Con ojos y con cuerpo de treinta

fitzcarraldo

El otro día vi un documental sobre Werner Herzog y su relación con Klaus Kinsky, uno de sus actores preferidos, amigo y enemigo. Entré en la sala con algo de pereza: la voracidad con la que vi muchas de las películas de Herzog en mis años veinte me dejó algo saturada de sus imágenes y la densidad de sus personajes. “Más Herzog” pensé con hueva. Bueno, vamos a ver qué dice ahora…

Herzog es para mi la educación en arte que tuve. Es mi cuerpo de veintiún años. Llegar por la tarde a casa con la película que había sacado del Blockbuster, hacer de comer, sentarme a ver lo que estaba adentro, analizarlo, dejarme aburrir cuando las escenas eran demasiado largas como con Bergman, o contenían demasiados simbolismos y me hacía bolas con la hermenéutica o las manos del novio en turno.

Poco a poco reconocí la voz de Herzog y las imágenes del documental se juntaron con mi recuerdo de sus películas, y con la persona que era cuando las veía. Ahora mi cuerpo es distinto. Primer descubrimiento: ¿también miramos con el cuerpo? Mi cuerpo hoy tiene nuevas memorias y densidades, se cansa de diferente forma de estar sentada en la butaca. Y pensé que no estaba mirando igual. Me reconocí en las fotografías de Aguirre, en las de Fitzcarraldo, mirando las mismas imágenes, con otras expectativas.

Sobre todo Fitzcarraldo me recordó cosas.

Vi esa película en la sala de una casa enorme del Ajusco. Me cansó un poco, recuerdo. Pensé: “Sí, sí, la ópera, sí, la importancia del arte”. Pero no fue eso lo que vi ésta vez al recordarlo. O al ver la cara inyectada de Klaus Kinsky, bien grabada en mi mente ingenua de estudiante. De pronto escuchando las reflexiones de Herzog sobre lo importante que fue el antagonismo con su estrella sentí que algo nuevo estaba pasando.

Uno llega a ciertos momentos de la vida sintiendo que las cosas placenteras conocidas comienzan a formar parte de una lista de cumplidos. Se ha visto esto y lo otro. Se ha leído aquello. Se ha tocado aquí y allá, y el repertorio del placer se escribe y se deja en un cajón que se convierte en lo que queremos recordar que somos, en lo que pensamos que nos configura. Pensamos que hemos gastado algunos cartuchos.

No sé si podría explicar lo que sentí conforme avanzó el documental. Quizá fue escuchar a Herzog hablar de sí mismo y de sus procesos creativos lo que me hizo hacer el puente hasta escuchar mis pequeños chispazos sobre los míos. Sentí algo nuevo. Una digresión de mi relato del placer. Recordé algunos argumentos de películas que vi de él, me di cuenta de que mis ojos de veinteañera notaron algunas cosas, y hoy con treinta años podía entender mejor algunas otras. Llenar con sensaciones ahora conocidas o intuidas los espacios narrativos de esas películas. Entender la derrota, el deseo de dominio, la sed de tocar el borde del abismo, los saltos, los riesgos. Las irracionalidades sin las cuales la vida no tiene sentido. ¿Tengo unos nuevos ojos? ¿o es sólo la vida que le pone a las palabras y las ideas cada vez más peso?

Siento que devoré demasiadas cosas cuando tenía veinte años. No contaba con todos los dientes para masticarlas. ¿Y si todo es así? Todo puede contener mayores posibles significados, debajo de su epitelio presente. Hay mucho más debajo del sol, para mirar y sentir. El universo está habitado por más de lo que la edad nos alcanza a dejar ver. ¿Cuánto de lo vivido puede entenderse hoy? Ahora puedo ver todo Herzog de nuevo, a Bergman, quizá le dé una oportunidad a Tarkovsky y ya no sea tan aburrido. O cualquier cosa. Puedo sentir más que nunca que todo el arte vive en mis pies, en mis oídos, en mis pupilas.

Leo sobre la creatividad y la recepción del arte. Sobre el extrañamiento. Las construcciones dialógicas del placer. Me tomo el tiempo de caminar lento, como si caminar fuera un ritual de encuentro que me lleva a mi misma.

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