Diario de una necia / La Reunión cap. 2 SALTAR AL VACÍO

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He escrito mucho sobre dejar trabajos que no nos gustan. La verdad, creo que si un día lograremos cambiar el mundo, hacerlo tendrá que ver con primero, salvarnos a nosotros mismos del desencanto, la monotonía y la mediocridad.

Cambiar el mundo también tiene que ver con permitirnos ser quienes queremos ser. Esa es quizá una de las más hermosas revoluciones y victorias que podemos realizar en la propia realidad, en lo más inmediato. Para mi dejar un trabajo que no estaba de acuerdo a mis deseos más vitales ha sido una de las mejores decisiones que he tomado. Replantearme lo vital.

Estaba en un trabajo de oficina que no me gustaba pero que parecía darme estabilidad económica. En realidad aunque me permitía vivir de cierta forma tranquila, también estaba siempre cansada, sufría abusos de una jefa enferma y amargada y sólo usaba el 1% de mis habilidades ¡que tanto trabajo me había costado adquirir sola!. Me daba miedo saltar a dedicarme a hacer lo que en serio quería hacer: ya había iniciado el proyecto de la A.C. que sería la base legal del centro comunitario, y faltaba echar a andar los proyectos que lo habitarían, además de la comunidad, la imagen, las carpetas de presentación del proyecto y mucho más. Pero no podía porque para poder justificar este proyecto se necesitaba de una sensibilidad social que no tenía muy fresca. Hasta empezaba a olvidar por qué quería un centro comunitario. Trabajaba siete horas pero a veces se alargaban los horarios sin ninguna anticipación y perdí mi tiempo de vida, de lectura, de convivencia y de aprendizaje. Era muy duro. Además el desgaste emocional me dejaba cansada para ver amigos, para sentir cosas, o tener espacio para mi misma. Decidí renunciar cuando ya sentía que empezaba a estar insensible a las causas sociales y el cansancio me dejaba indiferente ante los problemas y las necesidades de los otros.  Tuve que hacer grandes esfuerzos para hacer de lado mis problemas laborales y personales para sentir algo de empatía por cosas que ocurrían en el país. Tenía que obligarme a leer el periódico y tenía estrategias muy intrincadas para leer y pensar en mis ratos libres, que eran pocos. Cuando logré conectar con algunas de ellas me di cuenta de que mi talento tenía que estar al servicio del país, y que sólo así podría sentirme feliz y realizada. Aunque no todo en mi vida fuera perfecto, la satisfacción de ser útil para alguien sería suficiente. Sentí que si no podía vivir una vida con sentido, como la protagonista de mi propia aventura, o la escritora de mi propia historia, entonces no tenía sentido vivir una vida cómoda, con un sueldo, una casa bonita, compras semanales, cenas en restaurantes. Y que prefería entonces morirme si iba a vivir una vida común y corriente, sólo al servicio de mis placeres inmediatos y mi subsistencia. Como dicen, no estaba el horno pa bollos ni el país para estorbos. Y un día decidí que renunciaría a mi trabajo, y lo hice. Sentía que lo único que tenía era mi espíritu, y que renunciar a la vida aparentemente estable era una forma de salvarlo. De cuidar mi pasión por existir.

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Eso, la pasión por la vida, era algo sin lo que no quería vivir, como la poesía. El mundo puede ser una paraíso de significados y creaciones, o un escenario más, común y corriente, aburrido, depende de cómo elijamos verlo. Ahora me siento viva. Siento que arriesgué y perdí algunas cosas que consideraba importantes, pero que comparadas con la pasión que puedo sentir todos los días por las cosas simples y por los proyectos propios y compartidos, no son muy grandes. Puedo dedicarme a “cambiar el mundo”, sé que mis habilidades dependen de mí, que cuidarme depende de mí, que elijo con quién y cómo trabajar, y que al final no es tan importante la estabilidad económica si no nos permite desarrollar nuestros talentos para mejorar este desmadre en que vivimos. Porque al final, trabajando para otros, terminas con estabilidad económica pero habiendo sacrificado tu tiempo más vital, y puedes quedarte a medias: en la antesala de lo mejor que pudiste ser. Ahora mis logros, aunque sean muy pequeños, son totalmente míos, o mejor: compartidos con seres humanos que admiro mucho. Estoy más atenta a los procesos creativos de los otros. A lo que las personas entienden como sus mejores sueños, o las mejores versiones de sí mismas. Me siento contenta de poder presenciar y escuchar sus historias. He cambiado profundamente en mi actitud hacia el mundo, me divierto más, me dedico tiempo de calidad e invierto en mi bienestar emocional e interno porque sé que es la base de todo lo que haga, la base de cómo me relaciono con los otros (las redes y las personas han cobrado un valor nuevo y especial en mi vida, más importante). Puedo diseñar cosas pequeñas como mis rutinas de trabajo, casi como rituales, talleres, con más cuidado y tiempo, y cosas más complejas, con la libertad del tiempo junto a mí como mi aliada, con mis libros, con la música y un cafecito.

Me apapacho mucho. Y permitirme ser amable conmigo me ayuda a ser más amable con los demás. Eso me ha hecho encontrar más amigos, círculos interesantes y compañeros de vida. Cuando recuerdo mis días hace justo un año, en esa oficina, con esa ropa extraña para mí, con esos compañeros de trabajo tóxicos, con tanta frustración encima, en un vacío que abarcaba muchas áreas, me doy cuenta de lo importante y fuerte que fue la determinación de abandonar ese mundo. Incluso tenía una pareja que pertenecía a otro modelo de pensamiento y de vida. Dejar eso era elegir entre mi paraíso o mi muerte. Entre la riqueza que podía percibir y crear y la riqueza superficial que me había acompañado y empezaba a anidar en mi corazón.

Poderme enfocar en La Reunión me ha ayudado a estar en mucho más movimiento y comunicación con las personas. Me siento con más energía. Mi salud está mucho mejor, duermo bien, cada vez que trabajo dando un taller, hablando con alguien, produciendo algo de contenido siento que he aportado un poco de lo que siento que alguien necesita. No sé qué pase pero no planeo volver a sacrificarme alimentando un sistema que no quiero seguir viviendo como ineludible, destructivo, obligatorio. En ese sentido, quizá el hecho de que no tengo hijos o una familia qué alimentar hace más sencillo este proceso. Tampoco es fácil porque tener una agenda más holgada no es precisamente lo que me pasa sino lo opuesto: tengo muchas más cosas qué hacer y no siempre cumplo con todos mis pendientes. Y mi obstáculo es el propio caos, que aunque me gusta regodearme en él, no siempre me beneficia. No todo es fácil, ni bonito. La mayoría de las veces no sé qué hacer y no sé cómo avanzo. Lloro un montón, hablo mucho con amigos, hasta que encuentro respuestas. Llegan. Supongo que uno va haciendo callo. Dejar un trabajo mediocre es no tener un sueldo, no considerar en qué gastar dinero para descansar. Quizá no tengo las mismas entradas que antes, pero ha variado que a veces incluso gano más en dos días que en todo un mes de salario en el pasado. Y encontrarle el sentido a la obtención de recursos también ha hecho buscárselo a saber qué hacer con ellos. Hoy me planteo una vida más sencilla, consumir menos, vivir más. Tener menos, sentir más. Ahorrar, disfrutar. Es distinto.

De los obstáculos y cosas feas hablaré en la próxima entrega. jejeje

¿Les ha pasado que dejan un trabajo que no aman? ¿qué sienten al saltar? ¿qué nos sostiene?

Para mi saltar ha sido amoroso.

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