La Revolución del cómodo control de daños

En la reciente polémica desatada por las últimas manifestaciones de este año que han sido abiertamente reprimidas por el estado encuentro los siguientes puntos una y otra vez saliendo de boca de quienes defienden el espacio público y el derecho -ganado con tantos esfuerzos en los últimos años. Yo también pienso que es nuestro derecho manifestar el desacuerdo, sin embargo no me trago la postura que se queda en la queja y la exigencia.

Estas son las premisas de defensa de la manifestación que encuentro en todos lados:

1.- Las calles son nuestras.
2.- Las calles son arregladas, construidas con nuestros impuestos.
3.- La ciudad es de todos.
4.- Las manifestaciones civiles son un derecho.

Para las cuales me surgen las siguientes preguntas:

1.1.- Las calles son nuestras ¿para atestarlas de automóviles y basura? ¿para conciertos y fiestas está bien cerrarlas y obstruir el tráfico?
2.1.- Las calles son mantenidas por los impuestos/el gobierno. ¿Vigilamos su forma de hacerlo? Nos preocupamos por cómo los presupuestos delegacionales son distribuidos? ¿Nos preocupa la corrupción? ¿Conducimos ebrios? ¿Nos preocupamos por la contaminación? ¿Por construir una sociedad incluyente donde los criminales no surjan como lombrices en la tierra?
3.1- La ciudad es de todos. ¿Nos preocupa o nos ocupa su cuidado, reconstrucción, planeación, sustentabilidad? ¿Criticamos el despilfarro de recursos de los representantes en segundos pisos inútiles y nos ocupamos por proponer mejores formas de administrarlos?
4.1- Las manifestaciones civiles son un derecho. ¿De qué otra forma, además de las marchas, construimos la ciudad y la sociedad que la habita? ¿Nos involucramos en su desarrollo? ¿Tenemos ideas para hacerlo?

De repente parece que la sociedad mexicana de estos tiempos tiene todo el derecho de protestar, y por nacimiento, no lo discuto. Es así. Tenemos mucho tiempo para salir a quejarnos y expresar lo que pensamos, algunos para ir a fiestas, ¡conciertos! ¡chelas! ¡qué padre! -Perdón ya sé que caricaturizo mucho cuando me refiero a ciertos sectores, mi crítica en ese sentido es resultado de intentar muchas veces trabajar con forevers  sin mucho resultado. La cuestión es que no tenemos que hacer nada para disfrutar de nuestros derechos y nuestras libertades, por supuesto que tenemos el derecho de manifestarnos y por supuesto que está totalmente MAL que se reprima, ataque, violente y criminalice a los MANIFESTANTES. (Ojo, un provocador no es un manifestante para mi, es un elemento desestabilizador pagado por algún sector) pero la realidad es que ligado a nuestro derecho de manifestarnos también están el derecho y la obligación de construir el mundo que queremos vivir, pero somos una sociedad conformista, cómoda, que cae en la inercia de los mandatos sociales fácilmente, y que sale a marchar exigiendo derechos que le corresponden sin pensar si realmente está haciendo lo mejor como ciudadano que puede estar haciendo. No hablo de los sectores más afectados, que no pueden gracias al rezago, el mal uso de los recursos y el exterminio sistemático  siquiera solventar sus necesidades más apremiantes como para pensar en salir a protestar y “organizarse”. Hablo de los sectores que al menos tenemos acceso a la información, al internet, a saber leer y entender y que podemos comprar una “chelita”, por decir lo menos. Pagar impuestos no lo es todo, hay que vigilarlos y administrarlos. La cultura la construimos todos.

Hay que manifestarnos, –recuperar– espacios públicos, sí, expresarnos, pero eso no es todo. También tenemos que ser más conscientes y estar dispuestos a hacer más que eso.  No podemos salir a exigir que el mundo deje de ser el caos que es, precisamente porque nuestra permisividad y falta de compromiso lo ha hecho tal y como es. Ciudadanía y revolución no es control de daños solamente. No podemos actuar como un padre de familia que deja a sus niños solos una semana y llega a encontrar un caos en la sala y se vuelve loco de furia con los niños. Esto es lo que ocurre en México, hemos soltado  la rienda a los gobernantes, y participado tan poco de la vida política, obedeciendo la comodidad y el asistencialismo, el performance de “me hago cargo de todo” y a todas las herramientas que tiene a la mano el poder-represor-el coco, para alejarnos de la participación en la vida política y la democracia del país. Despertamos muy tarde del letargo y la credulidad democrática. Habría que asumir las consecuencias y no sólo enarbolar esta común postura de víctima donde por pensarnos de izquierda le colgamos al oponente todas las desgracias y las plagas del mundo que nos afectan. Cuidado, esos monstruos los hemos creado nosotros.

