Sin conservadores

Hace casi cuatro años consideré seriamente la posibilidad de dejar el mundo “capitalista”. (quí pueden empezar a reír). Luego, después de veloces zambullidas en sistemas “alternativos” decidí quedarme en el mundo del billete y la prisa.

Hace tres años consideré dedicar mi tiempo y energía a aprender y participar en movimientos sociales. Esto no es tan curioso, supongo que algunos nos hemos sentido llamados a “cambiar el mundo” desde la organización civil. Luego dejé de encontrarme en las voces de tantos, y decidí ponerle pausa a eso también.

Hace dos años pensé que sería mejor construir eso que llamamos post sicilianamente, “tejido social”. Crear redes, organizar eventos, proponer esquemas de trabajo y colaboración. Sigo pensando que la solución a todo está en la educación y la comunidad organizada a niveles locales.

Entonces empezó lo que ahora es Espora, y lo que sigue siendo Laboratekio. Y en medio hubieron muchos otros proyectos, cooperativas, campañas ambientales, talleres de una y mil cosas, movimientos, medios, que han formado mi hoy confundido criterio.

Ahora tengo un trabajo de oficina. Además de los huertos, los talleres, seguir lanzando intentos por proponer formas de relacionarnos, construir y difundir conceptos que determinen nuestra vida cotidiana, están los trabajos de escritora, redactora, traductora. Hay una parte de ello que amo, porque siempre he tenido en las palabras a una guía que me contiene. Me gustan las palabras de los otros, la ortografía, las reglas para decirnos, y hasta las rupturas de las reglas me parecen fascinantes. (Aunque me sacan ronchas). Me gusta el origen verbal del mundo y del pensamiento y creo que el mundo es un poema que sólo pueden decir millones de seres existiendo. Escribir… Podría decir que hago todo lo que amo, o he amado, y que sigo todo aquello en lo que he creído.

Sólo que siento que siempre podría hacer más.

Siento que las cosas que hacemos siguen sin ser suficientes para que el mundo sea algo más justo, aunque sea un poco. Tendríamos que dejar tantas cosas, tan arraigadas en lo que somos, y hacer tantas otras distintas que no sé si tengamos energía para siquiera pensar en ello.

Antes tenía tiempo de reflexionar más, leer todo el día, repasar los periódicos, investigar en libros perspectivas que le dieron un sentido al mundo, y que me daban sentido a mi, que quería cambiarlo. Luego uno crece, empieza a hacer esas cosas que antes consideró indeseables, vivir de prisa, comprar cosas, usar la vida para pagarse rentas, y un montón de cosas que el mundo dice debemos pagar. Y entonces se vuelve uno de aquellos seres que adquirieron tendencias post revolucionarias. No sé si alguna vez haya sido revolucionaria pero sí sé que como muchos otros, lo he sido cuando otros han tenido tiempo y energía, para pagar mi propia susbsistencia. Es el viejo adagio, las revoluciones ilustradas, el costo de la supervivencia. Inserte aquí sus autores sociales y políticos favoritos. A veces terminamos siendo lo mismo que todos, pero con pasados más pretenciosos.

No son teorías conspiracionistas, los efectos que vemos todos los días en nuestro cuerpo y en los de los otros, de nuestro ritmo de vida.

A veces pienso que los productos orgánicos, disculpe usted el salto temático de este renglón, necesitan promoverse más, producirse más, consumirse más. Es muy sencillo ir a la tienda, sacarse unas papitas comiendo, un refresco de cola. A mi me gusta la Coca Cola, sí, pero hace años que dejé de tomarla con tranquilidad. Sabiendo lo que sus fábricas hacen a la tierra, y sus gotitas a mi cuerpo…

Debería haber más productos locales, mejores alimentos, más tiempo para producirlos, prepararlos. Pero, pequeño detalle: esta ciudad no está hecha para momentos zen, que articulen la vida. Debería, deberían, deberíamos… y estoy a punto de salir al trabajo, y no tendré tiempo de terminar este post como quería…

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Todo tiene un precio, pero la vida, ¿cómo la cotizamos?, tendríamos que cambiar mucho, pero no sé si hacemos suficiente. El mundo que tendría que suplir a este, necesita tiempo, gestarse en nuestras rutinas, competir con el viejo. ¿Y cómo vamos a valorar una manzana orgánica que se pudre en el anaquel con la que lleva un mes brillando en el Wal Mart? ¿Cómo vamos a amar nuestros cuerpos si seguimos viendo y comprando los que venden en los medios?

No sé si sirva ser radical, hace años pensé que no. Hoy me pregunto si las horas en la calle, y los esfuerzos por proponer mejores hábitos de vida, sirven de algo. Y pocas veces encuentro justificaciones…

Hace diez años que tengo estas preguntas en la cabeza. Creo que es hora de empujar nuevos trenes, y sembrar las que tengan que venir.

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