Emprendimientos e izquierda: Aclaración muy personal

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“La desilusión viaja montada en un corcel blanco”. Grabado de Miguel Velázquez.

Tengo que aclarar algo desde ahora, y es que mi postura ante la palabra “emprendimiento” ha cambiado radicalmente desde que me consideraba eso, “radical”. Me cagaba porque crecí envuelta de un mundo de rosas y danza y arte y humanidades y ciencias sociales que formaron mi visión de la realidad, del trabajo, del sentido de la vida. *Densidad total, qué cansancio. Y entonces todo lo que tuviera que ver con empresas, contabilidad, administración, era “los malos”. Luego ya saben, haces una cooperativa con humanistas y cuando todo sale mal tienes que recapacitar y volver la vista hacia todas esas cosas del mundo que antes habías negado.

He transitado del mundo del arte adolescente, al de la preocupación social que se transforma en lo que mis medios simbólicos y culturales me permitieron hacer: hice protestas, campañas de ecología, más protestas, una cooperativa, y a ello se suma la experiencia de vivir de cerca el quehacer de una Asociación civil de conservación que se sostiene precariamente con fondos federales, haber fundado junto con una amiga un movimiento de difusión del trabajo comunitario en agricultura urbana, la escisión mental de haber fundado al mismo tiempo una asociación civil que impulse a jóvenes y una empresa de mujeres y además trabajar, etc… El costo de eso ha sido que conforme pasaban los años, *yei ya casi tengo treinta!, y me daba cuenta de que nunca es suficiente el quehacer social, con cuatro trabajos mis ratos libres se fueron haciendo cada vez menos, adiós fines de semana, las reuniones con amigos también, mi tiempo de convivencia en general con todos también, mis tiempos de diversión también y acabé el año pasado con un cansancio emocional que me obligó a retraerme para “buscarme” en los parajes inhóspitos de mis silencios *Densidad densidad densidad. Pero esto es otra historia.

Entonces llegas a tus casi treinta y te das cuenta de que sabes de literatura, danza, de utopías y no sabes nada de contabilidad, cuestiones jurídicas, operativas, ni política, y mucho menos de tecnología (o eso pensamos), y tienes un montón de proyectos asfixiándose en la necesidad económica, nutridos del aire de tus expectativas de cambiar el mundo y la corrección política, y te quieres dar un tiro. Y te lo das. Porque puedes tener mucho talento, intenciones para mejorar el mundo, conocimientos, capacidades de análisis, estudio, y demás, pero no puedes usarlas porque tienes que subsistir, y no puedes hacer tu quehacer social porque ¡no hay quien lo pague! Y dices cosas como (no yo, porque no soy producto de ninguna escuela) ¿Para esto estudié? No es tan dramático, pero creo que muchos hemos vivido esto. Empiezas a verte en el espejo de quienes desde la crítica a un “sistema” eligen “dejar de hacer” “no enterarse” “no participar” “no relacionarse con ciertos sectores”, haciendo del espectro de su impacto una cosa cada vez más pequeña, que termina hablando con la misma gente, de las mismas cosas, todos de acuerdo en señalar, pero sin mucha voluntad de participar en construir otra cosa.

Bueno, yo me aburrí de eso y así fue como me volví este monstruo que soy.

Empiezo a reconciliarme con palabras como “emprendimiento”. me sigue costando que el ecosistema de jóvenes con ideas de negocios y “emprendimientos” esté tan permeado de términos en inglés, all the fucking time. Está bien, se puede tolerar eso. Me cuesta todavía que el ecosistema de jóvenes que emprenden tenga tan metido hasta el fondo el objetivo de ser “profitable” y que no se planteen, no sé, mejoras para el mundo al menos colaterales, todavía me cuesta no buscarle el valor social a una empresa. No creo que haya que pensarlas como algo lucrativo que no genera un impacto positivo en el mundo.

