Un caribe de gángsters y gitanos

Esto parece ficción pero es una historia real. Omití nombres.

Llegué con una amiga y una mochila al hombro. La ventaja del caribe es que el calor hace del equipaje un bulto menos pesado: se usa poca ropa. Dormimos en un hostal hasta que se acabó el dinero y luego tuve que buscar empleo en alguno de los hoteles de la zona.

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De fuera no lo parece, no se piensa siempre que el mar turquesa está enfrente. Pero el caribe está lleno de redes de prostitución. A veces ni siquiera quienes están dentro de ellas lo notan. El mismo día que busqué empleo lo encontré. Una ex bailarina encuentra rápido un trabajo de animadora en los hoteles cinco estrellas. Parecía una broma. Yo que ni siquiera bebía alcohol, que no iba a fiestas y había vivido hasta entonces encerrada en mi estudio, leyendo y pintando, que no sabía bailar del todo bien la salsa y el merengue y no me emocionaban los antros, ahora estaba animando a la gente. Además estaba deprimida. Pero qué más daba. Creo que cuando era niña me enseñaron dos cosas que me marcaron siempre, la primera, que las mujeres tenemos un poder, cada quien escoge cuál desarrollar mejor, mi padre me regaló el feminismo contenido en pocas frases desde que tenía cinco o seis años. La segunda: que no se puede decir que uno no puede hacer algo hasta que lo ha intentado ya. No se puede hacer sabiendo siempre. Se hace, luego se aprende a hacer mejor. Así aprendí a ser animadora, con esfuerzo.

La depresión fue mi mejor aliada. La depresión nos ayuda a analizar a profundis el mundo. Tenía el mar turquesa las 24 horas del día retumbando en mis oídos, y una melancolía muy dulce de la cual echar mano para escribir cuando se terminaban mis turnos de trabajo. Me aceptaron en el empleo, sabía gimnasia, baile, hablaba tres idiomas fluidamente.  Pero hice el mismo efecto en el grupo de animación y de mis jefes que el que tengo en muchos otros lugares donde algunos nunca acabamos de encajar. “Encajar” algo que los siempre exiliados no llegamos a conocer mucho. Mi jefe, un gordinflón que bebía cerveza todos los días religiosamente desde las 4:00 pm en el juego de “Drink more beer or die”, fue amable al principio. Tenía un sobre nombre gracioso, y llenaba de gritos en spanglish y de bebidas del open bar a los turistas del hotel. Yo no bebía. Grave problema. “Tomar un trago con el cliente” Avec le client, with the guest… lo siento, soy muy nerd. Lo siento, no bebo. Ya saben, el mismo speech que usaba ahí lo sigo usando, a veces no beber es algo para lo que uno tiene que excusarse.

El señor gordito animaba todos los días a los huéspedes. A veces los llevaba a antros enormes, los paseaba por la ciudad, se hacían muy amigos, o eso parecía. Un día me dijo que fuera a hablar con Mr Turista. ¿Hablar? bueno… hasta que entendí que el señor Mr Turista buscaba una amiguita para sus noches de juerga caribeñas, y entonces me despedí cortésmente “I’m probably not what you’re looking for”, para darme cuenta más tarde de que otra de mis compañeras había cubierto el vacío que mis principios dejaron en el cuarto del señor.

Fue una noche dura, aunque no me acuerdo bien qué hice esa noche. Volví a mi habitación conectando eventos que antes no tenían sentido. Había sido muy ingenua, al pensar que mis compañeros recibían regalos costosos por las mañanas por nada o que cuando los huéspedes se despedían su último día al salir del lobby y se montaban en sus carritos que les llevaban sus maletas y sus recuerdos escandalosamente estereotipados de Mécsicou iban más que agradecidos con sus anfitriones mexicanos. Ni modo. Estaba en medio de una pequeña red de prostitución. Más tarde supe que los participantes no la consideraban eso, prostitución. Los animadores simplemente se divertían y obtenían a cambio cosas caras o dinero. Nunca en contra de su voluntad, por lo que percibí.

816_114904355006_4522_nEsa semana supe que tenía que irme. Dejé de hacer caso a las peticiones del jefe de ir a hablar con los huéspedes, y él empezó a tratarme de forma grosera. “Hey nerdy, bring your academic butt over here”. Yo ya me iba de todas formas. Era cuestión de arreglar mi mudanza a casa de unos amigos cerca una costa en el sur. Un día, un huésped francés escuchó cómo me trataba mi jefe y me preguntó algunas cosas. Le conté todo y le dije que yo ya me iba. De todas formas se quejó ante la recepción del mal trato del chef de animación hacia sus subalternos: les hacía beber, les concertaba citas con los huéspedes y si no obedecían, como hacía yo, les trataba mal.

Me fui a dormir algo nerviosa. Al día siguiente me levanté y fui al gimnasio del hotel a hacer ejercicio. De repente me llamó uno de mis compañeros, -me llevaba bien con ellos. Teníamos esa solidaridad común de subalternos y éramos cómplices en algunas cosas. “Dijo Mr gordito que si te ve en el hotel te va a mandar madrear”. El gerente del hotel había enviado la queja del huésped francés a la presidencia. Habían regañado a mi jefe. Mi jefe me había identificado como la causa del problema. Había que madrearme, era lógico.

Me asusté. Los animadores no podíamos entrar al hotel sin el uniforme, aunque estuviéramos en day off. Pero tenía miedo de que me reconocieran, así que le pedí a un huésped su ropa. Un adolescente me dio su sudadera y sus lentes. Salí del ala oeste del hotel en un carrito de golf disfrazada de huésped. Me dirigí a las oficinas de la presidencia y esperé un rato a que el gerente saliera a hablar conmigo. El hotel era una cosa enorme de color arena, y todas sus habitaciones, lobbys, corredores estaban llenas de aire acondicionado. Todo olía a café express, había flores frescas en las mesitas. Los empleados mayas me saludaban siempre y me gustaba ser amable con ellos y sonreírles. Los mayas allá son meseros, mucamas, barrenderos, baristas. Conforme el mestizaje se apropia del color de piel los puestos en los hoteles van subiendo de nivel. Entre más clara es la piel mejor es el puesto. Es triste.

