Abrir puertas, puentes y ventanas

De cine, ritmos y revoluciones. Estambul

La semana se había terminado de golpe y yo caminaba hacia la cineteca. De repente me detuve, me senté en la banqueta, me quité los zapatos de tacón que intentaba usar y caminé el resto de la cuadra descalza. Se me ensuciaron los pies, me puse las sandalias.

Había que comprar rápidamente los boletos, ¿dónde estás? a unas cuadras todavía, entonces yo los compro. ¿Aceptan tarjeta? Pago con efectivo. “Abrir puertas y ventanas” a las 5:00 por favor. Dos.

Me detengo en la puerta sonriendo porque su puntualidad es de hierro. Diez, nueve, ocho, y sé que va a llegar a tiempo, tres dos, lo veo aparecer saliendo del estacionamiento. El beso, el saludo, tengo los boletos y también tengo sed. A pesar de la prisa todo se cumple en tiempo y forma.

Prisa la de la mañana, la cita, la presentación de un programa en el ayuntamiento, la cita otra vez, planos, documentos, especies, normas, firmas, el sol, el cansancio, más papeles, el metrobús. A eso se suma el resto de la semana, como lista del súper llena de pendientes que se cumplieron. Las oficinas, la casa, la prisa. Cada día es lo mismo. En medio del río de gente me sigo preguntando si este modelo de vida tiene sentido. Respiro, los  créditos iniciales terminan, viene la película.

Abrir puertas y ventanas 1Me dejo caer en la butaca y por un momento me preocupa que a él le aburra la trama lenta y pausada.  “Abrir puertas y ventanas”, película argentina, me hace pensar en el valor del tiempo cinematográfico. La cámara y el guión operan como si se tratara de unos ojos que de repente aparecen en una estancia un día caluroso donde tres chicas pasan la tarde pausadamente.

Es sencilla. Los diálogos no muestran algo más allá de los breves intercambios que la rutina de una casa va filtrando. Tampoco sucede gran cosa en la superficie; estamos hablando de un lapso de tiempo indefinido, quizá semanas, un par de días que se suceden. Adentro de la casa, sin embargo ocurren muchas cosas. Hay una linea narrativa que tiene múltiples aristas y varias voces. No sólo los personajes que vemos tienen voz, además, las ausencias y las habitaciones también hablan. Hay un duelo que habita la casa, aquello que no se dice claramente también ocupa un lugar en el espacio. La atmósfera en esta película es una fluctuación entre un vacío-lleno que mantiene al espectador paciente al filo de la imagen la mayor parte del tiempo.

Una trama común, por otro lado,  se desarrolla con una receta a la que ya estamos habituados. Tenemos normalmente prisa, así que  debemos recibir rápidamente la introducción a la historia, luego debemos ver en cada uno de los personajes un perfil distinguible los primeros diez minutos, si no, no nos atrapan. Cuando los elementos están dados ya, el conflicto se hace casi obvio. Así se resuelven las historias, y así resolvemos nuestra mirada. En esta película me dí cuenta a la mitad de todo, de que el conflicto no estaba totalmente claro. No había héroes que tuvieran que restablecer el orden perdido. Sólo personas, mujeres, comunes y corrientes. Había un orden que se había roto, la casa era caos y no se requería de grandes destrucciones, en cambio las diminutas averías de una lavadora o un arbusto recién cortado sacaban a la superficie la reciente ruptura de la vida adentro de la casa. No era un conflicto grave y aparatoso, un desafío trascendente ni una historia inusual, sin embargo había un agudo peso sobre los personajes, y en ellos la proyección del público se volvía igual de aguda. Tampoco, quienes miramos, somos héroes ni nuestra vida tiene una trama clara y perfectamente delineada. Nuestros días no inician con introducciones, al medio día no tenemos siempre un conflicto y por la noche no hay fuegos artificiales ni desenlaces resignificadores. La peli era sólo eso, un momento en principio insípido en la vida de tres adolescentes cuya abuela acaba de morir.  Me pareció una buena obra de arte. Podría decir que yo, Isa, pongo en un trabajo el nombre de “obra de arte” cuando no se trata sólo de la técnica si no de la sensibilidad que dicha obra le devuelve a la vida. Ese pequeño duelo que habitaba un espacio tan común cobró significados más grandes.

La casa en la historia puede ser un personaje, en ella depositamos muchas cosas, propias y de otros. Una de las últimas escenas es muy sencilla pero es tremendamente significativa. Las ausencias también pueden ser personajes. Sus cuerpos, el contorno de su existencia física o abstracta son susceptibles de albergar significados. Y a veces le pierdo el sentido a las cosas que hago y a las personas. El mundo parece estar hecho de cascarones huecos que hacen ruidos, la prisa me hace devorarlo todo casi con disciplina y el aire se torna gris. De ahí la eventual tristeza que nos visita a muchos, del vacío que uno mira en su propio cuerpo. Sin embargo hay muchas cosas fuera qué sentir y qué construir. Pero no hay tiempo.

