Sobre freegans, comida reciclada y radicalismos

En el año 2011 conocí a un grupo de freegans que habían llegado al D.F. desde Latinoamérica, viajando de ride, sin dinero, a Latinoamérica llegaron desde Europa, también sin dinero. En ese momento el tema del miedo ambiente y la economía estaba muy presente en mi vida y pensé que se trataba de una panacea.

Había participado en un par de acciones civiles y llevaba muchos meses leyendo sobre Comida recicladacalentamiento global y esas cosas fatídicas, así que conocer a alguien que no usaba dinero porque el capitalismo era parte del problema, fue revelador y algo shockeante. Creo que, haciendo memoria, los conocí en una cena y uno de ellos hablaba muy efusivamente sobre cómo el dinero era malo y su existencia nos alejaba de un camino de amor. Sonaba lógico (para mí, hace tres años), claro, la gente trabajamos mucho, para “comprar”, usamos nuestro tiempo para generar “cosas” y no pensamos, en el camino, de dónde vienen, cómo se producen, y cuál es su valor real.

Los freegans viven de desperdicios. Desde hace varias décadas son una de las tribus urbanas más “radicales” de los países desarrollados. Su crítica es hacia el desperdicio de comida, las formas cero sustentables de producirla y venderla, su huella ecológica, y dado que son veganos, también critican la crueldad. Cuando los conocí, viviendo gratis en casa de un amigo suyo mexicano, su discurso parecía totalmente congruente. La realidad es que sí trabajamos para “producir” dinero, no vivimos en el tiempo de la experiencia sino en el de la productividad, y en vez de aspirar a “ser”, aspiramos a “tener”. Esa revelación me hizo acercarme a este grupo, y terminé pasando mucho tiempo en esa casa.

La casa parecía ser un proyecto ecológico. Parecía ser una okupa y era muy emocionante ver cómo poco a poco se llenaba de muebles reciclados, una tienda gratis, cubetas que sustituían las tuberías para ahorrar agua y una azotea verde. Pocos días después de su llegada, el grupo se había instalado en el departamento de la colonia Roma, y yo los acompañé durante varios meses ahí. La mitad emigró a otro país pues esperaban un bebé. Sólo quedaba uno, quien administraba y organizaba las cenas veganas que se hacían por las noches, donde llegaban amigos de muchos lugares y proyectos a comer. El día consistía en levantarse de la cama comunal, cocinar la comida que se había reciclado gratis, entrar a la compu, ir a reciclar comida, cocinar, cenar, dormir. A veces trabajo en la azotea, a veces actividades de recreación con los visitantes, hubo mucho movimiento esos meses en esa casa, y de ahí surgieron proyectos como KlimaXforum y AltoAlEcocidio, hasta que, inesesperadamente para mi cabeza ingenua, la dueña de la casa se cansó de mantenernos. Ejem, sí, olvidé mencionar al principio que ella pagaba la renta, y no estaba en casa en todo el día pues tenía que trabajar para hacerlo. Creo que al principio le gustó el proyecto del depa ecológico, pero al final, como ocurre con muchos proyectos, la casa estaba sucia, descuidada y llena de gente que en muchos casos, sólo buscaba diversión, convivencia, pero no se quedaba a trabajar en lo que se necesitaba. No porque no quisieran o no pudieran, sino porque no era parte del plan. No había plan, por lo tanto, como ocurre con muchos proyectos, el trabajo, el esfuerzo y el cansancio recaía sobre sólo una o dos personas, lo cual era injusto e insostenible.