Recuerdo mis piernas morenas juntas, temblando de frío en la sala de espera. Los folletos del hotel de cinco estrellas, una cadena española, con más de veinte hoteles alrededor del mundo, prometiendo una belleza extraña, con grados de complejidad social adentro que no se veían en las fotos de las piscinas ni las habitaciones de lujo.

Hablé con el gerente. Tenía un nombre gringo y ojos azules aunque era de origen maya. Le conté mis inconformidades. ¿Sabía usted que está prohibido pedir a las postulantes de empleo pruebas de no ingravidez? ¿Sabía que sus jefes de animación promueven el alcoholismo y se drogan con cocaína para parecer felices todos los días? ¿Sabía que hay una red de prostitución adentro del hotel? y que el principal gestor de los intercambios es su amigo?

Él me veía sonriendo, en realidad no podría decir que era una sonrisa maliciosa, pero parecía que me entendía. supongo que me veía con la cara con la que se mira a alguien que viene de otro mundo.

Me dijo que me calmara y que qué bueno que hablaba con él ahora. Justo se acababa de abrir una plaza en la sección de lujo del hotel. El club francés tenía su propio equipo de animación. Sus juegos eran distintos: ejercicios, meditación, vida sana, juegos de mesa. Allí estaría mejor. Ahora pienso en que quizá habría sido mejor irme y ¿denunciar? -yo sólo estaba de paso, tomando unas vacaciones de mi misma. Me iría pronto y no quería meterme en más problemas. So funny.

-Antes de que te instales en la casa de playa del hotel necesitamos que ayudes con algo. El dueño de la cadena viene con su familia y su hija tiene unos gemelos que requieren niñera. Normalmente alguna chica animadora se encarga, así que creo que te gustaría pasar unos días con ellos mientras hacemos el papeleo de tu entrada al equipo de Francia.

Acepté, hice mis maletas y me despedí de los amigos. Mr Gordito te odia. Dice que si te ve te manda golpear, que nadie se mete con él. Bien Isa. Vas a la playa y no puedes quedarte con la experiencia “soft”, tienes que entrar en problemas con redes de prostitución, jefes de redes de drogas y maleantes. Era como una pequeña aventura, emocionante, pero peligrosa. Fui bastante inconsciente.

Los siguientes cinco días fueron muy raros. Una animadora y yo acompañamos a la MillionareFamily en su estancia en el Caribe. Españoles dueños de muchos hoteles de lujo. La hija era alta y guapa, debe haber tenido cuarenta años, su esposo era muy guapo también. Cuidamos a sus hijos las 24 horas. Manejaban BMWs y bebían champaña en la cena to dos los dí as. Tenían además su niñera personal. Una mujer boliviana que habían adoptado y a quien no le pagaban tan bien. No le pagaban bien pero ya había viajado por todo el mundo. Fuimos a sus paseos en playas privadas comimos en sus cocinas de algunas de sus casas con vista al mar, cuidamos a sus hijos en el camarote de su catamarán mientras ellos bebían más champaña en la cubierta.

La esposa del dueño, una mujer de alrededor de sesenta años, me preguntó el penútlimo día de su estancia si estaba bien. ¿Cómo van las cosas en el hotel? -Le preguntó a la mujer equivocada. La señora parecía una mujer feliz, bondadosa. Le conté todo, pensando en que la prostitución era una injusticia. Que era un trabajo sucio que ensuciaba la playa. Que los empleados que visitaban a los huéspedes eran víctimas. Hoy pienso que lo son, víctimas del mundo que no le deja a los jóvenes vivir más plenamente sus deseos de desarrollarse desde un lugar que aporte algo a la vida. Mis compañeros parecían felices con sus relojes, sus perfumes, las mujeres y los hombres extranjeros, guapos. Pero no era el sueño de nadie, terminar ahí, así.

Me fui a dormir esa noche a una de las habitaciones del hotel. Al día siguiente tendría que tomar un bus interno que me llevaría a la villa en la playa. A conocer el nuevo equipo. Me adapté pronto. Los huéspedes eran todos mayores de cincuenta. No fueron un terreno fácil de roer, la mayoría era una población jubilada, con una vida de descanso pensionado por delante. Ahí encontré otras historias, después de enterarme de que Mr Gordito había dejado de formar parte del 2233_49589108057_4080_npersonal del hotel.

Unas horas tardó en llegar la información de lo que pasaba con el equipo mexicano del ala oeste del hotel al dueño de la cadena. Mr Gordito fue despedido ese mismo día. Lo liquidaron bien y le recomendaron ir a un lugar lejos, por lo que supe. Terminó pasando una temporada en Canadá. Su mujer tenía el plan de mandarme golpear, según supe meses más tarde. Cuando el gerente que me reubicó se enteró la despidió también. Había rumores, en los meses que siguieron, de que yo tenía contacto con los dueños del hotel. No era así. Pero hizo de mi estancia en el club de lujo un mar de tranquilidad, dejé de preocuparme por que me golpearan al cruzar las zonas de manglares y selva cuando volvía del súper, dejé de pensar que tratarían de vengarse, pude descansar un tiempo al menos mientras no llegaron las intrigas de los gitanos y los crímenes sin respuesta, importadas de Francia en maletas llenas de ropa ligera.

Después les cuento sobre los gitanos.

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