Cómo aprendí a coser

Tenía cuatro años cuando aprendí a escribir. Recuerdo cómo fue y lo que dibujé, las letras, luego las palabritas infantiles. Recuerdo el color del gis en el pizarrón. Así aprendí a escribir, hilando letras, pegaditas, juntas, colgando unas de otras. Mi primer poema hablaba del mar, estaba escrito con un color azul. Eso lo recuerdo muy bien.

deco-applique-guipure-grande-fleur-blanc-1110835-dscn9067-51d1d_bigPero no recuerdo cómo aprendí a coser. Javier me pregunta a veces, ¿cómo aprendiste a cocinar? ¿y a coser? y parecen preguntas sencillas, fáciles asomos a mi experiencia en el aprendizaje de los roles de género, en la reproducción de las tradiciones femeninas, pero también son interrogantes que me desconciertan. No recuerdo exactamente cómo aprendí a coser los vestidos ni a cocer las papas. No hubo un momento en el cual mi madre o mi abuela me dijeran: “en este momento te enseñaré a hacer sopa o carne o espagueti”.

Aunque sí tengo grabada en mi memoria a mi madre diciendo: “Isadora, esto no se aprende así, a mi no me dijeron “mira en este momento te enseñaré a cocer frijoles, no, estas cosas se van adquiriendo con los años”. Yo no sé qué tanto adquirí con los años. Pero desde que tuve esas preguntas en la cabeza también encontré momentos que no me daba cuenta que había hecho míos, aunque fuera en silencio, y aunque no me avisaran que estaba aprendiendo a cuidar la pasta o rehacer un dobladillo.

Mi abuela era modista, y crecer con una modista no es sencillo. De sus manos, las manos de sus hijas también aprendieron a coser y bordar, y tejer. Me pregunto si también les habrá dicho “hijas, esto no se aprende así, uno no avisa, -ahora te enseñaré esto o lo otro”. Pero recuerdo su casa llena de hilos cuando había un vestido de novia qué terminar, o un cuerpo de damas que vestir para una boda, o todo en su conjunto ocupando el espacio del departamento de la ciudad de México. Para mi era totalmente natural dormir la siesta encima de los alfileteros y caminar despacito para no arrastrar los encajes o ensuciar las telas. La máquina de coser, por ejemplo, era un armatoste viejo, muy bien cuidado y aceitado, mitad madera mitad acero, que hacía un ruido como de locomotora, y en efecto la aguja en el cabezal se movía como los pistones de un ferrocarril avanzando por la tela dejando su caminito de costura. Siempre había que tener las manos limpias, y eso era algo indispensable si uno quería acercarse a ese maravilloso mundo de mujeres bien vestidas.

Cuando la clienta venía a probarse el vestido de novia y yo estaba en casa me gustaba esconderme detrás de un sillón, como una estatua muy educada que recibiría halagos por ser bien portada. yo me portaba bien a cambio de poder ponerle los ojos encima a la clienta cuando se quitaba la ropa emocionada y entraba nerviosa en su nuevo vestido. Mi abuela hacía vestidos complicadísimos, como de otra época. En los noventas la profusión de encajes, lentejuelas, moños, tules, y aplicaciones de chakiras y pedrería eran el último grito de la moda. Las faldas eran enormes, yo las veía desde abajo con mi cuerpo diminuto y soñaba con vuelos de satén y sedas y tules, y todos los brillos y adornos que pudieran caber en un vestido.

Las clientas querían verse muy bien, se preocupaban por sus llantas, sus lonjas, sus pechos demasiado grandes o demasiado pequeños, y mi abuela como un hada madrina con alfileres en la boca iba arreglando todos los desperfectos en esos días de prueba. Más apretado aquí, más holgado allá, un relleno de esponja incluso si es necesario, para la magia de la costurera no había imposibles. Así aprendí a mirar los cuerpos de las mujeres, creo. Con los ojos escrutadores de una modista.

Aprendí también a poner botones, cierres, hacer dobladillos. Quizá algunas cositas más. La señora de la casa tenía todos esos fashion40s1secretos, pestañas, fruncidos, pinzas, alforzas, era como una arquitectura del deseo y del mundo femenino, y ella lo sabía todo, su foto de cuando tenía veinte años coronaba el cuarto de costura, y con su flor en la cabeza en los años cuarenta parecía tener toda la autoridad para construir o destruir un reino estético con dos palabras. Mi abuela a veces, era un poco cruel con sus clientas. Cuando salían de su casa yo escuchaba los comentarios, empezaba a apreciar detalles que antes me parecían imperceptibles. Era como si al crecer me hubiera ido volviendo también una costurera, que juzgaba el corte de las camisas y los sacos. Y los cuerpos, y las personalidades.