Ver de cerca movimientos sociales, proyectos sociales, medios de comunicación sociales, comunas, colectivos, marchas, intentos por hacer las cosas distinto, me ha hecho ver ciertas tendencias en el quehacer de proponer otra vida. Tienden a volverse hobbys, o no crecen mucho cuando se vuelven el quehacer alterno de sus participantes. Se necesita comer, afrontémoslo. Radicalizar posturas de izquierda, “alternativas” se acerca a criticar el lucro, que se confunde con sustentabilidad. De esa forma, estigmatizando diversas manifestaciones de los recursos, se asfixian los proyectos. Entonces con toda aquella actividad que pensamos va a resolver algún problema que vemos afuera puede que:

1.- La desarrollemos a tiempo completo, y si no es remunerada tenemos fondos de los papás, alguien, o de un fideicomiso con el que nacimos, o vivimos sin dinero.

2.- La desarrollemos en nuestros ratos libres, y no es remunerada, y el resto del tiempo trabajamos para “los malos” o para “alguien”.

3.- La desarrollemos cada vez que pasa algo malo, no es remunerada y le damos menos tiempo del que pasamos en internet jugando videojuegos y viendo videos.

4.- Es remunerada y como es remunerada los izquierdas radicales te miran feo. (Aunque ellos trabajen en empresas o proyectos no sociales sin mezclar where you eat, from where you shit).

Creo que ahí llegamos al punto de quiebre de la militancia, y la pregunta es: ¿Militar en los ratos libres puede lograr algo? ¿Es militar, un hobby de la generación milennial? ¿Qué rayos es militar? ¿Cómo se sostiene? ¿Con dinero de herencias, entidades misteriosas gringas, grupos comunistas, socialistas? jaja…

Se milita de lleno cuando se tiene resuelto algo: el sustento. Por eso me parece importante emprender socialmente. Es una transición realista hacia otras posibilidades. Una revolución si no es sustentable, es sólo una revuelta que se alimenta del tiempo de sobra de la gente.

Para mi hoy no es poca cosa reconciliarse con ciertas palabras, visiones, personas. Hay flujos de acontecimientos en el mundo que poseen su lenguaje, su sentido y sus objetivos. A veces confluyen, a veces no. A veces pensamos que hablando nuestro propio idioma de sector de izquierda o derecha, orgánico armónico, técnico político, construimos discurso, construimos el mundo. Es así. Estyo de acuerdo. Pero empezamos a ser tan autorreferenciales que llega un día en que sólo hablamos con los que comparten nuestras señas. Con los que piensan como nosotros. Y el cambio se retarda, sólo nos hacemos los unos más distintos de los otros, intentando cambiar, hasta que dejamos de encontrarnos en los otros, y llegamos al mismo punto en donde tú, yo, somos distintos y tú, yo, no podemos ser un nosotros. El aire en el que hablamos está lleno de un olor a prejuicios. Nos resignamos a que nunca podremos cambiar al otro, en vez de contagiarnos un poco, de intentar entender antes. Nunca sabes cuando alguien del sector que criticabas querrá venir contigo a trabajar, no sabes si si visión del mundo puede enriquecerte, completar el cuadro.

Conclusión…

Hay propuestas muy interesantes y útiles, en lo que la izquierda llama despectivamente la cultura del emprendedurismo los “emperdedores”. OUCH!! pensé que nunca diría esto. Hay mucha disciplina, claridad en los objetivos, estrategias de trabajo consistentes y que perduran. De la misma forma que los proyectos sociales necesitan aprender de las tecnologías, los procesos operativos y demás de la cultura emprendedora, hoy veo proyectos de innovación social, con bases tecnológica maravillosas, y poca profundidad en sus planteamientos, que podrían enriquecerse muchísimo si pudieran problematizar y construir sus áreas de impacto como hacen los humanistas.

