Extranjería

“E” de Extranjería

Hay una mujer. Casi siempre se trata de una mujer. Ella huye, se esconde, desobedece, desafía a su familia, a su estado y se va a un bosque a vivir una vida de cabello largo y pies desnudos. No, no hablo de una eremita literal, hablo de un tipo de mujer que aparece en mis sueños, mis dibujos y mis conversaciones. Actúa desde muchos ámbitos, es la excluida del mundo que aparenta estadios de complacencia, de las reuniones familiares, de los conciertos llenos de fervor, de las iglesias y los rezos, las graduaciones, las coreografías. Como si se tratara de un error genético, la extranjera se aleja del cardúmen. También, extranjera de sí misma, se puede convertir en otros seres; un día es una, el otro día otro, pero su voz parece la misma, porque es la mía.

Existen categorizaciones muy cómodas para los extranjeros, ellos observan de cerca el teatro de etiquetas; hay una institución universal que los dota de nombres para existir. Como si se tratara de una rifa emocionante, el ser-sin-nombre se acerca a la ventanilla de regalos nominales. Es usted un sicótico. Un maníaco compulsivo con toques de depresivo. Todos salen contentos del cuarto donde se les entrega la completitud de la existencia, salir del vientre de la madre es el primer paso, obtener la licencia de conducir el que le sigue, y el final, el nombre con el que se existe, el esquizo, el narciso, el neurótico, el paranoico, es el último empujón al mundo. Hay edificios altos y elegantes que uno puede mirar del otro lado de la calle, de sus puertas se ven salir personas radiantes y sonrientes, llevan una caja bajo el brazo que finalmente les indica cómo pueden ser. Son los privilegiados. Pero quienes los miran salir, desde el otro lado de la Avenida Insurgentes, sentados en sus sillas solitarias, son los extranjeros.

No es sólo uno. Son millones, pero no pueden verse entre sí. Hay ocasiones extraordinarias en las que la velocidad del movimiento del mundo agita una esquina de la realidad, y agita otra, y los destellos que sus aristas producen en contacto con la luz se vuelven espacios para que los extranjeros se encuentren. Ocurre muy rápido y es muy emocionante.

Los extranjeros no tienen nombres. Miran con incredulidad el que le han puesto a su vehículo de carne, tampoco sueñan con un género o un rostro. Asumen poco a poco la melancolía que les va dejando el exilio sobre la piel, aunque vivan adentro. En las reuniones se retraen, en la calle disfrutan del anonimato que va ocurriendo encima del asfalto y en la cama, donde no hay nombres pero sí noche y sombra, se sienten libres.

Pero mi extranjera es una mujer como yo. Como puede volverse cualquier otra persona, no admite ninguna otra cerca. También huye y se excluye cuando quiere, no sabe compartir. Y el único lugar donde se siente bien adentro de su piel y de mi piel, es la escritura. Ahí todos pueden ser o tener un extranjero,  ahí pueden asesinarse a los traidores, a los que mancillan con mentiras los sitios sagrados, a los que reciclan ganchos metafóricos, a los que titubean, y se pueden crear otras naciones y otros ciudadanos. Aquí el mundo puede volverse cualquier cosa. Y se puede respirar.

Anuncios

Have you been there?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s