Crónica de viaje: un tango de mujer

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DSC03901No sé si era sábado o entre semana. Era feriado, semana santa quizá, o había otro paro, no recuerdo. Había que ir a san Telmo a visitar a alguien, y después el plan era caminar, llegar a la Casa Rosada, andar por ahí, pasear, ver cosas.

San Telmo, al bajar del metro, era como una maqueta de esculturas de piedra. Es un lugar cercano al centro, con edificios viejos. La calle la vi sola, pero no es que siempre esté tan solitario, el cielo estaba todo azul y daba la sensación de que siempre era así, tranquilo, semi vacío. Claro que no lo es. Llegamos a un departamento pequeño con balcón que daba a una calle pintoresca. Comimos algo árabe, hacía calor. La visita a la amiga fue breve, supimos que habría una milonga, debería ir, claro, estar en Buenos Aires y no aprovechar para bailar: una tontería. Cuando salimos caminamos por las callecitas hacia la Casa Rosada. No sé por qué cometí el error de llevar zapatos incómodos. Este debería ser el momento en el que uno habla de cómo la Casa Rosada es esto o lo otro. Yo en ese momento estaba demasiado metida en la sensación de los pies hinchados y la pésima elección de calzado.

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Pero finalmente entramos. Queríamos esperar a las 3:00 que era la hora de las Madres de Mayo. Había una exposición de libertadores de América y de figuras ilustres revolucionarias. Cosas, cuadros, paredes…

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No conecto con la historia a través de los edificios. Es un hecho. No me gustan las priámides, ya están vacías. Nome importa si es cultura o historia. Me saben huecas. Sólo de lejos, cuando por ejemplo ves una cosita chiquita en medio de un complejo urbano enorme, lo ves todo junto y algo entiendes. Belleza, arquitectura, historia, Perón, dictaduras, Kirchner, bombas, ahhh, todo se revuelve. Además me dolían los pies. Buen ciao Casa Rosada.

De lo demás que siguió en ese momento no tomé foto. Estaba algo abrumada. Cosas mías, cosas del corazón. Había visto un asalto en la calle, a una familia le habían arrebatado su mochila, desde una motocicleta. Sí, había que disfrutar, era un viaje de placer, sí, esas cosas pasan, pero sentí feo al no poder ayudar ni hacer nada. Me quedé pensando en-m-mismada, ¿ensimismada?

Entonces llegó el momento de las madres de mayo. Giraban en torno a un obelisco. Sí, ya había leído, visto películas de ellas, visto noticias. Sergio Contla y yo intentamos escribir una vez un cuento sobre ellas, pero se quedó en borrador. Ahora estaba ahí, frente a las ancianas. Y eso fue lo más fuerte y triste: que por ellas ha pasado el tiempo y siguen pronunciando el nombre de sus desaparecidos. Y en el mundo siguen desapareciendo…

Caminamos hacia el Teatro Colón. La única razón por la que quería conocerlo era porque cuando niña leía sobre Isadora Duncan, -sí, me llamo así por ella y eso me determinó muchas cosas en la vida. Ella había bailado ahí, los argentinos se enojaron con ella porque bailó el himno, medio desnuda envuelta en una bandera comunista. Pensé en mi madre y en cuánta ilusión tenía al llamarme Isadora, y en mi padre que sé, que al tenerme quería que luchara por mi libertad, mi arte y mis sueños. Entonces me puse a bailar descalza en la entrada del Teatro. Y fui muy feliz. Significó mucho, supongo, porque en esa parte del viaje me estaba pasando algo importante adentro. Algo que hacía mucho no me pasaba, que fue como un desierto, el desierto del habla Pinkola, o Jung con la nígredo. Tuve unos años de falta de corazón. No sé cómo llamarlo. Después de 132, de la resaca de un 15M, de los Indignados, una Cooperativa náufraga, un revoltijo de secta periodística, trabajos de esto y aquello, escribir cosas sin sentido y que me pagaran por ello.. de repente perdí un rumbo. Son los “insights”, los había olvidado, los ratos en la vida de un artista en los que se condensa la experiencia de la conciencia y el MUNDO. A veces uno necesita de mucha melancolía o de un impasse para tocarlos y tocarse a uno mismo en ellos. En todo un año, apenas si escribí, si bailé. Creé otras cosas. Espora. Una A.C. Pero ¿y mi destino de artista? ¿y mi danza? ¿y mi novela? había perdido mis ojos para ver el mundo con maravilla. La mujer salvaje que llevamos dentro patalea y quiere salir. La había sentido cuando dejé mi trabajo para dedicarme a mis cosas: “es ahora o nunca” y sentí un empujón que me sacó de la cama y de las lágrimas.

Esas mismas patadas de mujer salvaje me llevaron a nuevos lugares, o lugares viejos míos, desde donde todo volvía a tener sentido. Necesitaba estar sola. Fue lo mismo que había sentido en el café de Palermo. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Ya estaba yo demasiado adentro de mi misma para darme cuenta de que estaba en Bs Aires y que la vida ahí estaba corriendo, y una pareja me esperaba, y el tango, y el exterior.

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Así que ahí estaba yo, padeciendo de la neurosis en medio de una milonga. Escuchando tango. Bebiendo vino. Sumergida en una soledad tan concurrida… No bailé nada. Ni siquiera estaba allí. Quería estar en otra parte, con mis libretas, con mis libros, con mi silencio. El viaje a Bs Aires era como siempre supe que sería. Un mar de melancolía. Una cosa que es como un fantasma que se le mete a uno en los labios, en la nariz y en la cabeza y lo embriaga todo de nostalgia, de nostalgia por lo que pasó y por lo que se sabe que ya no pasará. Dicen que uno al nacer lo sabe todo. Yo desde adolescente, desde las milongas del parque me marqué la Argentina con un color azul profundo. “Sho, no me gusta el tango”… es muy triste me dijeron el día antes de asistir. Pero yo iba, así como venía caminando los últimos meses sabiendo que me acercaba al fin de algo. Entre mi locura por la vida y el amor, elegí la primera. Y duele todavía. Pero la embriaguez por la vida es hipnótica, y uno en la demencia no siente otra cosa más que hambre de locuras. Y yo me fui a cumplir con el destino de perder mis pájaros.

El día se terminó con demasiado vino. Y llegó el otro, que contaré después.

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