La costosa ignorancia del desarraigo

No sé si este post es político o profundamente íntimo y personal. En las últimas semanas he estado apoyando la campaña de morena en Coyoacán. De ello se derivan un montón de textos que hasta ahora no sé si publicar, pero que poco a poco formaron junto con la serie de experiencias vividas cada día una narrativa que ahora llamo, del enraizamiento. He podido visitar un montón de espacios y de gente.

Coyoacán ha sido desde hace años la cuna de mis experimentos, expresiones, amores. Proyectos como la Cooperativa Tzikbal y el Laboratekio nacieron ahí. Lo he visto deteriorarse y he presenciado, quizá era necesario para su sociedad, cómo la mafia de Mauricio Toledo lo ha empobrecido y ensuciado con la protección del decepcionante GDF. En campaña se recorren muchas colonias. Cuando uno mira un mapa no puede llenarlo de sentidos, ni de la gente que lo habita. Cuando ví las primeras veces el mapa de Coyoacán, siempre presente en las oficinas, no tenía en mente todo lo que hoy tengo.

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Es mucho, es un golpe de realidad. He estado pensando últimamente en el arraigo que constituye nuestra identidad. Nunca me sentí muy mexicana, muy de algún barrio. Pero un contraste entre vivir en la desconexión de un castillo de mármol en un barrio agreste y en un sencillo espacio en un barrio lleno de vida me ha devuelto entre otras cosas, la inspiración para el trabajo. Porque quizá, los barrios y nuestros contextos, entre más nos conectan con los otros nos dejan tejernos quiénes somos: somos siempre en relación a otros. Es con los otros, en su espejo que nuestra identidad tiene sentido. Viví en una casa “bonita”, pero desconectada de su espacio. No se podía salir a la noche, ni se conocía entre ella la gente de los comercios. Era un espacio agreste en donde la gente salía y entraba a sus casas en auto sin pisar el asfalto. Era triste verme en un contexto que yo sabía de antemano, era producto de la pobre planeación urbana y la cero humanización de sus soluciones. ¿De qué sirve una casa bonita en medio de tanta desigualdad? si al final tienes que cuidarte las espaldas y no puedes salir si  no es en auto. Vives, pues, la realidad diseñada por accidente, de un entramado urbano que no responde a la necesidad de conexión humana, sino a la de la desconexión a la que somos empujados  gracias a la neurosis que la vida moderna nos provoca.

La caja de cristal a la mitad del aisalmiento
La caja de cristal a la mitad del aisalmiento

Para mucha gente hoy no es importante presenciar la realidad que los rodea. Es más, es prioridad alejarse y no mirar lo que hay “en el patio de atrás, en la periferia. Creo que pensamos que la comodidad es primero. Que caminar por una calle linda debe costar tener que llegar a ella en auto. Terminé deprimida en ese sitio. Sobre todo, mirando tan de cerca los efectos del desarraigo. No mirar la realidad de los otros nos da tranquilidad. No mirar la pobreza, los conflictos, la violencia.

Pero nos quita, al quitarnos de enfrente a los sujetos frente a los cuales se construye nuestra identidad, una parte de nostros mismos. Salir en entrar a casa sólo en auto. No pisar los barrios más pobres. No conocer de cerca la realidad que nos envuelve nos llena de otro tipo de pobreza: la humana.

Fue muy impactante para mi encontrar en algunos espacios ilustrados una vana visión de lo que son las problemáticas sociales. “Hacen ruido, está muy sucio, los vendedores vienen a dejar su mugre en mi calle, ponen muy fuerte su música” en resumidas cuentas: me rompen mi burbuja de tranquilidad.

Y por mucho, lo que encuentro en nuestro anquilosamiento como individuos participativos, como grupos propositivos, como una colectivdad andante que se construye el mundo a conciencia, es que no sabemos problematizar. Y a problematizar no siempre nos enseñan en las escuelas. Creo que hubo días en los que entendí más cosas escuchando a un niño decirme que no había comido todo el día, mientras me compartía de sus galletas, que oyendo letanías ultra complejas sobre conceptos, teorías, libracos y tesis llenas de ego. Creo que como sociedad no despertamos por que también estamos desconectados de nosotros mismos. Tampoco nos dejamos sentir totalmente, los efectos del mundo que habitamos.

Algo nos pasa. Que hallamos en la evasión un consuelo que no se vuelve soluciones para los problemas que nos aquejan. No conectamos con nosotros, no conectamos con el otro. La pobreza se entiende como un número, aunque se ataque operativamente desde ellos. Nada la moviliza hacia el bienestar porque no tenemos suficientes voluntades sensibles que la reconozcan como algo indigno. Ya no pensamos, repetidamente, en cómo cambiarla, y apenas nos queda una primera idea: de arriba abajo. Donando dinero, poniendo alguna cosa que nos sobra. Pero no ponemos en ello, en la labor por mejorar nada, la vida entera o una buena parte del tiempo.

Somos a veces, cuando analizamos el mundo desde la desconexión, agentes de una sofisticada ignorancia sobre la pobreza. Nos pesa en la espalda una ceguera ilustrada.

Por esto creo que el diseño urbano es herramienta para cambiar el mundo. Para entender al otro, hablarle, ponerle rostros a las cifras se necesitan espacios dónde cohabitar. La justicia y la igualdad, y la economía, son todos constructos sin sentido que no nos movilizan, porque de entrada tenemos el corazón hecho una piedra. Porque no vemos, no tocamos. Estamos aislados. Y ello nos paraliza. Y eso son las colonias y delegaciones y ciudades, extraños constructos donde el centro crece y se alimenta y alcanza una plenitud a costa de la marginación de los demás. los que nos rodean. El cinturón de pobreza que poco a poco ns hace ponernos bardas más altas, y comprar alarmas, como prioridad a construir para el prójimo un mejor futuro.

¿En qué punto perdimos de vista que en el bienestar del otro estaba la semilla del propio?

Hay mucho de mi vida personal en este post. Hay desamor. Hay un amor que perdí porque busqué conexión con el mundo. Pero hay un amor gigante que gané. En donde caben miles de personas, que me dan ánimo y le dan sentido a cada cosa que hago. Una contradictoria paz, como cuando se llora al ver el hambre del otro, y al mismo tiempo se llora de felicidad porque en ello se encuentra la capacidad para conmovernos.

Quien no sea capaz de ver la realidad de su microperiferia esta condenado a la mentira, y expuesto a la violencia que se construye bajo su ignorancia.

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