I eat my fingers. Me como mis propios dedos

Cuando estoy nerviosa, o tensa, (al parecer un buen porcentaje del tiempo), empiezo a morder mis dedos. La parte que rodea a la uña, donde salen “padrastros”, hasta llegar al inicio de la falange de la punta. Creo que debo hacerlo casi todos los días.

Mis amigos dicen que es malo. Hice consciente este tremendo hábito como problema desde que era muy pequeña y los maestros se asustaban cuando tenía sangre al rededor de la uña y se veía la carne viva. Entonces siempre que lo hago sé que está mal. He aprendido a convivir con la contradicción de no deber hacerlo y querer hacerlo de todas formas. La estética le gana a la culpa por la manifestaciones de mis fallas psicológicas en la batalla por evitarlo. Me digo cosas como que es parte de una fijación de la etapa oral, que al menos no es un cigarro: no, es mi propia piel la que consumo, la que muerdo, la que una vez arrancada de su fuente es triturada con mis dientes y después expulsada con extremo disimulo al mundo exterior. ¿Qué significa morderme los dedos? Puede significar un montón de cosas. Me muerdo cuando estoy a punto de pasar al pizarrón. Cuando sé que debería ser “otra cosa” y no hice la tarea. Cuando no estoy contando todas las versiones de una historia. Cuando las escucho y no quiero saberlas. Cuando el otro me aburre. Cuando quisiera cerrar las puertas al mundo exterior y ya no aguanto, y tengo que irme de la plática insulsa, pero me quedo por respeto (o por una profunda falta de él).

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He desarrollado pequeñas estrategias para permanecer en la mordida cuando alguno de mis amigos se ofrece, o es comisionado para impedirme morderme. Uso las yemas y las uñas de los dedos índice y pulgar para peinar la zona. Si hay irregularidades, se van. Las empujo, las jalo, las aprieto. Empujo, empujo, empujo en una micro danza desagradable que culmina en la extirpación de la porción de pellejo superficial. Cuando sólo pende de una pequeña parte de piel la arranco rápido sin que nadie pueda impedírmelo. Ah, ¡el placer de arrancarla!. Es mi piel, yo decido qué hacer con ella. Nunca, como se me ha dicho, me ha dado ninguna infección. Tampoco me he enfermado exageradamente por acercar mis dedos a la boca. Con la maestría de casi veinticinco años mordiéndome, he desarrollado acrobacias de preservación de la higiene que me preservan de la muerte por autocomerme.

Ahora mismo volteo con clemencia a ver mis dedos. Me gustaría no hacerles daño. Hoy no están especialmente mordidos. Me ayudan a descubrir cuánta tensión tengo encima. Si veo más rojo, si veo costritas, significa que algo estoy haciendo mal, si se ve mal, estoy demasiado tensa. No puedo poner un freno a ello a partir del disparo que me advierte el dolor. Ya no duele. Así como no puedo ponerle frenos a la tensión sin los disparos de crisis que su acumulación genera en el mundo. Duele igual que los moretones de la danza, o igual que los músculos tensos después del ejercicio. Duele tanto como las cosas placenteras que duelen.

El ataque consistente ha hecho que la piel de mis dedos se vuelva más fuerte y que resista. Además de tener las manos siempre en la tierra (uy, qué mujer tan sucia con las manos sucias yéndose a la boca) y de usarlas para un montón de cosas sin importarme que se pierda su tersura. Una maestra de arte me dijo que el día que mis manos fueran demasiado suaves era mala señal de lo que estaba haciendo con mi vida. ¿Cuántas cosas tocas? ¿Cuántas tareas realizaste con pasión? Miro mis dedos y pienso en eso. Trato de evitar, eso sí, morder mis dedos en público en eventos importantes. No quiero que mis acompañantes queden mal.

Pero en cuanto a la imagen que pudiera dar haciéndolo, “lastimándome”, sigo sin entender la diferencia entre fumar y morder mi propia piel. Si tuviéramos los pulmones fuera del pecho, colgando como los órganos que cuelgan, sería igual de repulsivo lastimarles con el humo del cigarro. Sería desagradable notar el color gris oscuro del fumador pasivo. Lo que pasa, me digo, es que no logramos distinguir entre lo que es una herida autoinflingida, dañina, y una que no queremos admitir que nos lastima, que también nos hacemos con la comida, con su ausencia, con drogas o con hábitos. Que quizá por no mirar sus efectos nos lastima más que la exterior. En ese caso prefiero la visión de la sangre, y el caos, y mirar de frente el dolor y las irregularidades monstruosas de lo que somos.

Me como mis propios dedos. Cuando me dicen que debo tener algún problema mental digo que sí, que he intentado todo: untar el chile, ungüentos, sal, cubrirlos con micropore, usar guantes. Pero no puedo. He catado terapias y terapeutas. Con el tiempo acepto mi autofagia como parte del día. Este texto es una manera de decir: estoy, bien, no he comido todavía mis falanges. No duele (a veces están tan carcomidos que duele posarlos sobre las cosas, pero no hoy) teclear.

Morderse los dedos es algo de niños. Me gusta pensar que lo conservo de chica. Soy la misma que tuvo un cuerpo chiquito, con una enorme inocencia adentro. Le construí un montón de sentido a mis callos y mis moretones, y mis defectos. Los justifico con amor y con risa cuando causa tanta inquietud en el otro. Dejo que mis acompañantes se sientan libres de alejarme los dedos de la boca, o de darme un manotazo, o de decirme “ña ña ña ña“. Pero lo hago igual.

Es interesante ver cuando la piel se regenera. Ver con una lupa la herida y la cicatriz. Todo tiene un precio. Todo tiene una ganancia estética. Esto es la vida. -Una de sus minúsculas nimiedades. Éstas son sus contradicciones. Saben bien.

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