Trabajar para la VIDA

Y entonces, sí. Dejé mi trabajo para saltar a la vida, muchos me dijeron que era demasiado riesgoso, que “cómo me quedo sin nada” que etc etc. Pues, sentí terror, inseguridad, sí, pero la vida que estaba perdiendo, y las oportunidades de hacer aunque sea una migaja de algo valioso por el mundo se esfumaban ante mis ojos. Eso era peor que quedarme sin dinero, sin pareja y sin amigos. (En el escenario más fatalista, claro).

Hace unos meses, estando en el escritorio de mi antiguo trabajo, leí un artículo que me cimbró. “Bullshit jobs“. Entre otras cosas, habla de cómo el ritmo de la economía genera trabajos monótonos cuyos operadores consideran que realmente no son necesarios para el mundo.

¿Conoces esa sensación? Estás detrás de un mostrador, o detrás de un monitor, y tratas de convencerte de que una parte de lo que haces es importante para alguien. Pero te esfuerzas mucho. Sales cada día cansado, “burned out“, te subes en el transporte público, o en tu coche y no estás seguro de que el día haya valido algo. Ganaste dinero, pero perdiste vida.

DSC02370Antes de renunciar tuve dos momentos de revelación muy fuertes. La primera vez no me atreví. Llevaba una semana viajando en el metrobus por la mañana oyendo a Mercedes Sosa y masticando hacia dónde iría mi vida si conservaba el trabajo estable. También veía a la gente, alicaída, molesta porque alguien la empujó, gritando porque no pudo sentarse. Maquillándose y viviendo deprisa. Sentí que todo hacía sentido y el mundo se veía hermoso, así como estaba. A veces hablaba con algunas mujeres sobre sus trabajos. Pensaba “así seré yo cuando pase el tiempo a través de mi en la oficina”. Y no es que trabajar sea indigno, o no valga nada. Crecer y dejar que mi visión del trabajo madurara significó lograr entender a mi madre y a muchas otras mujeres, y muchas personas que trabajan y dan su vida, literalmente, para sostener a sus familias. Creo que soportar trabajos que no nos gustan por cuidar una familia es un acto de amor enorme que no todos logramos ver. Es increíble. Eso aprendí de mis horas de vida en el transporte. Aprendí a admirar a la gente que trabaja. Las mujeres en el metrobús no van solas a trabajar. Hablan por teléfono con sus hijos, ¿ya comiste? ¿ya llegó tu hermano? ¿llevaron la comida?. Son las directoras de una instrumentación muy compleja de los elementos que componen lo cotidiano. Llevan su lunch, sus zapatos para después de los tacones. Son heroínas de la rutina.

La segunda vez que sentí que debía renunciar estaba sentada en el escritorio. Tenía terror del jefe y su reacción cuando le avisara. Le escribí una larga carta donde le contaba porqué me iba pero nunca se la dí. Sentía que del otro lado del terror por renunciar estaba mi vida. Y me paré y le dije tranquilamente “Me tengo que ir”.Y unas horas después ya era libre y esa historia la conté en el post anterior.

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Casa de Ambrosía Apoteca Herbolaria.

La cuestión que encuentro problemática con los trabajos que no nos hacen felices no tiene que ver sólo con gustos personales. No se trata sólo de si prefiero ser maquillista de estrellas de cine, o mesera, o maestra porque esas cosas me gusten.

Creo que necsitamos redefinir el trabajo más allá de labores que echan a andar una economía, o que nos mantienen a flote en el tren de subsistencia.

En el mundo se necesitan muchas cosas hoy. Cuando veo multitudes, además de ver en ellas sus necesidades, el problema ecológico que representamos, la suma de complejidades infinitas, veo potencial.

Somos posibilidades infinitas de construir una vida, la propia y la común. Eso lo aprendí en Laboratekio, donde de repente un día, muchas manos podíamos sembrar algo. Pintar un muro. Aprender un poco. No se necesitaban grandes habilidades, muchas veces sólo voluntad, espacio para que cada uno fuera quien era, y tiempo.

Casa de Ambrosía Apoteca Herbolaria, quien amablemente nos permitió entrar a su espacio para conocer un poco sobre su trabajo. Próximamente publicado en LaReuniónLAB
Casa de Ambrosía Apoteca Herbolaria, quien amablemente nos permitió entrar a su espacio para conocer un poco sobre su trabajo. Próximamente publicado en LaReuniónLAB

Me gusta pensar que tenemos todos algo qué ofrecer al mundo. Podemos servir al otro, así nos volvemos una suma de bienestares que se multiplican. Creo que necesitamos redefinir el trabajo como la posibilidad de hacer algo que el mundo en serio necesite.