He criticado y he sido criticada en muchas de las cosas que he hecho, por muchas personas, todo el tiempo. Por estudiar esto y no aquello, por decir lo que pienso todas las veces que he pensado algo, aunque luego me retracte, -me gusta cambiar de opinión-, por darle la vuelta a la hipocresía y decir a la cara lo que sea que me venga al corazón, por poner nombres a proyectos, tener iniciativas, echar a andar ideas aunque unas peguen y otras no, usar cierta ropa, comer ciertas cosas, compartir lo que pienso en este blog, en otros, en Facebook, por emocionarme con esto, lo otro aquello, por abandonar proyectos, por no querer “chupar” o “fumar mota”, por dejar de lado tareas que considero nocivas, por enarbolar todas las ideologías que he enarbolado, y luego por dejarlas.

Ahora que tengo treinta años siento que ya me acostumbré a las críticas, a las miradas de los que nos ven hacer (y equivocarsee, porque hacer es errar) a las barreras que me ponen los que dejan que lo que digo/hago les afecte. A su ley del hielo y sus berrinches. A mí me conflictuaría no hacer o no decir, y según me ha pasado, cuando alguien se molesta o me hace pensar en algo, normalmente es porque lo que hace/dice tiene algún impacto en mi. Así que creo que el costo de tener un impacto en el mundo, de HACER, es que siempre haya alguien que te mire y a quien le provoques algo, aunque parezcan cosas negativas, llegas adentro, haces eco. No es poca cosa. Nadie dijo que hacer fuera tener razón.

Mis opiniones sobre el mundo de los proyectos, los negocios, las formas de sostenernos, de crear valor, están cambiando mucho, muy rápido, y las sigo ordenando, quizá como ocurre a menudo, termine en el mismo punto donde empecé. Leer sobre administración, aprender de gente con proyectos que se compromete, intenta cosas, no deja de capacitarse, que comparte su experiencia en el hacer, leer y aprender sobre tecnologías, políticas públicas, experimentar la burocracia, ayuda a entender mejor la vida de los otros. Solía detestar todo lo que fuera contable, medible, planificable. Los trámites aún me sacan ronchas. Pero hoy sé que estoy sumamente cansada de ir solamente contracorriente, porque en efecto, yo misma pierdo energía en luchar contra un monstruo tan grande como el que imaginamos “enemigo”, y esa energía puedo usarla para crear cosas bellas. Ya no le creo al discurso de diferencia de clases, de opresiones, víctimas y victimarios, masas que se aglutinan y comparten aparentemente tanto.

Trabajar principalmente con mujeres en el último año, buscar sentir qué siento, y qué quiero, asomarme a edificios de administración pública, asociaciones civiles, empresas, poder escuchar historias de vida maravillosas en todos los ámbitos, en diversos sectores, me ha hecho sentir cansancio de los prejuicios de clase, de pensarnos distintos tanto los unos de los otros. No quiero dejar fuera de la conversación que me transforma a nadie, ni pensar que unos tienen más razón que otros. Creo que en el sueño de las divisiones de clase, las políticas, las culturales, se nos olvidó que estamos aquí para colaborar, aunque parezca un sueño ingenuo de niñito.Que sin colaborar con “lo otro” dejamos de lado una visión del mundo que al final es la que también lo construye, y también ha aprendido cosas.

En ningún momento los que imaginamos que son los malos, van a desaparecer. Ni los males, ni los millonarios extravagantes ambiciosos que señalamos, ni los políticos absurdos. Se deben controlar, pero las plagas nos e van con insecticidas. Somos la tierra donde tendría que crecer lo nuevo. Vemos en las tragedias, apenas el humo del fuego que nos quema, y es al humo a lo que queremos quitar del camino, y queremos hacerlo ya, en vez de buscar apagarlo. Una postura política de control de daños no es una postura constructiva, sino una cosa emergente, débil, desesperada.

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No quiero que mi punto de unión con el otro sea el odio a un tercero. Y no sé a dónde puede llevarme esto, pero me dan ganas de construir, aunque un día todo se nos destruya.

En estos cuestionamientos me encuentro. Estos días hablo mucho de ellos, leo, voy a pláticas, y escucho. Todo lo que todos me dicen me ayuda. Discuto, claro: defiendo puntos. Pero si no fuera por el intercambio, mis ideas nunca avanzarían.

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