Viene la primavera

Había prometido que cuando abandonara el lugar donde trabajaba, unas oficinas con unos jardines hermosos, en donde escribía y estudiaba a detalle la vida laboral, sus cuitas, sus asperezas, me quitaría los zapatos y saldría descalza.

No lo hice. Estaba muy apresurada por salir. Pero me quité los zapatos formales que llevaba y me puse unos tenis. Ese día salí caminando muy contenta. Por fin podría dedicarme a mi empresa, Espora, y a la AC que formé para construir un centro comunitario. A los pocos minutos encontré a un amigo en Coyoacán, me compré un agua de horchata, y hablamos y trabajamos el tema de hacer de los huertos urbanos un tema en la agenda política de las delegaciones, y una política pública que asegurara el derecho a acceder a terrenos para aprender a cultivar y producir para consumo personal. La vida me recibía dulce en un parque lleno de árboles. Y el cielo estaba azul.

Ya sé. Eso ya se está haciendo en muchos lugares en la ciudad de México. Pero no importa, necesitamos ser más. Mientras caminaba por la calle con mi ropa informal y mis tenis no podía creer que ya era libre de esas oficinas. Tenía una jefa como la de Devil Wears Prada, pero sin el estilo y la personalidad. Tenía sí, un equipo de trabajo entrañable y simpático. Reía todos los días con las bromas que hacíamos. Pero padecía de un sistema de trabajo inexistente, sin reglas, sin mecanismos, sin orden, y con una vibra muy fea. Ahí entendí, como en otros trabajos asalariados que he tenido, porqué muchas personas que trabajan en oficinas tienen un semblante de tanta desesperanza. Hay un estilo de vida que prioriza la seguridad económica, las cervezas de fin de semana, un auto, y un poco de dinero, por encima de la felicidad y el amor por lo que se hace. Es el imperio de la mediocridad. El festín de la opresión y las humillaciones, y la política de lamebotismo que acaba por beneficiar a los más “listos” que en realidad son los más voraces, en vez de a los más capaces. Sin conocer la dinámica de trabajo de oficina, creo que mi felicidad de ahora no tendría tanto énfasis. ¡Tengo un enorme espectro de posibilidades de dónde contrastar!

De todas las cosas que uno aprende de las plantas creo que la naturaleza cíclica es la que más me apasiona. Cuando eres muy joven, un adolescente loco e inquieto y no sabes cuánto pueden cambiar las cosas el estado de la vida desespera. Pero las plantas me recuerdan siempre que hay promesas que se cumplen incluso si se nos olvida que la vida las hizo.Todo cambia. Todo siempre cambiará.

Probablemente nunca en toda mi vida me había sentido tan feliz y satisfecha, y asustada por el mundo y sus horrores, e inspirada para hacer lo que esté en mis manos para hacer “otro”. Nunca había sentido tanta vida en la sangre. Siempre imaginé que tener 30 años era la mejor edad de todas. Cuando sería menos estúpida, más fuerte, más segura, más feliz. No todo es perfecto, la rutina se encuentra llena de pequeños obstáculos, lentitudes, confusiones, pero me siento dispuesta a lo que sea. Hace poco sembré las primeras plantas de la temporada en casa.

Es mi forma de despedirme del trabajo de oficina. De la prisa de la vida citadina. Así le digo hola a lo que viene. Las plantas, la gente que me inspira, el trabajo comunitario, los proyectos, el arte, mi escritura, mi amor por la vida. En una ciudad se necesita dinero para vivir, pero sigo sin entender a quienes sacrifican su tiempo, su oportunidad de poner su talento al servicio del mundo, su propia vida, en pos de una enorme cantidad de poder y dinero. A mi me gustan las cosas sencillas, hacer pan con amigos, crecer huertos. Besar al hombre que amo en la mañana y tomarme un café. Escuchar las historias de mis amigas, ver cómo crecemos todos. Lo más bello es lo más simple. Esto es, supongo, el resultado que la tragedia del país deja en mí. Pensar y sentir con toda la convicción del mundo que no hay más tiempo para posponer la revolución. No queda tiempo para posponer el salto hacia una vida auténtica.

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