Los demonios y la casa azul parte 1

Rainy-StreetEn el año 2008, o 2009, no recuerdo, asistí a un taller de poesía con Dolores Castro. Era en la Casa del Poeta, una casa azul, con enyesados grises de piedra y mansardas estilo francés. Yo tenía 22 o 23 años, no me acuerdo tampoco, y la casa azul me impactaba mucho. Recuerdo que era muy delgada, (los cuerpos delgados son frágiles y a veces son portal de eventos) y usaba una bolsa de manta verde en donde guardaba un cuaderno que era mi diario, y un cuaderno donde anotaba mis poemas y mis lamentos y dejaba las pocas notas que hacía en la universidad.  Estuve tres meses, creo, asistiendo cada semana. No recuerdo qué escribí, seguramente poemas que no he vuelto a leer en esos cuadernos que no volví a abrir. Llegué al salón, la primera, porque siempre o casi siempre soy la primera en llegar a las cosas y la primera en irme. Hice ruidos con mis tenis en  la duela vieja, a penas conservada, y pasé por una sala llena de fotos de escritores, era una hilera de treinta personas en blanco y negro que parecían muy interesantes, y que seguramente a mi edad en ese entonces habrían escrito miles de líneas más que yo.

Dolores llegó de la mano de alguien, se bajó de un taxi. Dio la primera sesión y nos contó que a sus setenta y tantos, casi ochenta, trabajar era fácil si andaba en taxi. Nos fuimos, y empecé a escribir. Un día al terminar el taller me encaminé al metrobús con Ethel, una poeta-bailarina como yo, y  pasamos por fuera de una librería en donde vi de lejos un libro horrible, con pasta azul y un dibujo de una pesadilla. Lo compré, lo guardé seguro en la bolsa, y me subí al metrobus. Era de William Blake. Las bodas del cielo y el infierno, en mi bolsa de manta, mientras caminaba por la calle oscura, muy nublada en ese mes de junio, el libro palpitaba como el corazón delator. Pero más suavecito. El infierno el infierno el infierno el infierno. Cuando llegué a la casa lo saqué y lo dejé en el librero sin leerlo. ¿Qué nos van a venir a decir del infierno, si lo sabemos todo? Me dijo el demonio desde mi cama. Y yo bajé los ojos, y abandoné a Blake en el estante.

Mi cuarto en ese entonces era un lugar oscuro. Olía a libros y a pinturas. Era el escenario perfecto para mi locura. A las últimas sesiones del taller ya no fui, porque el demonio que me había poseído empezó a hacer estragos en mi casa, asustó a mi novio de entonces y me sumió en un vórtice de melancolía que no pude eludir hasta años después.

Hoy compré un libro de Dolores Castro. Me levanté temprano para venir a la librería, en realidad tengo una cita con alguien del trabajo, no sé por qué avancé sin pensar mucho en ese libro azul que hacía tiempo había visto y no podía comprar. Lo tomé, fui a la caja, lo pagué. Este no es Blake y el demonio nada tiene qué decirme de la poesía de Dolores, que habla del universo y de cosas más inteligentes que el flagelo y la culpa. Abrí las páginas y todo ese mundo del 2008 me vino a la cara, como un perfume que le llega a uno de repente, y huele a la propia vida. Leí algunos poemas y recordé que no sólo hubo gritos y sobresaltos y pesadillas en ese año.  Me dieron ganas de abrir mis viejos cuadernos. Recordé en un instante, mientras pasaba los ojos por la frase “No es el amor el vuelo, es lo que va despacio elevándose a penas” mi plática de ayer con el espejo, (cuando digo acá que hablo con el espejo no me refiero al vidrio con sombra que usamos para vernos, sino a una persona que es mi espejo) los dibujos en el café, y mi demonio de adentro, y la bruja de adentro, que me dicen las familiares brujas que no abandone nunca. Y entonces parece que mi demonio me dicta cosas, y sabe lo mal que estuvo que molestara al novio, a los amigos. Que aunque no quiera, la llave de esos poemas que escribí y que no he escrito, la tienen él, y ella, la bruja.

 

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