Yann Tiersen y el año 2001

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Ayer J y yo fuimos al concierto de Yann Tiersen en el Teatro de la Ciudad. Llegamos temprano, a tiempo, pero se jodió el esfuerzo puntual porque el concierto se había retrasado dos horas. Tendríamos que esperar. Recorrimos J, mi disguto y yo, algunas calles del centro. Era domingo, uno de esos llenos de gente y ruido y los peculiares olores del centro. Volvimos al teatro a sentarnos con la concurrencia, también de mal humor. Nos sentamos en el piso y nos pusimos a ver a la gente pasar. Entonces tuve un flashazo al 2001. Ese año fui a ver a ese mismo teatro a Tania Pérez Salas, yo tenía 17 años y escuchaba a Yann Tiersen religiosamente todos los días. Mi vida era muy distinta a la de hoy.

Apenas si salía de casa, no me gusta mucho -como ahora- ir a fiestas ni reuniones. Y en las escuelas, la prepa, la de danza, en los grupos de amigos, incluso de aquellos que me aceptaban como era no sin antes preguntarme ¿por qué no tomas/fumas/fumas mota?, ya me reconocían como un bicho raro.

Entramos al concierto, esperamos eternidades, nos hicimos más viejos. Y entonces llegó Yann Tiersen con su música nueva que es como rock que mezcla como veinte instrumentos y satura el espacio con algo parecido a Sigur Rós.

Yo me subí con la cabeza al palco más alto, desde donde había visto a Pérez Salas, y entonces pude ver mi ropa de entonces, mis pantalones gastados, el vestido negro y aburrido, el chaleco que todavía uso y mis botas de piel que me ganaron el apodo de Daria en la escuela. Pude sentir toda la incertidumbre que sentía a los 17 años, y no es que se haya ido la incertidumbre sino que cada año uno estrena una nueva, y verme a mi, sentada en la luneta, dibujando, pensando en todas las cosas que he dejado atrás y que parece que se quedaron en mi cuarto azul de cuando era adolescente, estudiaba arte, y pasaba días enteros leyendo, entrenando, pintando y escribiendo.

Esos eran, supongo que con este ánimo se dice esta frase; “buenos tiempos”. Yo los calificaba de desdichados, siempre tenía el corazón roto y deambulaba patéticamente por la ciudad escondida detrás de mi cabello y mi ropa negra. ¡Era un emo! sólo que no se había inventado aún esa palabra. Y ahora que lo pienso parece que yo era la mayoría de las veces, víctima de bullying, aunque esa palabra tampoco existía. Era mi falda demasiado larga, no querer tener novio porque sí, no querer beber alcohol porque sí. Preferir quedarme en mi cuarto azul a leer mis libros que no entendía, a tratar de estudiar las materias que jamás logré aprender, y a buscarme entre los miles de retratos de mujeres que hice para mí misma, para saber qué tipo de mujer quería ser.

 

Y entonces Yann Tiersen tocó sus canciones bonitas más famosas y de repente me di cuenta de cuánto tenía yo en las manos en esa época en la que pensaba que no tenía casi nada. Todavía no soy lo que se dice popular, no voya  fiestas, todavía no aprendo a beber alcohol, o a fumar, una vez pensé que mi personalidad era de fumadora, y me metí a mi cuarto con una cajetilla, y luego de la primer fumada me dio asco el sabor a ceniza, la pastosidad en los labios, y escupí el cigarro por la ventana. Le cayó a un coche del estacionamiento. Y nunca volví a intentarlo. Nunca fui la chica que bailaba en medio de la multitud, o que se ligaba a alguien en un bar y en las reuniones me da sueño y siempre me voy temprano.

 

Pensé durante el concierto en todas esas miles de horas que pasé a solas, leyendo. Y en los cuentos que hice, y los poemas. Y los sueños que gesté ahí adentro, a solas. Recordé un montón de cosas. Todo lo que quería hacer, que aún quiero, lo que ya hice. Incluso recordé cómo era mi cuerpo entonces y lo distinto que es ahora. Desde el asiento en el teatro, sentí como si la Isa de 17 años se metiera adentro de mi cuerpo, y sintiera su nuevo peso, sus nuevas formas, la nueva memoria corporal que tengo ahora. Ahora es como si anduviéramos las dos caminando por el mundo, mirando todo con cuatro ojos. En mi cuarto, nos refugiábamos las dos de un mundo que no parecía ser lo suficientemente brillante. Mis dibujos de adentro eran, al menos para mí, una fuente de satisfacción más grande que las fiestas. Tal vez son solamente distintas formas de expresar alegría. Emocionarse hasta las lágrimas por un acorde, una pintura, un párrafo, o bailar hasta el cansancio, perder el control de los sentidos en una noche de juerga.

Salí del teatro después de haber gritado mucho. No le gritaba a las obras maestras de Yann Tiersen, ni a él, creo que como muchos, estaba festejando algo que no estaba ocurriendo en el concierto. Yo estaba festejando mi adolescencia solitaria. ¿Qué habrán festejado los otros?

 

 

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