La noche profunda de las mujeres Mexicanas

A la memoria de Yahaira Guadalupe Bahena Flores

Dos años, dos meses y veinte días, fue el tiempo que Margarita buscó a su hija Yahaira por cuanto lugar le fue posible. Conocí a Margarita hace poco más de un año en el marco del aniversario del Movimiento por la Paz que en el 2012 luego de más de doce meses de lucha y organización, entraba a una nueva etapa de repliegue mediático para entre otras cosas, consolidar la Ley de víctimas que fuera aprobada a principios de este año. Este miércoles 3 de julio, Margarita encontró finalmente a su hija, pero sin vida y con señales de tortura.

Yahaira Guadalupe

Yahaira Guadalupe Bahena López tenía 19 años cuando un comando de hombres armados la sustrajo de su domicilio en Oaxaca en el 2010. Su madre, Margarita, me contó la historia de su desaparición y los detalles de la búsqueda que ella misma había emprendido luego de no recibir atención de las autoridades competentes. La plática duró más de una hora. Era una de las primeras entrevistas que yo hacía en mi vida y escuchar su testimonio y mantener una actitud seria y objetiva fue muy difícil. Margarita no mostraba signos de desesperación, ya hacía dos años de la desaparición de su hija y su discurso estaba tan bien estructurado que uno podía imaginarse la cantidad de veces que ya habría dado su tetsimonio a los medios, a los grupos organizados, a las instancias judiciales y de derechos humanos, a otros familiares de otras víctimas, en muchos momentos, en muchos lugares. Los detalles son tan escabrosos que su publicación ponía a Margarita en riesgo.  En un último momento de la entrevista me dijo con la voz entrecortada que sabía que no pararía hasta encontrar a su hija.

Su voz parecía un posible eco de lo que entonces estaba contabilizado como una cifra de 60,000 desaparecidos. Escucharla hacía pensar que como el suyo, habrían testimonios de largas búsquedas y absurdas cadenas de injusticia y corrupción en torno a la muerte de las víctimas. Hoy, en julio del 2013, las cifras que se plantean públicamente fluctúan entre los 250,000 y los 300,000 desaparecidos, algo así como tres veces el estadio Azteca estando lleno. Esas son las cifras de las familias mexicanas en duelo, que multiplica la cantidad de víctimas por diez o tal vez más.

La foto y el nombre de Yahaira estuvo recorriendo, como muchos otros desaparecidos, diferentes ciudades del país. Su madre, como muchas otras, marchó, trabajó,  se puso en huelga de hambre, vendió todas sus posesiones para pagar abogados, viajes, litigios y poder sobrevivir durante lo que ha sido un largo proceso de investigación y lucha. Su labor y su constancia son admirables, y comprensibles.

El caso de Yahaira parece ficción. En el medio hay redes de corrupción, prostitución, tratantes de “blancas”, traficantes de personas, autoridades coludidas y muchas amenazas. En principio, al oír este tipo de historias uno tiende a la indignación y la pregunta: ¿Qué rayos causa todo esto? y llega a veces el momento de querer hacer cualquier cosa para detenerlo. ¿Cuál es el eslabón de la cadena que hay que romper? ¿Cómo ayudar? ¿Es que sólo podemos abocarnos a trabajar en respuesta a estos miles de casos con una política de control de daños?

¿Desde dónde se atacan estos problemas?

Después de dos años escuchando la palabra “víctima” en los medios, a la mitad de la coyuntura electoral, el complejo entramado de facciones del país y sus desvaríos de los cuales sabemos por los índices de violencia, pobreza y corrupción, uno empieza a volverse indiferente a ciertos temas. Pareciera que una parte del infierno se encuentra en algunos puntos de la tierra y no siempre nos gusta mirarlo.

Hoy, ahora que Yahaira ha sido encontrada, a riesgo de parecer ingenua y en un gesto inútil que intentaría ser solidario, deseo que su alma encuentre paz. Creo que muchos de nosotros cuando abrimos los ojos, tenemos dificultades para tenerla.

Los desaparecidos de la guerra contra el narcotráfico no son sólo mujeres, pero en este caso, en la muerte de Yahaira hay una red de prostitución involucrada. Al igual que en una enorme cantidad de casos de feminicidio, la visión que se tiene sobre las mujeres como individuos carentes de derechos y cuya dignidad puede ser vulnerada tan fácilmente cobra un sentido literal. En esto la participación de la población en la creación de políticas públicas que protejan y promuevan la equidad y su defensa depende en gran medida de la industria de los medios de comunicación. Esta visión también  depende de la importancia que se da a la perspectiva de género  en la educación. Y depende también de la sensibilidad social a este tipo de temas y casos. Los desaparecidos no han sido solamente hombres adentro de las agrupaciones criminales. Hay niños, familias enteras, pueblos. La guerra contra el narcotráfico arrasa sin importar el género la edad o la condición social. Es parte de un entramado de exterminio no sé si deliberado o no, de poblaciones enteras que no caben en los números del crecimiento económico neoliberal.

Sin embargo, la manera en que murió Yahaira no puede ser olvidada tan fácilmente ni matizada sólo porque pertenece a un momento de crisis de un país en guerra. El ultraje forma parte de una constante en México; el feminicidio. Ahora se trata, según otras cifras y otros estudios, de una pandemia. Es un ejemplo de cómo a pesar de los avances tecnológicos políticos y sociales, seguimos padeciendo como sociedad el yugo del “más fuerte”. De quien expresa su deseo de supremacía a través de la muerte, y que se erige como ganador porque es capaz de quitar la vida. Pienso ahora en la voz de Margarita y en su camino, y vuelvo a tener los ojos abiertos a la realidad que le seca a uno las pupilas. Entiendo por qué la igualdad de género es importante y en por qué es necesario luchar por una educación donde la violencia sea el último de los recursos en un mundo donde somos tantos que en vez de que tengamos que cuidarnos los unos de los otros, podemos trabajar lo suficiente para que todos tengamos bienestar. Y que ni la desigualdad, ni la indiferencia sean excusa para parar la sombra.

No puedo imaginar la pena de Margarita y su familia, y menos la de tantas otras. Pero sé que es mucha, y para algo nos tiene que servir. Es necesario volver a mirar, y reenfocar alguna cosa. La que sea.

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