Mi plan maestro, la razón por la que creo que existo, (uy, qué fuerte suena decirlo) es poder crear un centro comunitario. No es un centro cultural, no es un lugar donde la gente sólo se reúne y habla, o toma un café. Es un lugar donde ocurren vínculos de trabajo integrados en una comunidad. Donde quienes tienen tiempo ofrecen tiempo, quienes tienen conocimiento, recursos, lo ofrecen igualmente. Y los niños aprenden de los ancianos, que trabajan dando su mejor tesoro: experiencia. Y las mujeres aprendemos sobre ser mujeres HOY. Y los hombres sobre ser hombres HOY. Y de cierta forma todos tienen oportunidad de sentirse útiles, fuertes, acompañados y con un futuro amigable por delante.

Creo que si hubiera muchos espacios así en las ciudades podríamos prescindir de los trabajos vacíos. De que hacer sea sólo en función de ganar dinero. La ciudad es un poema demente que nos rompe y nos reconstruye. sus espacios definen lo que hacemos, cómo lo hacemos y eso a su vez define quienes somos. Las calles no son para las personas. Acaban siendo no para los autos, y no para quienes tienen autos, sino para los modelos de vida que permiten poseer uno. Eso excluye a los demás, a mi, que no tengo auto.

Los espacios de convivencia definen cómo nos relacionamos los unos con los otros. acabamos siendo redes donde siempre somos los mismos. Los rezagados, la periferia, se excluye, y acaba paseando los fines de semana en un centro comercial que absorbe con sus bolsillos la posibilidad de mejorar su calidad de vida. La convivencia se vuelve poder tener un grupo de amigos, poder divertirse. Ir a fiestas, beber cervezas, y ver el futbol juntos. Y habiendo tanto por hacer en el mundo, el tiempo de las personas se reduce a ser aprovechado casi en su totalidad en estudiar, trabajar, y fiestas (ok, aquí estoy siendo reduccionista). Y espacios para pensar fuera de la caja. Para compartir más allá de las cervezas. Para construir otra ciudad, modificarla, protegerla, hacerla habitable, un territorio donde la felicidad tenga cabida, no hay tantos. No hay tantos espacios donde las personas tengan oportunidad de dar lo mejor que tienen para dar. O donde puedan descubrir qué es eso.

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Hace poco supe que cerca de casa construirán un nuevo centro comercial. Para ello, derribaron cientos de árboles. Pondrán un enorme estacionamiento en un calle llena de problemas (demasiados autos, vías muy estrechas, pocos medios de transporte sostenibles, y caminos inhóspitos para los peatones). Hay una organización en construcción, de vecinos en contra de esto. No quiero un lugar lleno de tiendas dónde gastar el dinero que me comió la vida. Quiero árboles. Una vida sencilla. Tiempo para amar a quienes amo, aprender lo que me gusta, y ser. No quiero que haya empleos vacíos. Quiero que todos tengamos oportunidad de desarrollarnos y construir otra sociedad. Para que no haya más niños que sientan inseguridad sobre lo que habrá en su plato y en su futuro. Yo sé lo que es ser niño, sentir que quiero dar algo al mundo y saber que no hay suficiente dinero para estudiar lo que yo quiero, y sé lo que es sentir miedo porque no sé si la vida me dejará ser quien quiero ser. Veo a las multitudes caminar de vuelta a sus casas por la noche. Y me gustaría poder pensar que un día la gente volverá a sus casas satisfechos de haber ayudado a alguien más, con suficiente para comer, vestir, aprender y un techo seguro y amable.

No es posible que habiendo tanto por hacer, tantos recursos para distribuir, tanto por compartir, usemos nuestro tiempo haciendo cosas que dan sustento por un rato, sin alimentar el alma. No es posible que tantas personas crean que los seres humanos podemos hacer un par de cosas, y un sistema educativo fallido dicta si somos aptos o no para darle algo al mundo. Para sabernos útiles, fuertes y maravillosos. Pongo mi vida en la esperanza de poder ver esto algún día. Aunque sea en pequeña escala. No lo haré sola, no se puede. Si quieren sumarse al proyecto, por favor contáctenme.

Todo está en cómo organizamos los recursos, los ánimos, la vida.

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3 comentarios en “Trabajar para la VIDA

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