Salimos de la sala. Suena en el fondo una pieza latinoamericana, tengo en la cabeza un montón de ideas sobre latinoamérica y el tiempo, si el concepto de medición del tiempo respondía en el feudalismo a la repartición del trabajo y las jornadas, ahora el tiempo también obedece al trabajo. A un tipo de ordenamiento de la vida que modifica nuestra forma de narrar el mundo.

El pasto de la cineteca, un helado de café. La noche, el amor. El sábado y los disturbios en Estambul. Vemos un documental sobre el movimiento de decrecimiento en Europa, los huertos urbanos, la autogestión. Tantos conceptos familiares, tantas ideologías, tantos sistemas que se entrelazan de maneras tan complejas, y yo, inmersa en el ritmo de vida de la ciudad le he ido perdiendo el sentido a pensarme parte de ideologías e imaginarme con una bandera fija. Todos piensan, cada cual en su siglo, que el apocalipsis ya viene. Y es así. El apocalipsis viene, es un hecho, pero no llegará a la piel de todos al mismo tiempo. Para algunos ha llegado ya. Otros imaginamos una utopía que cada vez cuesta más dibujar enfrente. Dibujarnos un mundo, -eso debería hacer- pienso. Hacerme un mapa mental de lo que quiero, y entonces me toca el momento disruptivo. ¿Y los otros? ¿Tendremos tiempo de dotar de sentido a ciertas cosas? Confluir. Nombrar las ausencias, hacer los duelos, y caminar en una misma narrativa, aunque sea por un día.

Toda la fuerza que pierdo me la devuelven las plantas, el arte, las compañías. La construcción de lo que sea, como una afirmación ontológica a partir de los actos creativos.  La ciudad monstruo está viva también aunque su velocidad no siempre me deja ver lo vital en medio de tanto.

Estambul

La paradoja entre la libertad individual y el poder a través de la confluencia y la horizontalidad me hacen ruido en la cabeza. No es hasta que algo espectacular sucede que podemos levantarnos del sillón. Pareciera que conforme vamos educando el ojo bajo los disparos de la cultura del espectáculo necesitamos escenas  reveladoras cada vez más explosivas. Poco a poco las pequeñas injusticias se van haciendo invisibles a nuestros ojos. Esto lo sé de cierto. Cuando tenía tiempo de leer, pensar, respirar, la justicia era más importante. Después la edad, el trabajo, las cuentas, las aspiraciones y el ritmo que me exigen me obligan a mirar a otra parte. A pensar que hay cosas que así tienen que ser, así como son. Cada día iremos siendo más fuertes al dolor ajeno, lograremos más para nosotros mismos, olvidaremos un poquito a los otros.

Turquía-EstambulEn Estambul este fin de semana ocurrieron muchas cosas. La defensa civil de unos manifestantes por un jardín que será convertido en centro comercial fue objeto de una brutal represión por parte de la policía de la ciudad. Los medios convencionales no cubrieron los hechos ni los abusos, como era de esperarse, pero la represión permitió la movilización de más ciudadanos y generó mucho apoyo internacional. En mis zapatos, este acto tiene sentido. Apoyo a los manifestantes sin pensarlo dos veces. Pero no todos piensan como yo. El performance de los manifestantes empieza a crear un lenguaje cada vez más auto-referencial. Es como si las revoluciones fueran un símbolo que sólo es poderoso para quienes conocen las raíces de las palabras. Para quienes tenemos tiempo de entender porqué la convivencia y la autogestión son un desafío para una sociedad alienada y veloz. Para los que pensamos que el ritmo del mercado no corresponde al tramo que la naturaleza permite recorrer. Para los que encontramos TODO el sentido a defender un jardín, como en Estambul, quizá porque encontramos en ello un símbolo de lo que nos ocurre.

Si se disminuye la velocidad es más fácil mirar la vida a detalle, y entenderla. También es más fácil mirar el corazón del otro para encontrar lo común. Me detengo mientras escribo esto y escucho “la canción de Violeta”. El decrecimiento tiene sentido, o al menos tiene más sentido que lo que sea que estamos construyendo.

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2 comentarios en “Abrir puertas, puentes y ventanas

  1. Aaaay, amo tus posts, es cierto que son muy tu, nadie mas lo podria haber escrito ni parecido! Amo como piensas y como te entiendo en 10 niveles distintos, o eso creo por lo menos. Te amo!

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