Canícula

El momento más cálido del año. “Se esperan horas de juerga y hastío”. Dice el periódico del domingo que lees un lunes. Se pondrá peor. No sabes lo que se espera, -te digo con ojos de advertencia mientras le doy vueltas al azúcar que se deshace adentro de mi café.

No sabes lo tremendo que será el pequeño infierno. Me miras del otro lado de la pantalla con ojos de extrañeza. La canícula se instala en tu cabeza, te pone unas medias grises en los pies que no quieres tener puestas. Me quedé pensando mientras te advertía en porqué los periódicos siguen reportando noticias que no ocurren aún. La canícula se instala en tu cabeza. Y las noticias son síntoma de lo que ocurre, que ya todos sabemos, pero que no decimos.

En los últimos años notamos la sequía de eventos por reportarse. No era ya necesario, decir las cosas que empezaron a llegar directamente al cuerpo de las personas. Ya no había que leer el diario, ni encender la televisión. ¿Por qué son de juerga los días que se avecinan? -me pregunto mientras bebo el café.

Se instala… Dejaron de reportar las obviedades. Las revueltas habían empezado a ser escuchadas por la gente, estuviera donde estuviera, no se supo si fueron las radiaciones solares, si los campos magnéticos, o la instalación global de la red de internet a gran escala. Dejamos de necesitar interruptores y buscadores. Fue la gran enfermedad: supimos lo que ocurría al otro lado del mundo y debajo de la tierra. Se terminó el asombro. Sólo algunas masacres eran resentidas.

La prensa dejó de ser rentable. Algunos medios, los de la facción de la ruptura poética, que decidieron emprender el movimiento anti neutral eligieron continuar con algunas agencias. Agencias que trabajan como hormigas de lo invisible reportando minucias que no alcanzan a ser sentidas por la media de la población hiper conectada. Son ellas las que a veces, en días como hoy, anuncian ligeros cambios en el clima.

Y nos dicen: “La canícula de hoy será más fuerte que la del 2076”. Y es así. Si buscamos en los registros, esa canícula tremenda que llenó las fábricas de sal de líquido y que enfermó a las mujeres no fue tan fuerte como la de hoy. Escuchamos a Górecki atentas. Como unas medias grises la canícula pesa. Como un alambre de púas que quema de tedio el cuerpo. La pesadez se hace distinta a otras, este peso que existe es otro, son las noticias que escuchamos, que por más que vayamos a las clínicas del silencio que se han abierto no logramos callar. Se sienten las llamas del mundo que se cae, todas en los oídos. Suena a debacle, pero ninguno queremos decirlo. El ruido que ahora somos capaces de sentir asusta tanto que el único recurso que tenemos para soportarlo es hacer como si no existiese.

Tú lees el periódico poco a poco. “Se reportaron nuevos tonos de anaranjado en las hojas de los maples canadienses”. “Los delfines del ártico todavía no han empezado a morir”. La canícula quema y las pequeñas noticias que hace cien años parecerían intrascendentes hoy son como gotas frescas de agua que nos calman el llanto quieto. La sed. La sequía de un derrumbe. De una debacle que empezó hace muchos años.

Foto: Nan Goldin

Fragmento de Noticias del derrumbe, 2015.

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