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Yo salí del sueño freegan después de esto, y empecé a cuestionar muchas cosas respecto a este modo de vida. Había ido a reciclar comida, había dado clases gratis, intercambiado ropa, tomado cosas gratis, vivido del esfuerzo de otros. Ese departamento fue el semillero de muchos proyectos, relaciones y posibilidades. Posiblemente muchos emprendimos diversos caminos nuevos a partir de él. También había viajado de ride. Una vez fuimos a hablar de lo “freegan” y lo gratis en la vida a una universidad. Fue emocionante, sentía que realmente estaba aportando al mundo, y que el mundo cambiaría cuando todos nos diéramos cuenta de que las cosas son “gratis” y podemos compartir y amarnos. jajajaja

No sólo era que hubiera estado viviendo en casa de una chica que estaba siendo explotada indirectamente. También sentía que esa era una forma legítima de provocar cambios. Reciclar comida consistía en ir a un mercado, hablar con los vendedores, pedirles sus desechos y volver a casa con quince kilos de verduras que preparábamos usando el aceite, los granos, el gas, los utensilios, la cocina, el gas y el departamento de alguien que: sí usaba dinero. Realmente nunca conviví mucho con la chica que pagaba la renta, es penoso. El grupo freegan decía que se trataba de compartir, pero ahora sé que para compartir se requiere el acuerdo de dos. Si no, es parasitismo. También debo decir que esto ocurrió en el lapso de tres meses en el DF y que después el grupo freegan se dispersó, siguieron viajando, y sé que sus visiones y estrategias cambiaron. De sus experiencias y su cercanía surgieron además, muchas cosas buenas.

ya casi está lista etc El tema de las cosas gratis me dio muchas vueltas en la cabeza y hubo un momento en el que pensaba que nada es gratis, y critiqué mucho a quienes vivían bajo el estilo freegan. Lo critiqué como un tipo de activismo de chicos clase media, con acceso a tecnología, educación, recursos, seguro médico, techo, etc,… que esperaban cambiar el mundo señalando el problema del desperdicio, la sobre producción, la crueldad. Comiendo gratis. En México, un activista europeo siempre llama la atención en un mercado mexicano. No es el mismo tipo de relación el que establece una persona de piel morena, mexicana, de bajos recursos (por elección o fortuna) con un vendedor que el que establece un europeo blanco, con pasaporte, tres idiomas, mucho discurso y una excelente estrategia de ventas: la sonrisa. También critiqué que dentro de ese discurso hubiera elementos de cohesión y coerción perfectos, como hablar de compartir (cuando el que comparte lo suyo es el otro) amar (cuando el que ama es el que puede compartir -que es el otro) y aprovechar el tiempo sin trabajar, por lo tanto uno como freegan elige no trabajar para no producir capital y no participar de la red injusta, disfrutando de los beneficios (mal habidos o no) que otros producen. Además, el concepto de freegan funciona en tanto que existan desperdicios, así que sólo pueden sobrevivir en un contexto donde existe injusticia. Pueden proponer mejores formas de distribuir los alimentos, pero si no se ocupan de su producción su impacto a largo plazo será limitado.

Mi visión ha cambiado de la crítica aguda a la ecuanimidad post-error. En mi caso, hablando en términos de lo que quiero dar al mundo, lo que quiero dejar, compartir, el freeganismo no es una opción justa ni igualitaria, ni incluyente. No es tampoco, una solución, porque las cadenas injustas de producción no van a abandonarse cuando la gente se de cuenta de su toxicidad, sino cuando existan alternativas viables. En cambio, imagino que si dejamos de prestar atención a los mecanismos de colchón que sostendrán la transición de una producción desequilibrada a una equilibrada, otros se aprovecharán de sus estructuras y los crearán bajo sus términos, y el campo y las semillas seguirán siendo acechados, explotados y privatizados.

Tienda gratis No digo que quienes sigan este modo de vida estén en un error. Quienes estamos en un error somos los que lo hemos visto como una solución cuando sólo se trata de un activismo visibilizador de un gran problema. Todos los movimientos, cambios sociales, crisis, levantamientos, despertares, necesitan de un primer momento de arranque: la visibilización. Sin ser capaces de VER cuál es el problema no podríamos ser capaces de problematizarlo. Por esto, acciones como el freeganismo, el veganismo, el animalismo, son indispensables. Sin esas comunidades que radicalizan un problema no habría empatía entre sus adeptos, no se generaría identificación sin la cual no se generaría una comunidad.

