La ciudad, mis piernas, el amor

es-seguro-caminar-descalzo-por-la-ciudad_ampliacionTomo mi café de máquina mientras se me congelan los dedos de las manos. Está caliente. Es lunes. Estoy sola en la oficina, nadie ha llegado aún. En la mañana el uber me preguntaba qué estudio, a dónde se va tan temprano. Las 6:00 am. A una redacción, ya no estudio. Le digo que tengo 31 años, “es que siempre me veo más chica”. Ríe.

Podría decirle más sobre lo que hago, pero no quiero. Tengo sueño. Aprovecho los momentos en los que mi cerebro sigue un poco en pausa. Luego tendré que revisar el mundo, pasar las páginas delante de mis ojos, comer noticias, masticarlas, digerirlas. Y lo de siempre: vivir de prisa, un poco de prisa entre juntas, transporte público, bicicleta, quehaceres, el placer. La escritura. El cuerpo.

Ayer fuimos a andar en bici. Somos una fotografía de una pareja en Bellas Artes. Un domingo azul. Un respiro adentro de mi pecho. Irse de la gran urbe. Bebo café y decido venir al blog. Hace mucho que no escribo porque ocurre lo de siempre, que los temas se arremolinan en el embudo de mis ojos y llegar a la letras cuesta apretujones, ¿cuál sale hoy? ¿qué digo? de todos los temas, del cuerpo y su danza, y la política y sus cuerpos, y sus comités, y mi género, y las migraciones, y las plantas y este invierno infame con nuestro huerto, y escribir, y no escribir. Y yo, y lo de adentro.

Es mucho. Esto es lo de estos días. Habitar la incapacidad de caminar por un solo camino. Avanzar a través del placer. De las lecturas, de la ciudad. Pensar las escalas, la escala humana, la fuerza de las reflexiones sentidas con el organismo. No es lo mismo estudiar el hambre que sentirla. Hablar de política que hacerla. Pensar una ciudad sin caminarla. vivir el mundo sin habitarlo realmente. En esta sociedad adormecida, es obligatorio no sentirnos. Moriríamos. ¿De pena? ¿Hay demasiadas penas en esta ciudad? ¿cuándo vamos a dejarla? ¿Puede cambiarse?

Las matemáticas dicen que hoy es el día más deprimente del año.

Yo pienso en el paraíso de las últimas vacaciones, pero el paraíso ya no estaba en el mar turquesa sino en mi propio cuerpo. En su recuerdo de la arena, antes de saber de las devastaciones, la corrupción y la segregación de los mayas. Era enorme mi ignorancia cuando viví allí, y ahora vuelvo con otros ojos. Con el corazón lleno de amor. Miraba el mar y pensaba, heme, aquí con el corazón reconstruido tantas veces. Hace seis años fui al mar a conectarme conmigo. Pasó el tiempo. Pudimos hacerlo, todas las que he sido.

Pero supongo que no podemos hacer de lado la nostalgia por lo que ha cambiado. Soy menos ingenua hacia ciertas cosas, pero no sé cómo recomponer mi esperanza en el mundo cada día. Es parte del trabajo. Como encontrar maneras de inspirarme. Espacios para crear. Hoy es recomponer la esperanza. No dejarme llevar por el desencanto de la urbe, del desarrollo, de la prisa. Preservarnos de eso. Preservar lo vital.

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Empiezo a escribir cartas de amor para la ciudad. Como si con ellas pudiera hacer menos la culpa por dejarla, porque la dejaré algún día. Para convencerme de porqué su prisa atroz puede recordarse con cariño. O no sé para qué. Para darle sentido al hilo de lo que escribo.

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