Cómo salvarse

Se fue el tiempo en el que yo era una niña que podía pasar toda una tarde bailando a Mozart. Para ir al museo tenía que subirme a un coche con mis papás o tomar el metro y entonces la sala de mi casa, de la cual yo quitaba del centro todos los muebles para bailar, y la ciudad entera eran la escena del preludio a una experiencia de cercanía con el arte. Si recibíamos visitas de los amigos o los tíos pintores, yo los miraba con sus blocks de dibujo bajo el brazo, le ponía atención al trazo que hacían deliberadamente, con tanta libertad, para hacerme un retrato, y admiraba sus vidas. Mirar los armazones de sus lentes de principios de los años noventa me remitía a los marcos de los cuadros que iban siendo colgados de las paredes, uno a uno, mientras se me explicaba que no eran manchas sino arte abstracto. Está bien. Yo aceptaba inmediatamente que había un “arte abstracto” aunque no supiera que significaba eso. Cuando me llevaban a la iglesia no entendía los rezos, los símbolos, y el respeto que debía mostrar era más un temor a romper reglas que cualquier tipo de devoción.

La devoción no estaba en hacer la tarea, ni en Dios, ni en los rituales que había que aprender con disciplinas ni repeticiones. Creo que aprendí a sentir devoción con los paisajes, con la música y con la inspiración que me enseñaron que tenían los artistas para traer sus obras al mundo.

Antes todo era sencillo. Ser una bailarina era natural; la belleza es una necesidad humana. Después del concierto uno llora un poquito, comenta con el de al lado lo bonito que fue el final de la sinfonía. Y si no nos gusta quitamos el acetato y escuchamos “otra cosa”. Talento era algo con lo cual uno nacía. Era una especie de filtro que viene pegado a las córneas que nos deja construir el mundo más allá de las formas que vamos viendo al primer vistazo. Si uno no tenía inspiración, no tenía nada a la hora de crear. Había artistas, me explicaban, que podían reproducir trazos, colores y formas, pero sus obras, hijas de la repetición estaban huecas. Los cuadros pre diseñados, la manufactura en escala, la copia del gesto de la copia, el producto con precio, me enseñaron que era como los cachorros que mueren naturalmente en cada camada. La vida (el espíritu) a veces sólo alcanza para  ciertos cuerpos., así de elitista.

La inspiración era esa sensación que uno siente cuando el momento donde se habita se expande y hay tiempo de contemplar las cosas en relación a uno mismo, o por ellas mismas, y sentir de “manera abstracta” como en un cuadro de “manchitas” algo que sucede en un parpadeo pero que si uno quisiera explicar se tardaría demasiado tiempo. Se traba de algo que aunque uno no lo entienda todo, ni sea capaz de desmenuzarlo, eso que se tiene enfrente es “arte” porque refleja “algo” y el reflejo se le mete a uno en el alma, y esa luz nos hace retorcernos, un poco, para estirar los músculos que nos dejan sentir la vida cuando están abiertos. La inspiración era eso que a uno se le mete en los poros y hace ruidos adentro con la voz interior. Si uno se queda quieto, el diálogo que resulta de eso puede volverse arte, poesía, una pintura que puede hablar ella sola, una danza que dice cosas que quienes las miran y la bailan no saben que están oyendo, pero cuyo mensaje ya llevan adentro.

Antes era así de sencillo. Yo no sabía de elitismos, de egos ni de pedestales institucionales. No sabía que en este mundo las personas necesitaban comer y su arte si quería ser grande y libre, necesitaría tiempo. Que los reyes y las iglesias lo financiaron casi todo en el pasado, y lo siguen haciendo en la actualidad. No sabía que las clases sociales están adentro del arte, que yo pensaba estaba más allá de lo mundano. Que no todos pueden pagar un boleto para ir a la ópera. No sabía que estudiar danza y vivir de eso, en un país como México es casi imposible si no se nace en una familia con suficiente dinero. Tampoco sabía que los artistas, dado que no sirven al mundo “produciendo” bienes cuyo valor es fácilmente acordado y pagado, algunas veces deben recibir dinero de instancias públicas o privadas. Y sus pinceles, que en un inicio contenían quizá una pasión que se desbordaba en líneas hacia todas partes, por el mundo, pueden también volverse armas de obediencia hacia cualquier cosa.

Antes la brecha entre la vida cotidiana y experimentar el arte constaba de momentos específicos y espacios claros. Parecía que el ritual de experiencia que valía, valía por lo divino, lo sagrado, lo sublime. Ahora yo escribo esto porque estuve visitando una galería al otro lado del mundo, en mi pantalla mágica. Ahora una película puede mirarse en cualquier momento, el espacio sagrado de “mirar” puede nacer fácilmente entre una actividad y otra. Tengo a mi alcance una cantidad de libros que si pudiera vivir cien veces no terminaría de leer. Antes, la biblioteca de la familia era un secreto sonriente. Los libros, como objeto de consulta u objetos del deseo, eran motivo de placer. Su contenido nutre, sí, pero tocarlos, como me enseñaron las manos de la abuela que no conocí, a través de las de mi padre, era imposible de ser sustituido por repasar las letras con los ojos solamente. Estaba el olor, el color amarillento de la tinta, los ácidos en el papel los hilos que encuadernaban, las grapas, las pastas, parte de la referencia a un libro.

