Esto es lo que haremos #Ayotzinapa y #Loquenosedice

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El sábado a la noche no sabíamos si ir a la marcha. ¿Quién convoca? ¿desde dónde? La información no era clara, tampoco teníamos tantas ganas, ¿y si somos muy pocos?

Mi padre vive en Tamaulipas.

Pero al llegar nos encontramos con amigos. Las dudas sobre si ir o no ir, sobre si valía o no la pena se esfumaron. Habíamos pasado toda la tarde digiriendo el nudo en la garganta que la conferencia de prensa de Murillo Karam nos había dejado a miles. Nos movíamos de la indignación a la estupefacción, del enojo a la incertidumbre. Este país está en shock. ¿Salir a la calle vale la pena? Del estudio de movimientos sociales anteriores se obtienen muchas dudas; si sólo se trata de un levantamiento efímero, si se transforma en una campaña concreta, si se van “los malos” y entonces quienes llegan, no son mejores. Hay tanos factores en la ecuación que uno termina por enfarscarse en el estudio de ciertas variables y ya. Sin accionar.

No sabemos si nos llevará años reconstruir esta sociedad, redefinir este país, lograr cambiar al menos una sola cosa en la propia vida.

El sábado vi la bandera ondeando en medio de la noche. Fue muy fuerte además, ver cómo quemaban la puerta del Palacio. Simbólicamente, eso se nos quedó grabado en las pupilas a muchos. Yo nunca entendí los nacionalismos, no comprendía la escolta, el juramento raro los lunes en la mañana en las escuelas. Los juegos de fútbol, las olimpiadas, el 15 de septiembre. Parece que ser mexicano es asistir a una fiesta, celebrar cosas. Yo lo veo de reojo y no lo creo.

Mi padre vive en Tamaulipas. Mi familia paterna también.

Vi cuando pintaron “Vivos los queremos” en la puerta del Palacio Nacional. Este Palacio Nacional de los libros de historia, donde Benito Juárez. Donde los “héroes”, aunque yo nunca creí nada. Escuchaba los momentos en los que la gente enardecía frente al Palacio, y gritaba consignas, yo me tiré el piso cuando contamos uno dos tres cuatro cinco, gritando hasta cuarenta y tres. Y la bandera arriba de mi. Y ver tantas caras conocidas ahí…

Este es el país donde la militancia en lo político o lo social se hace cuando tenemos tiempo. Cuando la vida, que no se inmiscuye en estas cosas a menos que sea fin de semana, a menos que ya hayamos salido del trabajo, nos deja decir lo que pensamos sobre el país que construimos con nuestras omisiones.

Mi padre vive en Tamaulipas. Las masacres en el norte del país son todos los días. Sí. Cuesta dimensionarlo. Es así… estos 43 nos duelen porque a uno le arrebataron el rostro y la dignidad que lucha por sibrevivir en nosotros ha tenido que devolvérselo. Por eso se siente profundo. En el rostro de Julio César Mondragón podía estar el propio, el de los seres que amamos. Pero no son 43. Clamamos justicia por esos 43 porque tienen nombres. Pero las fosas de este país están llenas de un anonimato que duele más, que se ignora más. De jóvenes que me consta, son arrojados a la violencia como herramienta de supervivencia. Sin escuelas, sin respeto, sin un futuro digno, caen en manos de la droga, las bandas, los comandos, las mafias gubernamentales. Son carne de cañón. ¿No duele? Y el doctor sigue tocando partes del cuerpo a ver a dónde duele. ¿Duele aquí? Es el abandono del campo y la idea fallida de “progreso” en las ciudades. O duele si tocamos la ignorancia de los jóvenes y la clase privilegiada sobre el mundo en el que se gestan sus macroplanes de negocios. Duele sí.

Yo leo la vida todos los días, desde el transporte público, la oficina, los colegas, mido los comentarios y sus transformaciones en las personas que me rodean. Hace un año muchos de mis conocidos que no se pronunciaban, que no apoyaban ningún movimiento social por desilusión, ceguera, falta de fe hoy salen a las calles. Veo las posturas de mis colegas de trabajo de oficina, modificarse tras ver “La Dictadura perfecta”. Me veo a mi, dejando en pos de una subsistencia, las ganas de cambiar el mundo, y entonces el sentido de la autogestión, el trabajo comunitario, se vuelve más fuerte. Me veo cansada de presenciar cómo cada día le roban la certeza de sabrse dignos, a la gente, con humillaciones, pisotones, con cheques que compran una vida tranquila a cambio de silencio ante la injusticia.

