Partir del sur: Crónica del final de un viaje

DSC04126Todas las cosas tienen su tiempo. O algo así he leído en alguna parte. Las últimas mañanas en Argentina estaban llenas de ansiedad. Había en mi cabeza muchas cosas qué contarme a mi misma. Poco tiempo para sentarme a pensar, escribir. Tenía que hacerlo esos días o perdería la idea de lo que estaba pasando. De todas las cosas que le dicen a uno que debe hacer en una ciudad no me interesó ninguna. Un almuerzo en un parque delante de un árbol fue lo más lleno de vida. Había significado, algún ánimo volando, cosas qué decirse. Extrañé mis conversaciones cuando era bailarina, poeta, cuando pintaba y no me preocupaba por ganar dinero o subsistir. Ese fue probablemente el día en el que hablando sobre lo importante que es hacer aquello que nos lleve al centro de nosotros mismos me di cuenta de que estaba ya yéndome. Joseph Campbell dice “You must give up the life you planned in order to have the life that is waiting for you”. Y uno no se va dando cuenta de cuánto el cuerpo lo aleja a uno de los caminos errados.

Después del tango fallido y la sensación de estar en otra parte poder caminar sin rumbo por la ciudad fue un alivio. Tenía una compañera de viaje, que podía haber sido, si Lautrec hubiera hecho cómics, su personaje central. Creo que encontrarme en su universo creativo me ayudó a volver al mío. Siempre voy a agradecer a Luisa por la generosidad de su cuarto de creaciones. Porque lo llevaba consigo a todos lados y me recordó a mi a su edad. Y me hizo querer retomar lo que había abandonado. Quizá la voz.

Una cita por la tarde en un barrio lleno de librerías: miedo a caminar sola por calles vacías. Mi vestido de flores recién comprado en un mercado volaba demasiado y me urgía poder encontrar un lugar sin viento, el otoño estaba llegando.

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Cada paso que daba me torturaba un poco. Al fin pude sentarme en una librería, hablar con una mujer directora de cine. De repente otra vez encontraba voces creativas. Es difícil crear, es difícil producir, ¿cómo se construye un documental sobre las madres de mayo sin recursos? con equipos prestados, con personas dispersas. La mujer hablaba y hablaba y yo no sabía si tenía frío o calor.  Todo era vívido, su acento, el olor del café, contarle de cuando bailaba, de lo que se sentía ponerlo todo en un constructo idealista, vaporoso, cuyo valor el mundo no siempre comprende. Luego llegó él. Y los silencios, y un peso que sólo desapareció cuando compré en la librería de madera el libro de Diarios de Alejandra Pizarnik. ¿Por qué no comprar algo que no conozca? ¿Por qué no mejor, una camiseta que diga “aguante el celeste”.

Tomé el libro como si comprándolo en Buenos Aires pudiera capturar además todo el olor a Cortázar a Borges, y me dijera a mi misma que ahora sí ya nadie me quitaba la literatura, ni siquiera yo. Aunque doliera tenerla puesta encima o encontrarla en la voz de una poeta suicida.

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Pasé el resto de los días caminando sola. O algo así. ¿Por qué será que uno a veces se envuelve tanto en la soledad? Uno deja de ver y sentir cosas hasta que deja incluso de reconocerse en los espejos. Todo en el mundo va tan rápido y nos pide tanto…

Cerré los paseos mirando unas zapatillas de ballet en San Telmo. Eran de mi tamaño, me habrían quedado bien. Se veían lindas, eran de alguien más de hace muchos años. Compré un póster de tango. Entré a un cafecito y me senté. Pedí jugo de toronja. Me quedé varias horas ahí teniendo miedo del mundo y de lo que vendría. Molesta porque los días de asueto no me dejaron comprar mis zapatos de tango.

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Tenía en la mente una idea fija: los mapas geográficos son mapas lingüísticos, y así como la geografía contiene valles y montañas, un mapa es una red de significados. Cuando llegué al subte los nombres de las estaciones sonaban huecos. Eran olores viejos a gas y a una elegancia rancia que estaba impregnada en todo. Un día ví un fantasma en la estación de color púrpura, cercana a San Telmo, era una mujer de los años veinte o principios de siglo, tenía medias blancas, un bolso con agujas adentro y un sombrero. No me vió, pero yo la vi vagando. Era un fantasma y nunca había visto uno.

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Después, los nombres de las calles eran como sentidos que corrían por las venas de asfalto. Había en algunas de ellas, besos, en otras decepciones, en otras miedo. En algunas había pizzas, en otras dolores de cabeza. En algunas había incluso, placas de acero incrustadas en las banquetas con nombres de desaparecidos secuestrados de la noche de los lápices. Mujeres ancianas, fiambres, antigüedades. Muchos recuerdos todos mezclados, que me embriagaban. El color de los tubos de los autobuses, los números gigantes de sus rutas, la cerveza, la lluvia inesperada matutina que lavó tantas cosas. Las calles estaban también llenas de amor. Uno difícil de meter en las palabras. Que quizá cabe adentro de los nombres de las calles que pisamos juntos. En el aire aconidicionado o los balcones, en el mate que nunca bebimos.

Paul Auster en Ciudad de Hielo habla de cómo un hombre traza en la ciudad de Nueva York una caligrafía llena de sentido. Siempre he sentido lo mismo con mis rutas. Si pudiera mirarme desde arriba deambulando en Buenos Aires, ¿qué palabras habré escrito? ¿Qué sentido tienen las rutas que tomamos tantas veces y que repetimos? Cuánto amor hay en esos mapas. Cuántas verdades y raíces. Con cuántos hilos de vida nos tejemos sentido. Cuantas cosas buscamos sin conocerlas.

Amo los pájaros perdidos
que vuelven desde el mas allá
a confundirse con un cielo
que nunca mas podré
recuperar

vuelven de nuevo los recuerdos

las horas jovenes que vi
y desde el mar llega un fantasma
hecho de cosas
que ame y perdí

todo fue un sueño un sueño
que perdimos

como perdimos los pájaros y el mar
un sueño breve
y antiguo como el tiempo

que los espejos no pueden reflejar
despues busqué
perderte en tantos otros

y aquellos otros
y todos eran más

por fin logre reconocer
cuando un adiós es un adiós

la soledad me devoró
y fuimos dos

vuelven los pájaros nocturnos
que vuelan ciegos sobre el mar

la noche entera es un espejo
que me devuelve tu soledad

amo los pájaros perdidos
que vuelven desde el más allá

a confundirse con un cielo
que nunca más podre recuperar

soy solo un pájaro perdido
que vuelve desde el mas alla
a confundirse con un cielo
que nunca más podré recuperar.

Mario Trejo

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