Era común que hubiera siempre lindos pedazos de tela sobrantes de los últimos vestidos. Cuando llegaban los metros de la tela para los vestidos de fiesta yo esperaba muy ansiosa a que se hicieran todos los cortes para preguntar si había sobrantes. Y entonces empezaba el desfile de modas de las muñecas. Después crecí, y no tenía acceso a sobrantes sino a genuinos metros de tela para mi. Y entonces mitad sueño, mitad pesadilla, la historia fue cambiando. Los ojos críticos, la exigencia se me fue dejando caer en el cuerpo, y nunca era suficientemente alta, esbelta, gorda, me faltaba/sobraba algo, el vestido no terminaba de quedar nunca.

Era como una trampa hermosa. El mundo de sueños de las revistas que abundaban en cada esquina de la casa de mi abuela tenía sus partes dolorosas. En primer lugar, aprendí que la geometría de un cuerpo bidimensional carece de posibilidades en la costura. En segundo lugar la arquitectura de un vestido está llena de mentiras. Había que pensar mucho cuando encontraba un modelo que me gustaba y que quería reproducir yo sola sobre la tela. De ahí nacieron los regaños y las correcciones. Hacía un dobladillo de un metro de largo, y mi abuela lo deshacía con la templanza y la entereza de una diosa, yo, frustrada, raras veces retomaba la aguja y el hilo. Ella en cambio, podía, y sigue pudiendo, deshacer todo un vestido si un par de centímetros tenían un error. Las mentiras de los vestidos de las revistas radican en que no todos los cortes y los estilos favorecen, según la estética regular, a todos los cuerpos. Las texturas, las líneas, los estampados, incluso la dirección de los textiles cuenta. Todo cuenta. Los hilos, el tipo de cuellos, de dobladillos. Era tan exahustivo que poco a poco me fui alejando y renunciando al quehacer de la costura. Adiós exigencias.

Coser la propia ropa toma mucho tiempo. Ese tiempo me pesaba hasta hace unos meses. Luego me di cuenta de que hoy, a mis 29 años, sin ningún curso de costura, sé coser. Y eso es algo todavía extraño de pensar. Hubo un montón de cosas que fui aprendiendo con el tiempo, en compañía de la abuela. Luego en compañía de mi madre, y así hasta la fecha si se me cae un botón recurro a la máquina vieja llena de cajoncitos y resuelvo el desperfecto. Me gustaría, y me parece que es así, que en esa máquina hubiera más respuestas y más soluciones a las cosas que necesito. Quizá ni la abuela ni mi madre saben cuáles son las soluciones que necesito. Además las tengo cerca si quisiera preguntarles, y, creo que sería extraño hacerlo ahora que lo pienso, pero me gusta saber que la máquina está ahí, en la habitación. En sus cajones están las herramientas para hacerme un vestido.

Si algo se me rompe tomo aguja e hilo, si necesito hacerme espacio en el vestido (algo cada vez más común estos meses) deshago una pretina y la vuelvo más cómoda. Si tengo frío, si solamente quiero sentarme a jugar con esos materiales, sólo se necesita que abra los cajones, y así como uno aprende a hablar y escribir sin darse mucha cuenta, tomando las palabras que nos brinda el mundo y formando hilos de ideas, de la misma forma, coser para mi es como tomar las cosas que me dio el mundo, las mujeres de mi familia, todas, que sabían coser. De todas ellas tomo las herramientas y me coso un vestido, el que yo quiera. Se siente muy bien.

Cuando uno se involucra con las propias ideas y las asume o busca la congruencia siempre se mete en líos. Y no es que esto sea malo, y que debamos a toda costa evitar los conflictos, eso suena aburrido. Yo me metí en muchos líos cuando asumí la postura feminista  hace algunos años. Cada quien lo vive como quiere y como puede.

De pronto para mi, la moda, el maquillaje, la cocina y todas esas cosas que el género femenino ha llevado de su lado adentro de la casa parecían un peso. ¿Por qué debo ser una mujercita comme il faut? Y la costura, y la moda, y la belleza, y la cocina y un montón de cosas me parecían una afrenta a la libertad. Hoy creo que ha cambiado esa visión, y tengo ganas de vivir esas cosas que el género femenino ha mantenido hasta cierto punto como lugares comunes, de manera más libre y lúdica. Sin tanto dogmatismo, más bien con reconocimiento por el camino andado.

Es como ponerse encima el vestido que la abuela usaba de joven, con cariño y reconocimiento por todas esas cosas maravillosas que en otras épocas sólo hacían la mayoría de las mujeres. Con ese mismo vestido de la abuela uno puede hacer también, lo que uno quiera. Y ser feliz igual.

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