El Abecedario del “ennui”

La vida transcurre este verano entre escritura, talleres de género y huertos urbanos por aquí y por allá. Todo lindo, aunque el ennui me ataca. Había tenido la intención de escribir aquí cada lunes para no dejar morir el blog, pero fracasé en el intento. La escritura en privado se puso celosa. Ni hablar.

Así que ahora me pongo de pretexto, para salvar este rincón en la red, escribir aleatoriamente usando el abedecedario, ya sé, es una idea increíble, ¡a nadie se le ha ocurrido! qué genialidad… Me trago mi sarcasmo, mejor, y empiezo a escribir el abecedario del “ennui”. Porque lo que me aburre también me maravilla…

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“A” de Aburrimiento

Cuando tenía doce años alguien me dijo que las personas podían morir de aburrimiento. No sé si me lo dijeron como una advertencia pedagógica en respuesta a mi tan habitualmente expresado aburrimiento, pero me marcó mucho. Los franceses lo inventaron, me decían, y yo les creí.

Ahora cada vez que me aburro siento que podría morir. Me imagino en una oficina gris, con un saco gris, tecleando mecánicamente, comiendo sopa maruchan y pudriéndome por dentro hasta la muerte. Pero no, la realidad es que mi vida se parece a eso y no me parece tan Aburrido como el Activismo.

Sí, tenía que decirlo. La A de aburrimiento también es la A de Activismo.

Estoy cansada de la voz autorreferencial del activismo, de su extraña visión que interpreta la acción como salir a la calle a gritar algo. Creo que tenemos que superarlo, un día un gran amigo filósofo me dijo que el activismo le daba flojera porque a eso se dedican las ONG. ¿¡Pero que nadie sabe del diablo peludo que está detrás de las ONG y la cultura de la caridad?! Parece que son pocos los que sí lo saben.  Algo pasó en medio de la  aparición los discursos juveniles revolucionarios de los sesenta y  la tecnología que fue dando paso a la generación X. O las ciudades  y su inseguridad o su velocidad nos sustrajeron del sentido común que se aprendía en la calle, o le perdimos la perspectiva a la construcción de lo “público”. Tanto así que los canales de participación parecen predeterminados por un montón de agentes externos que quedan incomunicados de las necesidades de los individuos y de su conciencia social. O para ser más claros, nos dimos al traste. Era nuestro destino, o no había de otra.

Aquí viene la explicación pinky y cerebro: la máquina da para que haya escuela, trabajo, hogar, fiesta, antro, vacaciones, y el resto de los espacios de convivencia y de construcción social de lo público son vistos de fuera (por la mayoria) como fenómenos rarísimos de colectivos conformados por outsiders.

ennui-askerov-mid-1900s-azerbadjan  ¿Outsiders? ¿Colectivos? ¿Movimientos? ¿Protestas? ¿Quienes tienen tiempo de  hacer esas cosas? ¿Por qué sólo un tipo de gente tiene  puede participar de esas posibilidades de convivencia y construcción de lo público?

¡Qué aburrido! He encontrado en muchos muchos espacios una visión muy reduccionista y radical de lo que es la conformación de un colectivo. Nunca falta el activista purista que se siente de izquierda y hasta abajo que critica a otro en su mismo grupo porque viene de un contexto distinto. ¿Cómo es posible que se pretenda luchar por una sociedad incluyente cuando se excluye a los individuos que necesariamente deben participar en lo que sea que imaginemos como cambio?

La “A” de Aburrimiento, que es “A” de Activismo, también es la “A” de Autorreferencial.

Y con esto acaba mi comentario de apertura de esta nueva sección. Parece que hay un lenguaje que funciona sólo en los contextos de quienes se piensan “en la lucha”. Esto me preocupa. Los ecologistas hablan un idioma para ecologistas. Los vegetarianos se comunican con otros vegetarianos, las feministas se entienden entre ellas cuando dicen género, derechos reproductivos o “falocracia”. Los anarquistas dicen Marx, Proudhon y autogestión, y todos ellos trabajan un discurso de posibilidades utópicas. Ya sea que se destruya lo viejo para que venga un ángel a poner en marcha lo nuevo, o que imaginemos una revolución perfecta,  soñamos con un mundo distinto excluyendo de nuestra realidad y nuestra voz, -al final el lenguaje determina casi todo- a muchos otros. ¿Así cómo?

Entre más lejos queremos llevar la posibilidad de cambio, en más esferas y de maneras más profundas, a menos que pensemos borrar de la faz de la tierra a los que son distintos, necesitamos de los otros, los que no son como nosotros para ello. Tampoco se trata de convertirlos. Es una labor aburrida e ineficaz, esa. He cometido el error miles de veces, y por eso sé que no funciona. Si un activista sólo habla para quienes ya están de su lado, no va a conseguir nada nunca. Seguirán marchando los mismos. Seguirán reuniéndose los mismos ecologistas en los mismos eventos para ecologistas y usarán términos que honestamente, a la mayoría le vale un pepino.

Entre más busquemos -y hablo desde el lugar del ambientalismo- que nuestras reuniones sólo tengan comida orgánica, y exijamos cambios radicales en los otros -que no son ni tienen que ser como nosotros- seguiremos siendo minoría. Es aburrido. Estoy aburrida de decirle las mismas cosas a las mismas personas, de encontrarme en los grupos de trabajo a la misma gente de las mismas escuelas, universidades y colectivos, aprendiendo los mismos conceptos en una orgía de teorías endogámicas estériles. También estoy aburrida de exigirle su taza a la gente que viene a los eventos. Y que cuando no traigan su termo se sientan culpables, o que mientras se tomen su atole en su vaso de unicel todos los otros ambientalistas los miren feo. Ya basta de ser tan autorreferenciales, y exigir cambios radicales en lo individual -imposibles de conciliar y que en su exigencia diluyen las colectividades- cuando urge tanto que exista un consenso en lo colectivo que vaya en pos de prácticas y reformas políticas, acciones efectivas y mejoras reales y profundas. Las fiestas veganas son muy bonitas, pero desde hace mucho también urge que haya  en México un observatorio nacional de políticas públicas que protejan los derechos de los animales, muchas más  instituciones que eduquen en lugar de  que condenen con el dedo al que se come un hot dog. Para eso se neecsita organización, dinero, tiempo, abogados, expertos, espacios y muchos otros esfuerzos. También necesitamos hacer del quehacer revolucionario un acto sostenible. No puede ser sólo resultado del hobbie.

O como decían los abuelos, hay que ir despacio si se lleva prisa. Si los cambios que se necesitan son profundos, hay que exigir lo posible y lo más próximo, incluir en lugar de excluir a quien necesitamos de nuestro lado. ¿Qué se imaginan que son los activistas, los que se auto definen como luchadores que van en pos de grandes cambios sociales? Héroes que van solitarios en minoría, logrando derrotar gigantes en medio de la nada…

Qué locura y qué aburrido. ¿no?

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