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No sé, honestamente qué haremos. Ni qué va a pasar. Hay en el trabajo  omunitario, en la organización social, siempre, desilusiones, momentos en donde los orgullos, las vidas cotidianas, las competencias, los afanes de líderes, los miedos, las historias personales, los amores, las peleas, se entrecruzan con la política. Las llegadas tarde, las faltas a los compromisos, quienes militan para “pertenecer” y cuando encuentran una nueva tribu lo abandonan todo. Quienes caen en el pozo del partido político, quienes atacan, hay fallos, hay muchos errores, hay mucho cansancio. No. No es el mundo equilibrado utópico, organizado, horizontal, libre, emocionante, libertario, amoroso. Es un pinche caos señores.

Pero es un pinche caos lleno de dignididad, de aprendizaje. De sed por ser reconstruido, resignificado, reestructurado. Hay una urgencia, inminente, porque aprendamos a trabajar juntos, a respetar al otro, a comprometernos. A llegar temprano, cumplir con los acuerdos. Ser pacientes. Es así, o no será. Es tolerando puntos de vista diversos, sin el riesgo absoluto de disolver una lucha porque el otro es distinto. Porque no nos tenemos más que los unos a los otros.

Estoy con dos maravillosos equipos de trabajo. Quiero formar más. Estoy con una A.C., que inicia. Con una empresa cooperativa que tiene un año de vida. Tengo poco, muchas ganas, a veces demasiada pasión voraz. Pero quiero intentar lo que sea que pueda ser creativo, lo que sea que no dañe a otros o los violente o los ponga en riesgo. Todo puede salir mal. No sé qué somos como movimiento, no sé si lo somos. No sé cuanto nos dure el desencanto antes de navidad. Nos urge generar discursos constructivos, tendencias claras para accionar. Cuidarnos, vigilarnos. Avanzar. Aprender de los errores, porque si no somos críticos con nuestras propias fallas, nadie va a venir a mejorar nuestro accionar.

Animar, quizá, es otra urgencia. Inspirar y animar al que se desanima por continuar. Decirnos a partir de la posibilidad de otro mundo, no tanto a partir de las consignas que hacen siempre del OTRO un villano y del “pueblo” una víctima perfecta. Porque no lo somos. Somos los responsables de que este jardín esté derruido y lleno de plagas. Nosotros dejamos de cuidarlo, también es hacia nosotros mismos que debemos ejercer la crítica, las exigencias. Con amor o con lo que quieran, porque si de nosotros saldrá el mundo nuevo no podemos ser como “ellos” los malos, macabros, asesinos, quienes empezaron, muchos saliendo a la calle, teniendo posturas políticas. Cuidado, porque son espejo.

No sé qué viene, qué se hace, hacia dónde. Pero hay que avanzar, pues. No dejar. Crear otra cosa, lo que sea, pero no quedarnos al borde, esperando a la mejor oportunidad, al mejor proyecto, el mejor discurso.

Todos los días pienso en mi familia que vive en el norte del país. Todos los días hay riesgo. Comandos de vaya usted a saber qué grupo, mafia, cartel rondando las carreteras, a ver quién se encuentran.

Saber que los que amas pueden morir así, no es vida. No puede caber la felicidad en el hueco donde entra la posibilidad de una masacre, aunque no sea propia.  Y la quietud ante ello, tampoco es vida.

Tenemos que movernos hacia lo vital.

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2 comentarios en “Esto es lo que haremos #Ayotzinapa y #Loquenosedice

  1. Muchas gracias por este post. Muchas veces me paralizo y me lleno de desesperanza ante tantos problemas y apatía, muy grandes que se han desarrollado en México por muchísimos años. Por lo mismo, el trabajo de todos a nivel personal y de comunidad va a tomar años también en lograr cambios visibles. Me da esperanza ver gente como tú que realmente quiere tratar de mejorar algo, decir algo, poco a poco, pues lamentablemente el muro que ya está allí no lo podemos derribar de un sólo golpe. Abrazos. Gracias de nuevo 🙂

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