él mismo. Ellos mismos asistían al espectáculo de su ridiculez y su tematización extrema del sexo. Y no sólo eso. Después de presenciar la flexibilidad de su deseo, la ligereza de sus razones para sentir placer, habían sido castrados. Psíquicamente castrados. Señorita performancera, yo no sé cuál es su nombre, pero me encantó su obra. Mientras caminaba con su falo falso en mano, antes de cortarlo con unas tijeras, dijo cosas que son típicas de un hombre. “Chúpamela, bla bla, ¿te gusta?, está grande, bla bla, perra blabla, puta blabla” Ese aburridísimo discurso hecho re-masticado que el sexo cliché explota cada dos segundos en el mundo.

Si esas personas realmente resintieron en profundidad esa castración y esa satirización de sus actitudes sexuales, entonces me pregunto qué sucede con las mujeres cuando vemos día con día miles de escenas, situaciones, cánones, reglas sociales, mandatos y demás reflejos de opresión patriarcal. ¿Qué se hace con eso? Hay tanto afuera que representa abusos y violencia en tantos sentidos que el abanico de posibilidades de lucha es abrumador. ¿Quién es el enemigo? ¿Dónde está la raíz? No tengo una respuesta. Quizá no se trate de luchar contra un enemigo indescifrable, sino de crear nuevos mundos y nuevos reflejos, si es que fuera posible todavía.

Todavía después de recordar esto siento un poco de náusea y tengo más razones para defender el porno feminista. ¬¬

¿porno feminista?

YES

Esto fue un desahogo, de esos que las cabezas conservadoras -y sádicas, de repente soltamos.

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3 comentarios en “Me llevaron a un cine porno

  1. Interesante tu experiencia e interesante performance. Sólo me molesta un poco cuando pareces generalizar al género masculino, pero me imagino que es más una falta de precisión en el uso del lenguaje que una actitud.

    1. Sí, creo que se trata totalmente de los hombres que al menos estaban ahí esa noche. Quizá también algunos otros que enarbolan esos clichés del porno hasta la vida real, por ejemplo con caras de placer descontextualizadas mientras te miran el cuerpo cuando vas por la calle. Pero, ¿en qué categoría se ubican esos especímenes?

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