Bruma

– Abecedario del “ennui”Bruma

A las cinco de la tarde cae la bruma. O la neblina, o la niebla. No sé la diferencia, pero parece que desde hace cien años la bruma es igual. Llega del mar, como brisa caliente que cuando se junta con el aire de la montaña se convierte en un velo que va cayendo volando encima de la sierra. Mis abuelos y mis bisabuelos la vieron pasar todas las tardes y todas las madrugadas. La sierra es un paisaje oscuro que reboza la humedad en cerros llenos de vegetación, están tan llenos de plantas que uno puede sentarse a la mitad de un paraje y deja de ver lo que hay más allá de dos o tres metros. Eso es lo que hacía cuando era niña y visitaba el pueblo de los antepasados sin encontrarle mucho sentido a los saludos en la calle, ni a las casas viejas. Entonces sólo tenían sentido las cajas de ciruelas que venían del rancho, y que me sentaba a comer bajo el sol en la banqueta mientras la gente del pueblo pasaba con sus vidas lentas.

Yo era una especie de criatura silenciosa que vivía aburrida con la vida. Me llevaban a un lado y al otro sin que yo pronunciara muchas palabras, y mientras los padres hablaban con los viejos habitantes del pueblo yo me iba a dar vueltas por las casas antiguas llenas de corredores. Cuando tenía quince años empecé a tomar fotos con una cámara que alguien me dio. Me hubiera gustado tomar fotos a los viajes anteriores, al granero, que había sido un cine, el primero de todo el estado, sólo que dejó de serlo muy pronto, cuando la televisión empezó a aparecer en las grandes casas en los años sesenta. Yo tenía ocho años cuando todavía podía subir al tapanco que era el cuarto de proyecciones, desde la pequeña ventana por donde la máquina sacaba su rayo de luz, podía verse entonces un gran cajón chaparro lleno de mazorcas secas. ¿Mis tíos abuelos cosechaban maíz? La superficie donde las viejas películas eran vistas era entonces sólo una pared con un cuadro de algún general. El techo era alto, había unas ventanas que daban a la calle. La casa era roja. Era la única casa roja del pueblo. Roja como las intenciones de los antepasados, “regegos”. Así eran ellos, pienso, resistieron mucho. Exactamente no recuerdo qué, pero sé que por ello les castigaron estatalmente, “ustedes no tendrán teléfono, así como no tuvieron ferrocarril”.

Era tedioso ir de visita. Eso pensaba antes, cuando sólo se trataba de comer tanto pan de queso como se pudiera y escribir en mi libro negro todas las fantasías que se me iban ocurriendo, de adolescente, en mi vida solitaria, sólo podía escribir, no hubo grandes aventuras ni muchos besos. Tengo largas páginas de éxtasis amoroso que proyectaba en las enredaderas de madreselva que crecían en la ventana del cuarto donde dormía. Las luciérnagas, el agua de la cañada… y sólo eso. No sabía nada de los ancestros. No sabía qué significaba masonería, ni cristero. Ahora veo tejer a mi abuela y pienso en sus hilos, y en cómo la familia ha ido abriéndose como una rama de árbol deshaciendo nudos y tejiendo otros, y adentro de las hebras hay un montón de secretos y pasiones, huidas, escondites, herencias, amores, traiciones, gritos. Muchos gritos de parto, gemidos de cama, sollozos nocturnos. Esa es la parte interior de la colcha familiar, que ahora empiezo a mirar poco a poco con buen humor y respeto y curiosidad. Pero hay otra parte de ese tejido, el exterior.

Es un tejido que apenas hace poco le ha dado nuevos sentidos a ese pueblo. El lado externo de esa colcha familiar toca a muchas otras personas que aún viven ahí. La memoria ya no vive solamente en la textura de los nombres escritos en las sepulturas del cementerio, ni en el sepia de las fotografías de la casa de mi abuela. Ahora entiendo otros testimonios, y mientras camino por el pueblo, y digo mi apellido que está inscrito en los nombres de las calles, hay ecos que me devuelven pedazos de lo que fue mi familia antes de que yo existiera. Las casas altas de tejados de barro tienen adentro personas que llevan muchos años allá. Esas personas ven en mis rasgos los de mis abuelos. Y con ello, mientras me saludan, o me muestran los contenidos de los muebles antiguos, siento que en ellos,  además de las listas de batallones, contratos y adquisiciones revolucionarias, tienen las pruebas de que detrás de mi, otros seres con historias verdaderas existieron.

Uno no piensa mucho en eso cuando va creciendo, o depende. Hay quienes llevan el orgullo por un apellido o una cualidad familiar como estandarte. Yo hice de lado esas historias porque las vi como algo habitual, como el ruido del lugar donde uno suele dormir. Uno se acostumbra a esos ruidos, y a veces si no están incluso se pierde el sueño. Yo no. Hasta ahora lo noto. Tal vez llega un momento en la vida en que se nos deja ver un mapa, como un registro de las trayectorias de vida de quienes nos han precedido, y llegamos nosotros, y entonces hay que seguir siendo río. Uno también da forma a un cauce, también se junta con otros mapas.

Como si fuera una nube de humo, la bruma de mi familia y mis ancestros deambula por el pueblo. Yo la miro desde una cabaña y le tomo fotos. Hay muchos rincones ahí que me gustaría fotografiar, pero no sé si tiene sentido, algunos de todas formas ya los tengo puestos en el cuerpo. Y además, hay ciertas cosas en la vida, lo que le pertenece a la niebla, eso que vive en los límites de las cosas, en el borde de un momento y otro, a la mitad del sueño y la vigilia, entre un parpadeo y otro, que no se dejan fotografiar. No puedes tocarlas, cuando llegan a penas si te das cuenta, cuando se van, las miras desde lejos, y llevan miles de años viajando de la misma manera, del mar a la tierra, de la montaña al mar, como si fueran olas que se dejan respirar.

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