Bs Aires y los carbohidratos Crónica de viaje II

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Tres datos esenciales de los primeros días: hacía calor, (salían del verano y el otoño se acercaba) el cielo estaba sin nubes, azul, la mayor parte del día y el sol brillaba bastante y rebotaba con el pavimento que hacía del calor algo alguito peor. Caminé bastante y se me hincharon los pies, estuve jodiendo con eso todo el tiempo.

El primer día que tuve que elegir qué hacer creo que preferí descansar en casa, escribir, y acomodar un poco, jugar a ser Susanita, lavar ropa y posponer mi salida a la calle. Tengo dos recuerdos mezclados, recuerdo que estaba de repente en una clase de circo con chicas todas más jóvenes que yo, y había un maestro que nos decía cosas que teníamos que hacer. Panqueques (crepas o algo así) en Carlitos que tenía un índice de donde uno tenía que elegir (demonios, cómo odio cuando hay que elegir comida) cerveza Stella Artois en una botella gigante, me dolían los pies, no sé si había salido a caminar por Cabildo, no estoy segura de qué pasó. Ya había ingerido suficiente levadura de cerveza, y medias lunas, y helado (¡todo lo entregan con delivery en Bs Aires!, es una escandalosa invitación para ermitaños como yo) y de repente tenía que pararme de cabeza, estirar las piernas y los brazos y hacer algo similar a abdominales nivel estotedestruirá y sentí todo el peso de mis treinta años y los seis que llevo sin bailar decentemente cayendo sobre mis articulaciones. Con todo y el dolor -el de los músculos y el del orgullo, presenciar una clase de circo me animó a pensar que Bs Aires era como un lugar más donde hacer travesuras. Hacer todo lo que uno quiera hacer. Había arte, gente interesante, clases de cosas, comida deliciosa altamente calórica, calles qué recorrer, -debería vivir aquí, pensé. En realidad en el D.F. también hay esa oferta cultural. Pero acá no hablan todos como Cortázar. ¿Entienden? Uno decide, sin querer, porqué en la comparación de las cosas que se ponen como posibilidades delante, lo que uno no tiene cerca parece ser mejor.

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A la tarde, de uno de esos momentos entre carbohidratos y actividad física distinta a estar sentada en la compu, fuimos a beber mate junto al Río de la Plata. L, de quién más adelante publicaré una entrevista pues forma parte de la fauna creativa que alcancé a espejear, decía que odiaba su lado del Río. Dos días antes habíamos ido en bici por la carretera y la costa de Montevideo que da a lo que poco a poco deja de ser río y se vuelve mar. Y la arena era linda y, bueno, había un lobo marino muerto en la playa y nos detuvimos a inspeccionarlo:

Luisa y el lobo marino que falleció bici en la playa DSC03515 DSC03533

De todas formas estuvo bien, nos despedimos del lobo y seguimos el viaje.

Pero en Bs Aires, la gente no parece acercarse tanto al Río. ¿Por qué le dan la espalda? On ne sait pas.

Después de la clase de circo, al inoportuno dolor de pies se sumó el dolor de brazos, cuerpo… y demás. Pero logré reunir fuerzas para salir al día siguiente (ya había aceptado que me encontraba en modo -estoy comiendo tanto como puedo antes del coma diabético) y dejar salir a la chancha que siempre he tenido adentro. Caminé un poco por una avenida grande y noté que además de que las ramas de las plantas tienen muchas más hojitas, los árboles de las calles que no son avenidas, son altísimos:

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Tomé el subte, me bajé en la estación Plaza Italia, hallé zonas verdes. Hacía demasiado calor para mi atuendo defeño, así que tuve que comprarme un vestido y me metí a un café a refugiarme de mi neurosis porque “oh, sorpresa”, Bs Aires es igual de caótica que el D.F., la gente caminaba de prisa, había ruidos de coches, semáforos, y comida lista para comprarse que no dejaba de tentarme. Me senté a escribir, pedí un café lleno de azúcar y un agua mineral y al final no escribí nada, ¡pero! tuve una revelación. No había leído nada en el viaje, pero estaba teniendo una de esas experiencias de desorden mental literario. No me paraba la cabeza. ¿Les ha pasado que leen a un autor en especial, que tiene un ritmo y un patrón narrativo que fluye y de repente su flujo se vuelve una especie de molde donde uno empieza a introducir sus propias ideas? Y entonces las ideas y su sentido responden a la estructura que dicta el ritmo. Yo estaba bebiendo el café vienés, mirando la galleta que venía con él, y me di cuenta de que quería escribir. Parece poco, pero después de un tiempo de sequía mental y hasta anímica, volver a sentir la pulsión de la escritura fue una luz al final de la carretera.

Con esa sensación caminé. Caminé más, me perdí, llegué a una cita, comí, en un acto de enorme prudencia, una ensalada. Escuché la historia de cómo se formó una familia. Hablamos un poco de la educación formal y alternativa, una pareja de docentes con ideas profundamente revolucionarias, que al final habían criado a una de mis mejores amigas. Dejé de sentirme sola en la visión de que la educación formal, la más convencional que he conocido no hace más -ok, alfabetiza, que adormecer la creatividad y por lo tanto la calidad de participación en los asuntos del mundo, de los individuos. Es normal que no todos quieran cambiar el mundo, si la transformación debe nacer de lo creativo. Del riesgo, de pensar fuera de la caja.

