El sexo de mi abuela, mi madre y el mío

 

Con amor, para todas las mujeres de mi tribu.

Sé que puede sonar extraño poner en una misma frase la palabra sexo, y abuela, madre y, pues, a uno mismo. Pero creo que es importante para mi pronunciarlo así estos días.

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El otro día escuchaba a mi abuela y a mi madre hablar sobre sexo. Para contextualizar un poco, mi familia es bastante tradicional en muchos aspectos, es una familia que viene de un pueblo pequeñito en la Sierra Norte de Puebla, que emigró a la gran ciudad en los 60-70 y que tiene un perfil predominantemente católico. Así que escuchar estas pláticas es un oasis de sabiduría y de experiencias que vale la pena observar y sentir.

Mi abuela tuvo trece hijos. Enviudó hace casi veinte años y siempre recuerda con amor a mi abuelo.  Nuestra familia es muy prolífica, aunque mis tíos no construyeron familias tan grandes. El sexo había sido hasta hace unos años, un tema vedado del que yo no escuchaba nada, sino hasta que crecí.

Los grupos de mujeres son enormes focos de historias y de transmisión de cultura y creencias. Así que conozco muchas de las historias de amores, partos, bodas y demás cuitas amorosas de mis tías, porque sí, porque las mujeres siempre estamos hablando de nuestras cosas, y las tías y las primas son mares de experiencias, de formas, de modelos, de reflexiones sobre el amor, el sexo, la fuente de una familia. Siempre, casi siempre escuché a mi abuela referirse al embarazo como algo inherente al sexo, que era una especie de enfermedad de la que una mujer se aliviaba. El sexo era un mecanismo de producción de bebés, -o eso parecía que pensaba. Hasta que alguien le preguntó, ¿En serio no disfrutabas hacer a los hijos? Y mi abuela un día, quitada de la pena, dijo que sí.

Que claro que disfrutaba.

Para nosotros sería normal considerar esto. Pero para una familia que le tira a ser conservadora, esto puede ser causa de que se desorbiten los ojos y aparezcan bochornos.

Las hijas, primas, que crecimos en entornos menos conservadores vemos esta afirmación como algo natural. Claro, el sexo se disfruta, (aunque no se dice, y menos si eres mujer). Pero quizá si eres mayor de 40 se tendrá la visión de que eres libertina, que el sexo es algo que ocurre y tienes derecho de vivir y disfrutar sólo si te casas, que es peligroso, que es algo que si se sabe hace que los hombres te falten al respeto (y a veces otras mujeres te lo faltan más). Hay una extraña idea de que una mujer que siente placer y lo dice es “sucia”. Sí, pensarán que es muy fuerte, pero en algunos espacios la cosa sigue siendo así.

 

Cuando me separé de una pareja, mi abuela me dijo que “qué bien” que “qué alivio poder hacerlo”. Que era mucho mejor ahora poder ser más libres de probar antes de “casarse”. ¡Abuela! ¿eres tú?

El otro día me dijo que qué bueno que a mis treinta no tuviera hijos. Que qué bueno que tuviera tiempo para mi. Se preguntó cómo habría sido su vida si no hubiera tenido que dedicarse a su familia desde sus veinte años. “Quería estudiar, me gustaba mucho la historia“. -Abuela, yo pude vivir diez años más, sin ser madre, gracias a los métodos anticonceptivos. Ella lo sabe. Mi madre lo sabe. No les es fácil escucharlo. Pero me miran con una sonrisa cómplice si hablamos de ello. Mi madre me ha dicho que es un alivio ver cómo yo crecí sin vergüenzas sobre mi cuerpo. Disfrutando la vida sin sentir pena o miedo.

He escuchado de ambas (y de más familiares) discursos opuestos. (Creo que también caigo en ellos) Tradicionalistas y muy revolucionarios (aunque no los llaman así re vo lu cio na rios). A veces reproducimos esquemas de vida que nos han enseñado los ancestros, sobre cómo hay que vivir, sobre lo que es bueno, es malo. Sobre lo que trae problemas. Transferencia de la cultura, de las tradiciones, preservación de identidad grupal, cohesión de tribu.

