Camino a la ebullición, Ayotzinapa desde unos pequeños ojos

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De repente empecé a oír gritos en la estación del metrobús, me asusté, “Madres” pensé, ya tomaron algunos camiones otra vez, temí por la seguridad de todos y esas cosas ñoñas que pasan de súbito por mi cabeza, no sé, como que de repente tengo un carácter como de señora de protección civil todo el tiempo, pero no,no habían tomado nada, cuando se abrieron las puertas los vi sonriendo, y gritaban algo como “Guerrero no queda impune” “Queremos justicia” y vi a las chicas, a los chicos, a los señores adentro sonriendo y gritando de camino a la marcha que ocurrió hoy, donde se reunieron 100,000 personas según cálculos de medios confiables.

Desde el fraude del 2012 y la extraña sensación de derrota que vivimos quienes estuvimos en el 132, cada vez que escucho consignas en algún medio de transporte, a sabiendas de que “nos pueden agarrar los polis” me emociono mucho y grito “¡Bien!” y repito las consignas que se anden cantando. Hoy fueron casi cinco carros del MB llenos de gente, que pasaban cantando, gritando, mostrando pancartas con mensajes como “No te conozco, pero nos necesitamos para hacer un mundo nuevo”.

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Fue uno de los momentos más bonitos de estas semanas. Entré a la estación del Metrobus en Churubusco, me disponía después de un largo y tedioso día de oficina a visitar a los viveristas de #ViverosNodriza, para firmar convenios y lanzar la plataforma que llevamos meses formando. Quedé de ver a una amiga pero no llevaba reloj así que no sabía si era tarde o temprano: aún no la veía salir del MB. Yo ya estaba cansada, me dolían los pies, tenía la cara toda grasosa, ya saben, smog, el cerebro ya no funciona bien a esas horas y el MB hasta la madre es el acabose. En esos momentos de cansancio entiendo a la gente que antes tanto señalaba, los que iban cansados, los que no se inmiscuían en nada, ni leían las noticias y veían la vida pública como algo lejano.

Pero hoy vi cómo algunas señoras tocaban el cláxon junto con los gritos de los pasajeros del metrobús, y cómo unos señores que iban serios, agachados, sonreían al ver a los chicos. Tomaban sus panfletos y los leían. Se enteraban sobre la masacre, se tomaban el tiempo, y algunos chavitos, muy chicos, una muchacha como de 13 años, me pidió el panfleto que me habían dado. Nos miramos emocionadas, y empezamos a gritar con los del MB “No están solos” y a levantar los brazos con los pulgares arriba. Mi amiga apareció en un carro, me subí, y seguí escuchando a gente que se comunicaba con quienes ya estaban en el Ángel, eran las seis, queríamos llegar a tiempo. Yo no fui, pero estuve allí. Cuando íbamos por la estación del metro Insurgentes escuchamos un grito enorme de una multitud, y yo sabía que mis amigos estaban ahí, que familiares estaban ahí, que contactos en FB estaban ahí, que mi pareja estaba ahí.

Y entonces, después de mucho dudar, de pensar que no sirve de nada, que ya lo hemos hecho muchas veces, no podría explicar porqué esta vez siento que no estamos nada solos, que no tenemos idea de qué hacer con exactitud ni todos haremos lo mismo, o quizá ya estamos haciendo algo, pero ya no tenemos tanto miedo, y al menos yo necesitaba encontrar en los ojos de otro algo parecido a la esperanza, algo que se conecta con lo más hondo de lo que nos hace humanos, con la compasión, esa que se nos pierde en el tumulto y la prisa cada día y que hoy tuve la fortuna de escuchar como un grito sin miedo, incluso amoroso, de contención, que avanza, no se sabe a dónde, pero avanza.

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