El terremoto que viene

Costumbres desastrosas

Siempre tuve la fantasía de anunciar un terremoto en la escuela primaria. Diría a mis amigos que debíamos desobedecer toda instrucción ese día, que había que plantarnos en medio del patio el resto de la jornada, a mirar cómo el terremoto arrasaba con la tiranía de los profesores, del de educación física, el de matemáticas, los peores.

Nunca lo hice porque pensé que quedaría como una loca que siempre quería organizar revueltas de cualquier tipo, ahora pienso que debí haberlo hecho para al menos tener algo simpático que contar, y además creo que dio igual. Salí con el mismo halo de demencia e insatisfacción con la vida con el que sale un loco directo al psiquiátrico. Ahora pienso que si escribo constantemente de terremotos seré como ese perfil ocioso en el FB que me atosiga con faramallas de grandes desastres que prometía el tránsito anual del 2012. Un tipo que me habla siempre de lo mismo y que dado que el mundo en que vivimos es un dechado de desastres de muchos tipos, seguramente algún día le atinará y podrá decir que gracias a los jeroglíficos hippies interpretados por chamanes de Tepoztlán, pudo salvarse del desastre.

Algo ha ocurrido con las alertas sísimicas que espero estén mejorando en velocidad de respuesta y difusión. Lo que ocurre ahora, a diferencia de otros años, es que los medios de comunicación están teniendo relaciones extrañas con las redes sociales y podemos escuchar al comentarista de noticias matutino decir que twitter dice que el sismológico nacional dice, que ahí viene un temblor. ALERTA SÍSMICA ALERTA. Apuesto a que muchos leemos viejos tuits caducos que dicen ALERTA y sentimos que se nos baja el azúcar y nos tiembla todo.

Hoy el radio dijo que internet decía que había alerta sísmica. Yo que seguía mitad dormida mitad desnuda me levanté rápido y reparé en elEl edificio Basurto después del terremoto de 1985 resto de la frase del comentador: “Hay alerta sísmica en el twitter -pero no en la televisión”. Así que como no había alerta en la televisión imaginé que quizá no era confiable. Me jodió la mañana igual. Yo estaba soñando con que bailaba danza contemporánea en la planta del zócalo y que andaba parada de cabeza orgullosa de haber desplazado a los ruidosos concheros. Estaba realmente confundida, ¿estaba en contra de los mexicanísimos concheros? ¿a quién tengo que creerle con lo de las alertas sísmicas? ¿debo tener el radio encendido toda la vida?  ¿debería tener junto a mi cama un kit para hacer frente al desastre?

¿Kit para hacer frente al desastre?

Mi órgano interno previsor desde entonces no deja de maquilar posibles estrategias de supervivencia en caso de terremoto. ¿Qué tendría que meter en esa mochila?

Imagino un caso en el que en medio de la catástrofe, en medio de los edificios derruidos y de gritos y caos, llega un héroe a una ex- tienda telcel. Y con su pinta de geek le dice al ex-vendedor, “deme uno de esos dispositivos que tuitean desde cualquier lugar, en cualquier momento” y entonces con sus super poderes de community manager de las redes sociales organiza brigadas de salvamento, de recuperación y distribución de comida y de paso le ayuda al Peje con lo que sea que quiere hacer en estos días.

El mundo será, y está siendo, propiedad de los geeks. Todos lo sabemos. En otro escenario posible, yo sobrevivo al terremoto y paso varios días en coma entre los escombros y ese tiempo a solas me hace descubrir el sentido de mi vida y escribo libros para supervivientes de temblores y sistemas educativos fallidos. Otra posibilidad es que muchas personas mueran en el temblor y al menos mejore el problema del caos vial en la ciudad. No sé, son escenarios distintos pero posibles y debemos estar listos para lo que venga. ¿Ya sabes qué harás de tu vida si sobrevives al temblor?

Tengo amigos que después del terremoto del 20 de marzo del 2012 no podían dormir y se acostaban vestidos y con zapatos. Otros prepararon sus mochilas de huida que estaban listas para sentir el primer golpecito de pared para salir corriendo hacia arriba o hacia abajo. Yo nunca hice esa mochila, ahora pienso en qué le pondría adentro. Y entonces me desconcentro de lo que tendría que estar haciendo y siento que debo organizar mi edificio para aprender a evacuar rápido rápido. No sé qué ocurriría con la ciudad, francamente, en caso de terremoto. Lo que sí sé es qué ocurriría con ciertas personas que son lo que una amiga llama “disaster groupies” que son como los fans de los artistas que encuentran sentido a sus vidas a partir de los momentos de crisis colectiva que suceden en otros lugares del mundo.

Estoy segura de que habría quien sentiría mucha calma interior si esas desgracias que predicen todas esas sectas y religiones realmente ocurrieran. Como las fans de Justin Bieber que se retuercen en el piso cuando no logran conseguir un boleto para un concierto, con esa misma pasión y arrebato, los “distaster groupies“por fin harían uso de sus repertorios de gritos, llantos, caras de susto, bendiciones, gestos solidarios y organizativos y demás abanico de performances caritativos. Es un hecho que en las desgracias las diferencias sociales se diluyen un poquito, pero es patético también que sólo ellas logren movilizar a la masa y sólo con medidas asistencialistas por Dios, mejor cambio de tema.

Como si se tratara de un guiño de director de pelis, la sociedad mediatizada, que se alimenta de efectos especiales y califica las películas de acción y suspenso como verdaderos expertos en cine y ficciones como basura, parece tener una incontenible sed de acción. Es entendible, si la portada no tiene muertos/fuego/mujeres es difícil que compremos un periódico. Es entendible si los periódicos dependen de las ventas para seguir “informando” Ay, mi silla se mueve mientras escribo y siento calambres de susto en la panza, -por el temblor, no por las políticas de producción y distribución mediáticas.  Los “distaster groupies” como muchos otros fenómenos antropológicos son un producto de la educación mediatizada que me encantaría esquivar. Claro también hay de esos pero con sabor ecologista, social, feminista, y yo he sido uno de ellos, pero serlo de catástrofes impredecibles naturales es muy bajo, es casi como creer en ovnis y predicarlo.

Uno se cansa de tanta alarma. Y del otro tipo de alarmas, de las que los medios usan para “hacer como que están comunicando” como cuando comparten cualquier noticia, por estúpida que sea, que por tener un tono morboso logran reunir clicks y por lo tanto dinero para su publicidad. O las que los ciudadanos de a pie generan cuando replican información sin confirmar. Ay, cuánto nos hace falta una educación para producir y consumir medios de comunicación. ¡Alarma! La estamos regando, muy muy feo. Por las dudas hay que ir haciendo la mochila para el desastre mediático que viene.

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