Estaba muy contenta cuando nos despedimos. Supongo que todo el tiempo, no importa dónde estemos, podemos aprender y escuchar con atención y cuidado, con curiosidad lo que los otros tienen para contarnos, pero cuando se viaja uno se pone en modo de aventura, de curiosidad intensa, y las pequeñas cosas se vuelven rasgos que acabamos por dotar de significados un poco más trascendentes que el que pueden tener en nuestra rutina.

Luego de volver a perderme, -el GPS empezó a marearme, llegué tarde a la cita con J. y con el MALBA (Museo de Arte). Había una exposición de arte contemporáneo. Siempre miro con desconfianza ese arte… debo decirlo. Visitamos la colección que siempre está, que tenía cosas que sí me gustaron.

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Luego fuimos a la sala con la súper exposición de temporada: “Experiencia infinita” todo lo que dice el artículo es verdad. Estuvo buena, es de las pocas muestras que no termino criticando. Aunque sigo pensando que si de hacer experimentos se trata…. -inserte comentario denostador del arte contemporáneo aquí-, pues …

malbaisagif Hice mi propia dancita artística donde exploro las posibilidades de washawashawasha….

Lo que sí me gustó fue una instalación donde había un hombre del que pendían varias cuerdas que estaban atadas a cosas que colgaban de poleas en toda una sala. Su parte noble estaba implicada en esto. No supe qué interpretación darle pero me gustó escuchar los ruiditos que hacían las cosas al colgar y hacer rodar las poleas conforme el señor se movía un poco. Siempre he pensado que en la relación que un observador puede percibir en las cosas las relaciones pueden ser infinitas. Como todo lo infinito, pues.

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No sé. Todas estaban chistosas.

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Un grupo de bailarines que hacían de puerta viviente para salir de la sala, una muchacha que comentaba en un micrófono sobre historias de artistas que contaban historias sobre la obra de arte perfecta que jamás vieron. Un señor que deambulaba con una máscara por todo el museo. Bueno, fue divertido., y daban ganas de bailar.

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Terminamos un recorrido después de otra ensalada y largas pláticas sobre qué significa ser argentino, o mexicano, y qué significa para los jóvenes de hoy ser hijos de una época de dictaduras, huídas, y silencio. Caminamos hasta Puerto Madero, que justo como la canción de Kevin Johansen dice, pues, no tiene mucho qué ofrecer además de barquitos. A esa hora yo ya estaba cansada y harta de caminar. ¿Por qué soy tan quejosa? y volvimos a casa a dormir. Esa noche, después de pensar en los artículos que tenía para escribir sobre Uruguay y las entrevistas que tenía hechas de artistas, casi no pude descansar.  Era otra noche de “no me para la cabeza”. Tenía que escribir, y necesitaba ir a un café para poder escribir en mi libreta. Deseo impaciente que me puso algo de mal humor cuando uno, que anda en plan “turista” (esa palabra no me gusta) personifica deseos habituales generalizados que lo empujan a escribirse agendas larguísimas que se vuelven ajetreo, velocidad. Al final decidí que dejaría de querer “verlo todo”. No se puede ver todo. ¿Por qué? Para qué devorar las cosas, como si en serio se pudieran atrapar, si no se puede. Nunca me ha gustado moverme tanto, como queriendo poder ver y poder decir estuve aquí y allá. Prefiero que la ciudad entre poco a poco, y que me deje respirar. Uno toma fotografías como si nadie más hubiese retratado el obelisco o tal o cual lugar. Como un gesto que dice “estuve aquí, es mío, yo lo vi así” y si lo piensa es raro querer aparecer junto a la casa rosada. Es raro querer compartir lo que se vio en un lugar. Por eso lo que se antojaba era seguir sentada en un café, y poder escribir algo, lo que fuera. Total, ya había aceptado que no iba a recorrer tanto, y que iba a seguir ingiriendo pan, facturitas, medias lunas, pizzas, empanadas, panqueques y más facturitas. Y alfajores.

Nota: si van a Argentina y se quedan un rato, y son mexicanos, lleven algo picante. Es desesperante que haya tantas cosas tan ricas y que no se pueda contar con al menos crush pepper, o salsa tabasco (ya en casos extremos) para que las cosas sepan a algo. ¿Cómo hacen los argentinos? ¿En dónde, si no es en la lengua, es que ponen el dolor que le da sabor a un bocado? No hay picante… es casi indignante.

La próxima crónica será más corta. Pero más densa.

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Un comentario en “Bs Aires y los carbohidratos Crónica de viaje II

  1. Lo que lei, sucede a muchos mi querida Isa. Nos falta tiempo para poder plasmar la emocion que nos da el conocer otra ciudad, otras calles , otro pais. Me uno a tu sentir y puedo decirte que sin yo haber estado ahi contigo, ya me concidero una turista de Buenos Aires. Un besote, divina Isa!

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