Las comunidades son imprescindibles

Cuando pensamos en activismo o acción civil, imaginamos que hablamos de soluciones. Performace Derrame de petróleo del Golfo 2010Imaginamos que podemos salir a la calle a pedir soluciones o a exigirlas. Esto a mi parecer surge de la cultura performática mediatizada en que vivimos. La cultura de los medios nos ha enseñado que las historias pasan por una introducción, hay un héroe, luego el conflicto, la batalla y la victoria o la derrota. Todo eso ocurre en una hora y media. Eso es lo que esperamos al salir a la calle, y con esta ilusión nos juntamos a gritar, protestar y exigir. Pero la vida mis queridos, no se parece a la televisión. Este fenómeno de ingenuidad social respecto a los problemas lo vemos representado también en nuestra forma de problematizar. La generación de la televisión imagina héroes haciéndose cargo de los problemas. Imagina emocionantes contextos donde los cambios vienen de acciones “contundentes” y “aplaudibles” y tiene poca tolerancia al esfuerzo, un mal ejemplo de lo que es el trabajo, y una pésima integración de la disciplina en sus imaginaciones sobre lo que es la revolución. La generación de la televisión no tiene la capacidad de imaginar un proceso largo con distintas etapas donde se puedan lograr los cambios, los pequeños, poco a poco, necesarios. Buscamos soluciones inmediatas, radicales y simples a problemas profundos, complejos y muy antiguos. No por esto diré que lo que se ha hecho en las últimas dos décadas en términos de organización social haya estado mal hecho. Se hace siempre lo que se puede. Pero sí sé que si queremos soluciones reales y efectivas debemos aprender de nuestros errores y volvernos más fuertes, más inteligentes y más efectivos.

Las comunidades radicales son importantes porque nos hacen ver un problema. Esto no significa que la labor se quede ahí, sólo debemos ser conscientes del tipo de acción que estamos llevando a cabo de acuerdo al proceso de cambio al cual buscamos solución.

Si todos fuéramos freegans en un mes, tendríamos una guerra que arrasaría con la mitad del mundo, muchos enfermos, problemas, robos y habría que usar la fuerza para defender algunos recursos. No estamos preparados para detener el mundo, pero sí somos lo suficientemente inteligentes para construir redes, propones soluciones, aprender a trabajar en equipo y conocer más a fondo el mundo en que vivimos para poder crear alternativas VIABLES y donde quepamos TODOS.

Otra de las razones por las cuales una comunidad radical es importante, es que las comunidades comparten cultura, y al hacerlo la re-significan, la re-construyen, la reproducen, la difunden, la modifican y la integran a la sociedad. Llegué a pensar que las acciones radicales nos llevan por caminos egocéntricos y excluyentes, y aún lo pienso, pero aún así tiene una función importante, y es que atraen mentes y corazones a una causa, y esto genera difusión del problema, no se puede esperar generar soluciones a largo plazo si antes no ha habido una sensibilización de la situación. No imagino que después de un par de clases sobre desperdicio de comida el concepto se vuelva acciones de protesta y propuestas de solución. Pero sí he visto cómo estas posturas y la vida radical de quienes las enarbolan generan movimiento, reflexiones, polémicas (como este post mismo) e incluso plataformas que sí son parte de una solución.

Por esto tendríamos que ser muy conscientes del tipo de escalón en el que estamos al ser activistas. Podemos visibilizar, si lo hacemos de manera efectiva, un problema. Pero el activismo no soluciona, sólo abre el camino. Le sigue la educación. Los activistas debemos saber con precisión de qué hablamos, los términos, las explicaciones, los matices. Somos reproductores de contenidos que deben llegar intactos a quienes no saben de qué hablamos. La educación es imprescindible, y NO DEPENDE DE LAS ESCUELAS. Las escuelas funcionan bajo dinámicas de obligatoriedad. La responsabilidad por los temas sociales y ambientales no puede ser obligatoria, como la salud, nos afecta a todos y si nos importa debe ser porque somos conscientes de su importancia, porque buscamos los beneficios, no porque evitamos los castigos que llegan al ignorarla.

