Buenos Aires es una media luna -Crónica de viaje I

Bajamos del buquebus como a las 9:00 am. Olía a gas, y todos andaban rápido como si tuvieran prisa, como si fuera lunes, como si Buenos Aires fuera real y no la ciudad cronópica con la que crecí en la cabeza.

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Habíamos pasado la noche, o una parte de ella, en un asiento donde yo no pude dormir, pero J sí. Veníamos de Montevideo, donde estuve investigando sobre las Fábricas de cultura y encontré en Hugo Achugar y Julia Silva interlocutores con mucha calidez e inspiración (mejor luego escribo de esto). Parte del viaje para llegar a la costa desde donde cruzar el río había sido por la noche. Para muchos era un viajecito de tránsito entre carcachas de transporte nomás. Para mi era poder escuchar a Wim Mertens con la imagen de una aburrida carretera que me pareció fascinante porque era la de otro país. Y empezar a resignificar cosas. Vi Colonia desde la oscuridad: plantaciones o fábricas, o cosas que parecían naves espaciales llenas de foquitos y no paré de tomar fotos.

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Subimos al buquebus, tratamos de dormir. A las 4:00 am me aburrí de no poder pegar ojo y empecé a deambular por los dos pisos de asientos del barquito que cruza Río de la Plata, que por cierto es beige, como si fuera de lodo. Fui al barcito que hay en el segundo piso y me compré un café. Con J. dormido empecé a pensar que el viaje de enamorados tendría ratos para poder estar sola, y que también era un viaje solitario, y que entonces cada paso que daba para reconstruir esa ciudad en mi cabeza sería sólo mío. Como cuando uno puede comerse entera una media luna, sin darle a nadie, y quedarse con todo el olor a mantequilla y vainilla que cabe en un bocado.

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Creo que despertar en medio del viaje es la mejor metáfora del movimiento. Se amanece siempre en otra parte. Mitad dormido mitad despierto se le van metiendo a uno todas las cosas del mundo real. Qué mundo tan extraño es el mundo real. Abrir los ojos y dejar que, (hola Proust) los objetos lleguen a la vista y a la realidad que somos. Así fue pisar Buenos Aires. Era temprano, y creo que era lunes. Era emocionante pisar calles lejanas, ver gente que vive del otro lado del mundo, tenían sus vidas, la gente argentina era real… y tenían vidas ajetradas y las muchachas a las 9:00 am tomaban café caminando con sus tacones enormes con toda la elegancia del mundo. Hola personas del otro hemisferio.

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Corrimos a cruzar enormes calles, -bienvenida a Bs Aires: la ciudad de las calles gigantes, y J se apresuró a comprar una tarjeta SUBE para transportarnos. Bajamos unas escaleras, la gente ya empezaba a hablar con acento argentino. ¡Acento argentino! Yo lo conocí con las lecturas de Cortázar y Borges y Onetti (aunque Onetti era de Uy) y las películas de Eliseo Subiela. Cuando estudiaba danza y pasaba horas viendo pelis en la biblioteca del CNA y la vida podía ser una ensoñación poética toda ella como si Girondo fuera un pedacito fractal de toda una nación. Eso era el acento argentino que escuchaba ese lunes. No era lo que en el andén, literalmente decía “ché eh muy temprano para ehto”, para mí era una mujer poética que se creía hada o un personaje de Borges diciendo algo futil en medio de un párrafo erudito. El metro en Bs Aires, “subte”, es más pequeño que el del D.F. Es lindo, porque siendo tan viejo (dice google que de 1912) me hace pensar que cuando se construyeron las ciudades de luz en América Latina no se pensaba que nos volveríamos monstruos cosmopolitas. Qué metro ingenuo argentino, que se quedó chico. Pero hermoso igual.

Después de la proeza de testosterona que fue para J. maniobrar las 4 maletas en las escaleras del subte, llegamos a la estación de Juramento. Caminamos poco para llegar al departamento que nos acogió toda la estancia. Ya no recuerdo si descansamos, creo que no. Creo que tomamos un bus para ir al norte de la ciudad y visitar familia, en el trayecto puse una cara de sospecha: momento, ¡Bs Aires se parece mucho al D.F.! Bajamos en una calle llena de árboles, donde descubrí, (como si nadie obviamente lo hubiera pensado, estudiado, obviado ya antes) que las plantas tienen más hojas en sus tallos que en México! Vaya lugar especial en que estaba eh! Duh.

A la tarde de vuelta a casa volvimos por una calle llena de árboles y , creo, y cruzamos las vías del tren. “Acá tienen tren aún, no como en México”. Por la noche Belgrano, la zona cheta (fresa) donde estábamos, era como la Condesa o la Roma del D.F. No toda la ciudad era así. Claro que no vi la periferia, pero la hay. El sur del mundo comparte problemas con mi punto geográfico, estaba llegando a un lugar urbanizado, con ideas y aprendizajes sobre políticas de desarrollo urbano, organización comunitaria, ¡deber! pero la belleza arquitectónica me hipnotizó para pensar no en lo global,ni en lo local siquiera, sino en lo interno. Venía desde una ciudad pequeña y amigable, Montevideo, donde entre otras cordiales cosas, me había asomado a un programa social desdecntralizado del épico, famoso gobierno de izquierda de Uruguay, que busca integrar problaciones a la vida creativa del mundo. La vida creativa… el filtro con el que las últimas semanas he podido mirar. Ahí había una pista que permeó el resto del viaje. El interior, los universos interiores, las burbujas de potencial por transformar el mundo con el corazón, que siempre se expanden. Desde lo pequeño. La primera noche me dormí cansada. Hacía calor. Y al día siguiente me esperaban como segunda bienvenida unas medias lunas (cuernitos) que no sabía que podían ser tan ricas.

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El helado es muy rico O.o

Pronto la segunda parte. Y luego la historia de los gitanos, lo prometo.

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