El registro dorado

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Nunca conoceremos otros ojos

En 1977 la NASA envió al espacio el Voyager 1 y 2. Su misión era explorar el sistema solar exterior, y eso hicieron durante una década y más. Gracias a eso llegó a la Tierra la información sobre cuatro gigantes de gas. Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.

En nuestro planeta la vida siguió con su habitual velocidad microscópica. El Big Bang lo sabía con su mente de polvo. Prefigurado en los ritmos con que los átomos empezaban a organizarse estaba el destino de los hombres, de los ríos, de los saberes. Todavía no había lenguaje, (ni se sabe hasta ahora si lo habrá en otro lugar del universo), tampoco. La vastedad del mundo que no es nuestro mundo ignora, en nuestras palabras, si alguien más escucha allá afuera nuestras señales.

Siempre hay un infinito de posibles soledades en las estrellas. No lo pensamos mucho. Pero podemos pensarlo si imaginamos que la vida que tenemos oportunidad de vivir no conocerá otros mundos por méritos propios. No pisaremos otra tierra con almas o conciencias u organismos, o microorganismos. O microestructuras. Por la simple razón de que el viaje hacia lo que consideramos “conocido” es demasiado largo como para que pueda hacerse sólo por muchas generaciones nuestras. Nunca conoceremos otros ojos, que no sean de nuestra especie.

Nunca conoceremos otros ojos. Sin embargo, en el Voyager se enviaron mensajes y fotografías. Porque en la posible soledad infinita del Voyager, una vez cumplida su misión, se lo vería condenado a un supuesto exilio. Vagaría por un mar de vacío para siempre. Así que decidieron enviar un mensaje a lo más lejano, a lo que no podremos conocer nunca. Para ello pidieron a Carl Sagan que compusiera un poema hecho con registros de nuestro planeta. Algo que dijera lo que hay aquí. Como un pequeño testimonio de esto que para nosotros lo es todo, como si cupiera en un disco de oro un mensaje que pudiera contenernos.

Lo llamaron el “Registro Dorado”, The Golden Record y se supo que la nave llegó al espacio interestelar en el año 2012. Pero no se sabe aún si el mensaje ha sido leído.

Hoy tengo gripa y estoy en la redacción con mucho frío. Tengo el corazón lleno de estrellas. Y pienso en el Aleph:

“Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?”

En un símbolo que pudiera contenerlo todo y que pudiera caber en un disco de oro. Pienso en lo incognoscible. ¿Para quién elabora un mensaje mi voz de adentro? Me pregunto cuando debería estar pensando en la próxima nota que ayudará a cambiar el mundo. Miramos todos diferentes símbolos. Miramos letras, imágenes, números. Yo miro ahora la niebla de los árboles del parque. Siento los dedos fríos sobre el teclado y el dolor en la muñeca derecha producto de una vida delante de una computadora. Padezco los estragos de la dislexia que se pone peor conforme las cosas me emocionan. Miro las fotos enviadas al espacio exterior: las condenadas a no ser jamás vistas por alguien que pudiera alguna vez conocernos. Aunque estemos muy cerca, aunque no haya mérito en hacer volar por el aliento un mensaje de un ser a otro, poder hablar es un milagro. Tal vez incluso, el universo ha roto su silencio consigo mismo a través de nuestra cabeza.

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Cuando era niña fantaseaba con extraterrestres. Pensaba desde mi silencio retraída que había posibles amigos en otros lugares, desconocidos. Y me imaginaba siendo vista por un ser para el cual todo rasgo de mi anatomía pudiera resultar extraño, o repulsivo. Recuerdo mis pensamientos en el salón de clases, durante la época de la guerra del golfo Pérsico. Tenía en mente las imágenes de niños en campos de refugiados. El televisor pequeño blanco y negro de la cocina reproduciendo imágenes de sufrimiento en el desayuno. Y yo mirando a los niños compañeros de clase. Pensando que al final nunca terminamos de conocernos los unos a los otros. ¿qué me hace distinta de los niños muertos por la guerra? ¿Por qué parecemos tan ajenos a ellos? Estamos siempre solos en la tierra desconocida de nuestra cabeza. Aquí nadie puede venir, no. Nadie puede visitarte.

Hay algo de melancolía en el pensamiento. Lo dijo Steiner. Nunca podremos entender lo que nos constituye. Lo que nos deja tener una voz dentro. Lo que la empuja siempre hacia adelante en la línea del tiempo y el espacio.

Somos una liga entre el pasado, el presente y el futuro. Ahí vive la conciencia. En un punto que puede jalar el pasado hacia el presente y lanzarlo al futuro. Haz una pausa aquí. ¿Ves? Esta lectura corre encima del camino que construyes en el tiempo, mientras se nos escapa. Sigues leyendo, o has dejado de leer porque sabes que hay un futuro cerca, en el borde: ya llegó.

“La lucidez es una chispa, un 
estado de conciencia 
en las multiplicadas estancias 
de la conciencia o que hacen 
conciencia, las estancias 
que se alargan, se prolongan, se 
continúan, y así 
se le llama conciencia 
a aquella continuidad.” 

 

Lunes

También miro la luna desde la oficina. La tierra es este punto desde donde tantos miramos hacia arriba. El pasado está lleno de Voyagers que llegan a nuestra cabeza. Ayer nuevas naves despegaron. No hay tripulantes. De vuelta habrá números, un sin fin de cifras y códigos ilegibles para cualquiera. Un deseo de algo, o de alguien, por perpetuarse. El ir-hacia. La noticia de una existencia que se mira debajo, en el estanque. El universo que sucede. Con sus manos, y sus amores, y sus estrellas.

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