La ciudad de la metástasis

De entre todas las voces y todos los discursos con los que se cierra el año, hay uno que predomina en mi cabeza.

Están los que aluden a la terrible administración de los recursos, los que hacen de la división social y política un rasgo remarcable de los mexicanos, los que ya no saben qué hacer pero parece que tener una opinión o una postura les da una tranquilidad de la cual es mejor no prescindir. Y debajo de todo ello, del apoyo a las manifestaciones callejeras, de la condena a la violencia, del hartazgo de la corrupción, el ataque a la apatía ciudadana y los adornos culturales decembrinos, hay una especie de fango civilizatorio que me hace más ruido y me incómoda mucho más que las fallas de los políticos y las omisiones de los mexicanos.

La queja generalizada tiene que ver con que no todos tenemos acceso a los mismos derechos y privilegios. El aumento al metro pone en evidencia un grave problema que venimos enfrentando desde hace cincuenta años. La ciudad crece, las ciudades siguen creciendo, y parece que sólo en ellas, bajo sus reglas económicas y físicas podemos sobrevivir.

Ahí imaginamos nuestro andar y nuestro quehacer. Con esos ritmos de desplazamiento, con esos breves pasos por las tiendas de autoservicio, bebiendo el agua del plástico, limpiando nuestra mierda con sólo jalar la palanca de la tubería. Aquí imaginamos que la carrera que estudiamos (yo no) se volverá un empleo digno. Que eventualmente adquiriremos un automóvil, y habrá dinero y vegetales suficientes para vivir, y cervezas y futbol para sobrevivir.

La cuestión es que muchos exigen condiciones de vida que es imposible que sean suficientes para todos. Algo pasó con la promesa del desarrollo, que nos hizo soñar con lujos y productos, adquisiciones, niveles de vida, que jamás podrán ser disfrutados por todos nosotros. No tiene que ver con que sólo algunos concentren la riqueza, aunque ello es parte de la causa de los problemas, pues ellos dictan la forma que tienen los mecanismos a los que nos adscribimos. Tiene que ver con que el ritmo de vida de estas ciudades nos está cegando para entender cómo es que marcha el mundo en que vivimos. No entendemos los procesos del campo, ni del agua, ni del suelo, ni de los alimentos ni de cómo interactuamos todos influenciándonos.

Vamos a seguir pidiendo justicia, equidad, educación, servicios servicios, servicios, derechos, libertad, hasta que un día nos demos cuenta de que todo ello habitaba un planeta, y ese planeta está acabado. No hay más nutrientes en los suelos, ni agua limpia, ya sabemos esa idea, romántica, que muchos ven como postura hippie. Seguiremos creciendo, teniendo hijos, comiendo, comprando, peleando, defendiendo, sin mirar la riqueza que sustentaba todo.

La ciudad beneficia a los automóviles con sus nuevas construcciones, y crea un detrimento de la calidad del transporte público. Las políticas ambientales responden a intentos vanos por lograr usar una etiqueta ecológica, pero no miran ni resuelven el verdadero problema. No se trata de fomentar que todos quepamos en el modelo de desarrollo que unos se inventaron. Tampoco se trata de conseguir la mayor cantidad de satisfacción de comodidad individual. Se trata de bajar el ritmo de “crecimiento” al máximo, y controlar los daños, y además evitar que sigan apareciendo nuevos problemas. Esta ciudad no debe seguir creciendo, porque no todos lo sabemos, pero afuera, en el cinturón que no vemos, la muerte se va acumulando en forma de ríos envenenenados, basureros gigantescos, y una pobreza que acabará por asfixiarnos.

No sé qué pasó en la educación, en lo que nos enseñaron, que no nos dieron las herramientas para notar la destrucción que cabe en cada nuevo rascacielos.

Feliz navidad, cáncer. 04. Vista Aerea de la Ciudad de Mexico XXIII, 2006

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