Con esto no quiero decir que esté mal manifestarnos. No estoy de acuerdo con la criminalización de la protesta porque protestar así como actuar proponiendo, analizando, construyendo y respetando a los otros es un derecho que tenemos todos, y precisamente por esto no encuentro en el uso de la violencia por parte de un manifestante que pone en riesgo a los otros, ningún mérito. Su labor hueca desprestigia, pone en peligro a los ciudadanos, y está probado que muchos de los que actúan de forma violenta son elementos muy cercanos a las fuerzas represoras que el grueso “revolucionario” identifica como el “opresor”.  Muchos piensan que siendo tolerantes e incluyentes con los violentos están participando de un ejercicio de horizontalidad y democracia. Hay un error de semántica y órden en esa premisa. Para manifestarse hace falta estar vivos. Si se pone en peligro la integridad de los manifestantes se está poniendo en riesgo la mera posibilidad de hacerlo. Pensar que tolerando la presencia del fuego uno está siendo justo con el bosque es dejar que se queme. Y sin bosque no hay terreno donde surja otro mundo qué construir.

Gezi

Este tema me hace pensar en el parque Gezi en Estambul, donde lo que empezó como una manifestación de defensa civil acabó como un INTERVENCION-Vista-Parque-Gezi-Turquia_CLAIMA20130704_0147_8gran movimiento internacional. No quiero hablar de los objetivos y los logros de dicho movimiento sino del simbolismo detrás del parque,  entonces creo que puede existir un puente entre lo que pienso que podemos y debemos defender, y la importancia de ello.

El crecimiento urbano de Estambul llega a niveles exagerados, sus propios habitantes lo saben. Defender ese parque no era sólo oponerse al dictador. Defender un parque puede parecer no tan importante como una reforma energética, quizá, pero  es un ejemplo de lo que ocurre con el espacio público, concepto que no entendemos cotidianamente al menos en la ciudad de México. Si bien contamos con parques, jardines y una amplia cultura que se manifiesta todos los días en muchos lugares, muchas personas pasamos demasiado tiempo encerradas en casa, en el trabajo, en la escuela, y el espacio público a veces se vuelve sólo el soporte de nuestros trayectos entre un espacio de vida y otro. Es difícil entender la ciudad como un organismo cuya construcción depende de nosotros, siempre le adjudicamos sus condiciones a otros. Es complicado entender que detrás del asfalto, los semáforos, está nuestro dinero. Eso tendría que preocuparnos cuando hablamos de escasez de agua, exceso de permisos de construcción, exceso de automóviles, transporte público deficiente, y un sin fin de problemas.  Nos quejamos de la inseguridad pero no nos ocupamos de apoyar la creación de espacios de inclusión social. Nos quejamos de la educación pero no nos ponemos a pensar en si el sistema educativo al que tantos van como soldados obedientes es en efecto, útil o humano. Nos preocupan muchas cosas pero las dejamos en manos de otros, y después nos quejamos de que las cuiden mal. Los parques, las ferias, los mercados,  los espacios de convivencia sirven como campos de cultivo de soluciones. Si los movimientos en sus últimas etapas terminan convirtiéndose en asociaciones civiles o plataformas de acciones formales u oficiales precisamente es porque la gente se conoce dentro de ellos, en las calles, en los grupos, los colectivos. La próxima vez que salgamos a la calle a marchar, pensemos en si vale la pena desgastarnos con actitudes y acciones violentas, o vale la pena enfocar nuestras acciones en algo más allá, que vaya encaminado a recuperar el espacio público a partir del trabajo, la solidaridad y la creatividad. No debe ser tan difícil, si tomamos en cuenta el tiempo y los recursos que usamos para “divertirnos”, a menos que esos sacrificios parezcan palabras mayores frente a la violencia que estamos dispuestos a permitir.

Cada quien hace, crea, actúa, hasta donde su creatividad le permite. Las calles son nuestras, la ciudad es de todos, manifestarnos es un derecho, también tiene que serlo elegir cómo.

El último post que escribí tuvo muchas reacciones. Quienes me escribieron a mi correo expresando su acuerdo, su enojo, su burla y su complemento a lo que dije me han hecho pensar muchas cosas, admito que he generalizado y ofendido, -sí estaba enojada al escribir. Pero no dejo de ver en el tratamiento que hacemos del tema una amplia permisividad a la violencia y a la mera expresión de desahogo confundiéndola con acción política. Hay quienes dicen que hacer una crítica de los sectores que están manifestándose es jugar el juego del opresor, a mi me parece que la autocrítica es una herramienta de crecimiento que a los mexicanos nos cuesta integrar a la vida cotidiana.

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