Las mallas rojas.

Un tipo calvo en el metrobús me miraba las piernas. Era el invierno pasado, quizá horas altas de la noche porque ya no quedaban muchos en el vagón y la situación parecía peligrosa, según la recuerdo. Normalmente cuando un viejo me mira en la calle finjo no mirarlo, si se porta grosero le grito, lo expongo. Pero yo, ese invierno, había decidido usar mis mallas de colores y mis minifaldas, las más cortas.

dd5fa9e5e1f812e04a7e302c7753b733Traté con mucho esfuerzo de entrar en el molde de mujer buena y responsable no por mucho. Tenía un trabajo estable, una linda casa, de fuera todo se veía lindo, incluso para mi, pero no era suficiente. Había empezado a enloquecer con mis pequeños rituales para preservar mi espíritu salvaje de maneras tediosas, ridículas, que me asqueaban todo el tiempo que las recordaba.

Pequeños rituales de esfuerzo por leer contenidos relevantes. Por no escuchar la música basura pop del radio. Por no dejarme absorber por las minucias de las señoras agrias de la oficina, y los hombres mediocres, y los conformistas, los oficinistas, los que desde su estudio defendían a capa y espada su tranquilidad mórbida, su silencio raquítico, su sequía. Empecé a desarrollar pequeñas estrategias para guardar valor en los rincones del mundo cotidiano. Pequeñas desobediencias que sé que relatar me ganarán la posibilidad de nunca volver a ser contratada por nadie. Como pasearme indefinidamente por el elevador que estaba descompuesto, sentada, con mi café de la maquinita del lobby, leyendo artículos que apoyaban mi teoría sobre la decadencia humana atada a un escritorio anónimo.

Podría escribir un manual para joder la empresa que te da de comer, en caso de que la detestes, la consideres nociva para la sociedad, o simplemente te caiga mal tu jefe. Ejercicios como saltarse códigos, recetas del éxito, leer una novela de Larsson en mis horas de trabajo y comer burlando las reglas eran mi revolución patética. Sonreírle a la jefa marchita y pisoteadora de formas torcidas para fastidiarla, darle un besito extraño en la mejilla al irme para siempre. Todo eso y más, pequeños gestos de subversión inútil, haciendo malabares con el horario para leer cosas más dignas que listas de canciones gruperas, ganando tiempos que gastaba luego en fruslerías, para nada. Para joderme un poco más y recibir mi pago por aguantar la mediocridad otros quince días.

Me cansé cuando otro se robó el crédito de mi trabajo. Decidí fastidiarlo todo. El gesto inútil número cien: empezar a usar ropa que hiciera a la asquerosa secretaria de la jefa rabiar de envidia. Contonearme frente a ella. Mira lo que ya no serás. Pero no era sólo eso. Un demonio me volvió al cuerpo, quizá siempre estuvo ahí, jodiendo los valles de estabilidad con sus flashazos de claridad ácida y demoníaca. Empecé a escuchar una y otra vez las mismas canciones, Amanda Palmer, todo el día, las mismas canciones, mirando de frente, dejando de portarme bien. Dejando de querer encajar en el mundo que tenía bordes tan filosos que me cortaban las alas todos los días. Nunca voy a encajar.

Pocos días después dejé el trabajo, tomé la decisión más grande de mi vida, con todos los demonios y los ángeles en total acuerdo y resolución. Había consenso. Uno tiene que ser uno mismo. Ser quien es. Aunque se nos caigan las cáscaras que construimos, las casas, los fantasmas. Aunque se caiga todo, a las brujas les vuelve a crecer la piel de serpiente con que nacemos.

639ad17d85618c7065b80ee54a8761a6El hombre del metrobús dejó de mirarme las piernas. Dejó de mirarme y se sentó en una fila de adelante, del otro lado de unas puertas. No le quité los ojos de la nuca, calva. De hecho sentí que podía patearlo si quería. Que podía empujarlo y gritarle con todas las erinias que tengo adentro que era un pobre imbécil. Me levanté y me senté a su lado, y lo miré a la cara. Volteó asustado. Pero no dejé de verlo. Sólo me quedé ahí sentada, y no aguantó. Se levantó y bajó en la parada siguiente. Ese día estaba muy enojada, aunque no sé si estaba enojada o feliz. La fuerza del coraje se parecía a ambas cosas. Quizá si la vida es eso, una bomba contradictoria que le crece a uno adentro, llena de sentido, y que explota, a la que sobreviven sólo los valientes.

Miré mis mallas de color rojo sangre y me bajé en la última estación, caminé por la calle solitaria. Era libre.

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