Cuando buscaba con los ojos un libro en los estantes buscaba también el papel gastado donde estaban impresos los poemas. Los dibujos, la tipografía con la que me contaban que se trataba de Carlos Pellicer.

En la televisión la guerra en Bosnia mostraba niños huérfanos, muros que se caían producían júbilo, tanques de guerra aparecían en la mañana durante el desayuno. Yo sabía que eso era triste. Pero también tenía el concepto de que “todos somos hermanos” y una sinfonía me hacía tener esperanzas en ello. Si afuera sonaran las patrullas, las ambulancias, la pobreza en forma de violencia, Kandinsky vendría a consolarme diciendo que la humanidad tiende espiritualmente hacia adelante y no lo hace en forma masiva, aunque las ideas de progreso y lo mundano viajen en dirección contraria. Siempre habrá almas que están en la vanguardia, diciendo cuál es el camino que hay que seguir. Crecí así, pensando que cuando la barbarie termine con todo y nos vaya quitando de a poco hasta dejarnos vacíos, la dignidad, quedará el arte, o lo que se vivió gracias a él.

Tengo esos dos capítulos para entender el acto creativo. El sublime en donde respirar lento, pensar, leer, bailar después de horas sentada en la alfombra sin saber qué mover primero, eran las llaves para entrar al mundo. En ese mundo no había computadoras, dinero, conceptos complejos de la estructura del  hombre. Era la tarde nublada, la quietud, la libertad de adentro y ahí estaba todo. Podía tener un referente natural para construir por oposición, lo mundano.

Después está el mundo real. Lo grosero. Lo concreto, la serie de mecanismos que hay que aprender a integrar a la propia existencia para subsistir. El tiempo de la producción global, la vida veloz, la ebullición de las ideas y el nuevo compartir-se que ocurre en segundos sin importar la distancia ni el tiempo.  Ya no puedo decir que es un escenario mundano. No puedo dotar de superficialidad muchas cosas. Todo está en la pupila que mira. A veces no puedo hacer más que notar en mis ojos un dejo de nostalgia después de ver arte contemporáneo. Las salas frías de los museos amplios que contienen basura en medio de unos cuadros con fierros, plásticos, ropa vieja que ahora tendría que mirarse no sé si esperando la misma catarsis de la pureza de la técnica de otros tiempos. Las escaleras grises, las luces neón, los sonidos descontextualizados. Todo eso que hoy nos devuelve la imagen que le estamos dando al mundo, me da frío y soy presa del virus todo-tiempo-pasado-fue-mejor. Hoy digo esto desde un edificio gris, escuchando los ruidos de la calle, haciendo a un lado el ritmo citadino y frenético de afuera.

Podría decir que las obras que miro que se hacen del aire, en dos minutos no son dignas del misma devoción que las que según yo, o según el mundo en que crecí nacen del alma. No sé tampoco si es que ya no hay suficientes espíritus para poner adentro de los cuerpos, y almas para poner adentro de las obras. ¿Será que la fábrica de arte sublime ha sobrepasado sus posibilidades de producción? Somos tantos que es imposible dotar de calidad etérea cada cosa. No todo tiempo pasado fue mejor, tendría que superarlo. Ahora que sé que la necesidad de la anarquía que tantos soñamos nos hace desear que el arte  pudiera divorciarse del dinero, siento que vivo en otro mundo. Algo del pasado en donde el arte no sabía de políticas ni discursos dominantes me parece totalmente perdido, soy un adulto que sabe que jamás fue así. Era demasiado ideal. Demasiado simple, y las cuestiones humanas no son así. Aunque me pese la sequedad que miro con mis ojos infantiles el arte contemporáneo, creo que debo ponerme nuevos lentes. ¿Qué más da la etiqueta y el mandato? Si es anarquista o monárquico, tanta sed por hallarle un sentido a algo adentro de una galería, bien podría ser un guiño del arte, devolviendo el reflejo de un desierto cuya confección es obra totalmente nuestra.

Si ya no hay largos lapsos de tiempo para crear, quizá nos quede hacer del arte algo menos sublime. Ser arquitectos de la propia vida, músicos de las propias palabras. Bailar en la cama por la noche, escribir poemas a la hora del trabajo. Superar, como un acto heroico el lugar común de la narrativa social de la nostalgia.

La novia del viento, Oskar Kokoshka, 1914
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