Podemos ser visibilizadores (cuidando no hacer anti activismo que es cuando uno se vuelve un acusador antipático) podemos ser educadores. Difusores.

Le sigue la investigación. La información sobre medio ambiente hace uso de investigaciones científicas y antropológicas. Tecnología, cultura, arte, todo está involucrado. Apoyando la diversidad de disciplinas en el trabajo de una causa, se apoya a la causa.

Están en el camino las relaciones públicas, las redes, unir cabos. Generar comunidades que trabajen sobre ciertos temas. En esas comunidades se siembran las semillas de las acciones, los nuevos conceptos que debemos integrar y los grupos de trabajo que las realizarán.

Es más fácil para una persona convivir con una comunidad vegetariana que vivir a solas sus hábitos. Los hábitos que necesitamos mejorar incluyen siempre a otros. Si no incluimos poco a poco a los otros en nuestros “buenos hábitos” nuestra acción se vuelve estéril. Las soluciones necesitan urgentemente ser colectivas. También es más sencillo, si nuestras acciones representan alguna modificación de las costumbres, tener apoyo de un grupo para compartir recursos, ánimos, espacios, conceptos, recetas, contenidos, sabiduría. Sólo así esas novedades podrían sobrevivir, y necesitan hacerlo, y ahí es donde llega el dilema de la tolerancia. Las comunidades radicales deben saber que no siempre se entiende de fuera lo que están haciendo, deben comunicarse y ants de juzgar a quien es distinto, y querer cambiarlo, entenderlo. Nadie responde al prejuicio, siempre se responde a la amabilidad.

Entonces, cuando tenemos conciencia, educación, sensibilidad, recursos materiales e intelectuales, investigaciones, ánimos muchos ánimos, requerimos de la organización comunitaria y las estrategias. Llamar por teléfono, inventar estrategias, probar, errar, intentar cosas nuevas, trabajar, levantarnos temprano, esforzarnos hasta ganar.

Y nada de esto se haría sin el radicalismo, la utopía, y los primeros acercamientos. De no haber sido por que estas personas llegaron a mi entorno yo no conocería conceptos como el decrecimiento económico, la economía solidaria, el ecofeminismo, las okupas. Y muchos otros. Supongo que siempre seré crítica y la crítica nuca cae bien. Pero me asumo como alguien que ha querido cambiar a los otros desde hace mucho, y he encontrado fallas y vacíos en esa tarea. Hoy me siento distinta y llena de ánimos, y entiendo el valor del freeganismo, y aquello que me ha parecido excluyente y narcisista; también soy esas cosas. Pero las otras cosas que surgieron, la red de huertos, las comunidades, los nuevos proyectos traen detrás la semilla de esas cosas que tanto he criticado. No sería igual sin ellos. Y los nuevos proyectos tampoco, así que les agradezco a los freegans por su valentía y sus intenciones, ellos también dejan semillas.

Red de huertos de Laboratekio

Estas personas, grandes amigos en su momento, ahora están en Europa buscando un espacio que alguien les regale para vivir de forma sustentable en comunidad. Pueden encontrar info de su proyecto aquí: http://es.forwardtherevolution.net/

Benjamín, el freegan del depa ecológico, viajó durante uno o dos años hasta llegar de nuevo a Europa donde planea fundar la ecoaldea. Su trabajo y su activismo hicieron posible que surgieran proyectos como Comida No Bombas DF: https://comidanobombasmx.wordpress.com/

Los KlimaXforums, campamentos ecológicos siguen en pie y ahora se planea uno en Xochimilco: http://www.klimaxforum.tk/

El reciclaje de comida dio vida al Martes vegano de comida reciclada, cenas veganas donde fue posible reunir a personas para trabajar en distintos proyectos.

Muchas otras cosas ocurrieron, emocionantes, exitosas, fallidas, tristes, amigables. No fueron perfectas, pero lograron suceder.

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