Ella

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Audrey Hepburn ha sido una especie de ícono para mi desde que era chica. Creo que yo supe que su carrera había iniciado como bailarina y alguna de mis maestras de ballet habrá hablado bien de ella, y con eso bastó para que viera muy atenta sus películas cuando los sábados pasaban películas viejas en el canal once. Ah… eran buenos tiempos cuando veía televisión sin supervisión adulta y conocí el aburrido pero erótico cine de arte… Las películas de Audrey son, por el contrario, poco o casi nada eróticas. A excepción de alguna rareza en su trayectoria, en todas representa a mujeres casi etéreas que o están en problemas o lo estarán, o se encuentran asidas a alguna súper estructura que sirve de contrapeso dramático a su posible felicidad.

¿Por qué rayos me gusta tanto Audrey Hepburn, hoy que tengo casi 30 años y sé de cosas como el test de Bechdel? Las películas de Audrey son casi todas una afrenta a los cánones feministas. Hay sus excepciones, no siempre Audrey es una delicada hojuela de gracia que sonríe con una gracia casi monstruosa y una elegancia arrebatadora. Es demasiado linda, me digo, ¿saben qué? al diablo el feminismo, hay algo en la personalidad de esa mujer que hipnotiza. Hipnotiza tanto que marea y después molesta.

Hace poco agregué a mi rutina semana el día “Audrey Hepburn”. Es un día en el que elijo una película que no he visto de ella, me siento con palomitas y me entrego al placer culpable de ser su fan. Hace diez años tal vez no tenía muchos elementos para ver cine. Ahora no tengo tantos, pero después de muchas visitas a la cineteca, horas viendo “lo que se debe ver” y escuchando análisis snobs, ya tengo cosas qué pensar mientras miro. No sé si antes disfrutaba más. Quizá disfrutaba igual, quizá ver cine sea como el sexo, entre más se usan y se conocen los hábitos y sensibilidad de las pupilas, mejor es el resultado. Así que ahora disfruto de Audrey Hepburn desde una posición esquizoide de escisión en la personalidad o algo así. No me siento solamente yo. Nos sentamos dos Isas a ver cómo Audrey deambula por las ciudades, las casas, los orfanatos, en medio de miserias, paisajes campestres y demás mientras aparece el nudo dramático de la historia. Lo bueno de estar semi sicótico es que uno se divierte comentando con su otro yo cualquier cosa.

Los discursos feministas y emancipadores siempre son un buen pretexto para entablar diálogo con nuestro otro yo. Por ejemplo, cuando la Isa de diez años llora mientras Audrey encuentra a su gato bajo la lluvia al final de Desayuno en Tiffany y piensa que el gato es como ella, desamparado, casi sin nombre, y ella abraza al gato con la misma protección que ella misma desearía sentir, y entonces la Isa de 28 años grita:

¡Momento!

Y entones la Isa de 28 siente asco porque esos papeles femeninos de mujer desamparada están tan insertos en nuestra cultura que a pesar de ser lugares comunes muchas veces siguen siendo los motores de nuestras experiencias estéticas más profundas. ¿Será? Y la Isa feminista se siente culpable y recuerda todos los momentos en los que de niña vió películas leyó libros y lloró con personajes como los de Andersen o Brote donde uno se vuelve espuma o debe sacrificarse por no destruir el orden del mundo convencional. Claro, hay otros arquetipos, otras heroínas que han ido apareciendo, están los personajes como Natalie, la adolescente subversiva de “Me Natalie” una película de Fred Coe de los años sesenta , las poetas, las artistas, etc… pero no aluden al mismo sentimiento catártico que Audrey trae con su delicadeza y fragilidad. (Aunque Natalie es bastante inspirador y hace llorar)

Si analizamos sus películas, (aunque no sólo las suyas) encontramos miles de rasgos remanentes de una cultura que ahora llamamos machista. Poco a poco los personajes se han ido modernizando, como sucede en la vida real, pero ese pasado que muestra a los roles de género en su industrialización más primigenia parece ser la cuna de una identidad que al menos yo reconozco como propia.

Mi madre me enseñó que la elegancia lo es todo, o no tan exagerado, pero es algo muy importante. Su madre le enseñó lo mismo. Generación tras generación, hemos aprendido a mirarnos entre mujeres con un ojo que parece  adiestrado en una casa de moda. ¿Por qué la elegancia es tan importante? ¿Por qué mis ojos reconocen la delgadez y la gracia de Audrey como algo bello? Y ¿por qué a pesar de haber transitado por ciertos tipos de feminismo que crtitican y reivindican nuestra manera de vivir el cuerpo y ajustarnos a cánones de belleza, sigo pensando que no quiero sacrificar la elegancia en pos de una ideología? Las mujeres sin maquillaje (incluso son más elegantes a mi parecer que las que parecen muestrario de Mary Kay) sin dietas, sin ropa de moda, también son hermosas, que quede claro (además siempre es relativo). Pero las que cumplen por genes o esfuerzo con el cánon de la elegancia, ¿son malas feministas?

Mis dos Isas se miran la una a la otra con incomprensión y resignación. He sentido culpa por usar minifaldas, por comer carne, por usar toallas higiénicas, por usar maquillaje, medias, sostén, por depilarme, usar perfumes, o dejarme divagar en fantasías románticas amorosas, y lo cierto es que estoy cansada de mirar la elegancia y el romanticismo como entes malignos destructores de la autonomía y la libertad femenina. No sé hasta qué punto la libertad radica en todos esos pequeños actos restrictivos.  Conozco mujeres hermosas que son autónomas y mujeres que eligen no pensar en cánones de belleza que no lo son. A veces las ideas a las que nos aferramos buscando la libertad terminan por encarcelarnos. No quiero convertirme en una persona que le otorga a esas pequeñas circunstancias cotidianas tanto poder. No quiero ver a la Isa que soñaba con bailarinas hermosas y delicadas, -no es que sólo se admire eso una mujer tampoco- como alguien retrógrada y machista  y no quiero ver a la Isa que está consciente de las estructuras que hay detrás de las narrativas cinematográficas -y todas las demás- que de cierta forma perpetúan imágenes que encasillan a los hombres y las mujeres como una diosa.

Creo que al final, al menos hasta hoy, me seguiré entregando al placer de devorar todo lo que encuentre de Audrey Hepburn. El mundo seguirá cambiando, y tendremos que resignificar muchas cosas. Pero no creo que hacerlo de manera excluyente y agresiva ayude mucho. Quiero pensar que detrás de mi no hay sólo errores y rasgos de cultura patriarcal. No se trata solamente de ver la herencia cultural como un lastre equívoco, creo que prefiero mirarlo como un proceso que no porque no deteste significa que no quiera cambiarlo. La belleza después de todo también está en el modo en el que elegimos pronunciarnos sobre el mundo, que al final determina también cómo lo hacemos.

nogracias

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