Porque reproducimos las ideas que nos antecedieron. Pero otras veces es otra la parte de nosotras la que habla. El cansancio por tener que esconder la regla, por tener que pensar en el “qué dirán” por tener que tener un marido, por tener que parir, por tener que explicarlo todo, si nos casaremos, si no, si haremos esto o lo otro. Por no poder sentir ciertas cosas, no poder tocar.

En esta última generación hemos ocurrido muchas personas distintas. Familias monoparentales, homosexualidad, separaciones y divorcios, parejas no casadas, y una diversidad de historias que sí, están rompiendo patrones, y están empezando a decirse. (Por que antes ocurrían igual pero no se contaban). Y nosotros tenemos un diálogo secreto con la generación pasada. Lo estamos haciendo distinto, y sí, todavía nos queremos. Todavía hay lazos que nos unen, a pesar de ser tan diferentes.

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Cuando viajo, cuando tomo decisiones “locas”, mi abuela a veces me dice “bien!”, lo aplaude, aunque le cueste entender todos mis porqués. Y ella no lo sabe, pero yo sé que se ve a sí misma en mi, y en las mujeres que en la familia, hemos hecho las cosas de manera distinta. Yo sé que muchas mujeres de mi sistema, en el pasado, quisieron romper reglas, lo hicieron.

Aunque es difícil para mi abuela comprender todo lo que soy, y lo que hago, sé que me quiere. Ha ocurrido lo mismo, de manera más intensa con mi madre. También le ha costado entender todo, pero poco a poco va escuchando y esforzándose para entender (o dejarme ser), y al final termina por solidarizarse, no es fácil.

Porque quizá todas buscamos de cierta forma, lo mismo. Ser felices. Amar. Realizarnos. Todas sentimos y tenemos en el cuerpo algunas opresiones y secretos, y cansancios, y lo peor es que están justificados por una cultura que entonces nos ubica como mártires, como si soportar tanto por ser mujeres fuera bueno y nos colocara en un nivel privilegiado moralmente por haber tenido que “soportar”, y por haber rechazado “disfrutar”.

La queja por vivir oprimidas en ciertas áreas está prevista por la sociedad patriarcal, porque si nos quejamos, somos malas mujeres, malas esposas, malas hijas, malas católicas. Dejamos de servir sin chistar. Dejamos de obedecer. De tener miedo. De ponernos en segundo término.

Ser la oveja negra de la familia es divertido. (Ser madre de una oveja negra debe ser menos divertido) Tener treinta años y poder escuchar a mi familia pensarse a sí misma es maravilloso. Ser testigo de sus cambios. Cuestionar. Probar. No digo que dedicarse a una familia, procrear o casarse sea malo, ni haya que dejarlo y tacharlo de antiguo. Lo que quiero decir es que he visto en lo micro, en estos pequeños cambios, revoluciones al interior de una arquitectura familiar, una transformación muy profunda. Que está entretejida no solamente con la religión, ni con los cánones sociales, ni con las tradiciones, está tejida, también con el amor.

Hoy podemos contarnos historias sobre otras cosas, de otras maneras. Quienes se atrevieron, hace cincuenta años a quemar su brassiere, nos abrieron muchas posibilidades a las mujeres y hombres de hoy. Llámenlo feminismo, feminismos o no, esto está ocurriendo. Aunque no queramos estamos habitando revoluciones. Aunque nos de miedo una revuelta, un nombre, una bandera. A veces actuamos de formas profundamente radicales, aunque sigamos imaginando que vivimos aún dentro de la tradición.

Me pregunto qué puertas se estarán abriendo ahora, para las mujeres más jóvenes de mi familia. ¿Qué hacemos con esta maravillosa libertad? No es solamente hablar del placer, y hacer el amor, o poder disfrutar del cuerpo, de las decisiones. Creo que ser libres es asumir que podemos crearnos otra vida, sin tanto miedo, con más solidaridad. Con más empatía, sin tanto juicio hacia el otro. Hallar y hacer más narrativas de lo placentero.

Yo espero que con nuestras palabras y acciones, las mujeres del futuro sean cada vez más felices. (Y con ellas el mundo, que van criando)

Mi abuela me enseñó a tejer. Y a mi madre. Y yo tejo historias. Somos un mismo hilo.

 

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