Punk y confeti que molesta

Ayer corrió en redes este video y me llamó la atención las reacciones que causó.

En mis más de 30 años he sido acosada en diversos escenarios. Probablemente desde mis 12 que fue cuando mis senos empezaron a crecer y de pronto mi madre dijo que tuviera cuidado con muchas cosas, sobre todo las miradas de los hombres en la calle, no importa cómo estoy vestida ni cuándo, ni dónde me encuentro. El acoso y las miradas han estado en la escuela, en trabajos, en la calle, casi en cualquier contexto.

Mi calzado favorito son los tenis, lo que más uso son cosas que cubren el cuerpo. con los tenis puedo correr si lo necesito. La ropa me protege del acoso. Y no, no vivo en Egipto ni en ningún país fundamentalista.  Vivo en la Ciudad de México. Aunque crecí en una familia de modistas y la ropa es una de las cosas que más me gusta, siempre temo usar algo que me haga ver demasiado “sexy” y opto por lo más desaparecibido la mayoría de las veces. Planeo mi vestuario según las zonas de la ciudad en las que estaré. Peligros: bajo (zonas transitadas y con luz, aunque hay excepciones) medio (casi, pues, toda la ciudad excepto mis espacios muy personales) y alto: la ciudad de noche.

La ciudad de noche es donde de vuelta a mi casa un tipo se acerca por detrás (nadie alrededor, dos cuadras lejos aún de donde hay luz) mete su mano entre mis piernas, me toca un seno y yo grito mientras él corre varias cuadras. Es donde pueden hacerte subir a una camioneta y secuestrarte. Donde pueden golpearte, violarte, lastimarte, matarte.

Aunque no me han matado, ni violado. Así que parecería que lo que me ha ocurrido son cosas menores. Quizá lo son. Pero cuando te pasan, aunque se acerquen demasiado en el metro y sólo sea eso, aunque sean roces, cosas menores, algo va pasando adentro de ti. La vez que el tipo me asaltó en la noche me costó recobrarme del susto y el enojo. en otro asalto me costó salir a la calle con confianza, aún me pasa. De cierta forma, las mujeres, en una sociedad donde se normaliza el acoso, vamos introyectando que es normal, común, lo de cada día, que seamos sujetos de violencia.

Es violencia, no importa si es una mirada. Es violenta. Si me mira un señor en la calle y me sigue, y murmura cosas, es violencia. Siento miedo porque podría acercarse y hacer más. Porque parece que vivo en un mundo donde mi voz, mi decisión, mi valor como persona son desechables o simplemente soy un sujeto de deseo y cualquiera puede ofertar un acercamiento y propiciarlo. Cualquier macho puede demostrar su “hombría” mirándome con “deseo” y cara de cerdo. Si dices NO, eres una (inserte aquí cualquier palabra, calificativo e insulto). Para esta sociedad no soy una persona, soy una cosa.

Los días después de los dos asaltos que he sufrido tengo rabia dentro. Lloro, me siento impotente. Es injusto. Me cuesta andar por la calle con seguridad, me pregunto, ¿por qué tenemos que vivir así? No quiero esto. No poder ver la cara de tu asaltante y responderle te deja llena de rabia. En esa batalla perdiste tú. Fuiste la víctima. Lo siento. Y los hombres a tu alrededor no van a comprender el miedo. Las mujeres algunas te mirarán con cara de que bueno, esto nos toca.

El video de las chicas que disparan confeti a sus acosadores causó polémica. “No es la forma”, dicen algunos. “No es la forma, es como quienes se ponen violentos en las marchas esperando que la violencia resuelva el problema”

indignados

No es suficiente para frenar la violencia. Supongo que dirían. Yo he juzgado la violencia en las calles. No es directa hacia los atacantes. El poder que ejerce violencia, contra quienes se expresan esa violencia, no está en los policías que se golpean, ni detrás de los vidrios rotos.

Las chicas punk que disparan confeti me recuerdan a las mujeres que he querido emular a lo largo de mis procesos de sanación de la violencia. Hay un punto en que una siente que necesita recuperarse a sí misma. Hacerse oír. Una se cansa de llorar y sentirse víctima de los acosos. “Es poca cosa que te digan algo en la calle”.

No es poca cosa. Es VIOLENCIA, es una violencia que cae a gotas, sistemática, que abraza muchos ámbitos de nuestra vida. Esos acosos son parte de una red de agresiones que vivimos cada día.

Y responder a ello nos devuelve el castigo de la sociedad que ha normalizado esa violencia. “Así no se resuelve el problema”. Cuando te das cuenta de que miras demasiado detrás de tu hombro, y vives a la defensiva cada día, y tienes que cuidarte como si estuvieras en una jungla de animales llenos de prejuicios, miedos y exceso de confianza, sabes que algo está mal. Pero nadie más lo nota. Vivir a la defensiva se vuelve normal, y tener que tolerarlo se vuelve un mandato.

La violencia hacia la mujer es algo sistemático que no se va a frenar con una marcha. Ni con protestas porque hay demasiados frentes en los que opera. Porque no siempre hay enemigos tangibles. Porque aveces somos nosotros mismos los reproductores de las agresiones, o las tenemos demasiado cerca, o están en casa. Simone de Beauvoir dijo alguna vez, que la dificultad de la lucha feminista radicaba en que el bando enemigo a veces estaba en la propia cama. Y yo lo sé bien, he huido de esas camas. No estoy generalizando, pero pensar que con una acción se planea resolver un problema tan grande es más que ingenuo. Responder al acoso con canciones, con disparos de confeti me parece legítimo.

No están insultando a nadie. No se están metiendo con su integridad. Imaginemos que el disparo de confeti devuelve al atacante un 1% de la adrenalina que sentimos decenas de veces al día al ser víctimas. Que cantarle con una bocina es ponerlo en evidencia. ¿Por qué se nos ve mal si hacemos eso? Si lo que buscamos no es transformar todos los atacantes y los sistemas de opresión, sino al menos poder responder en un momento, de muchos, para no quedarnos con la rabia adentro.

Me llamó la atención que se condene a las chicas que responden con punk. He querido muchas veces ser como ellas. Resolver “el mundo”. Por qué, ¿qué se debe hacer? participar en procesos de promoción de la equidad y el respeto, “educar”, “concientizar”, pensar de manera compleja, resolver de manera compleja, tener paciencia. Esperar a que seamos muchos sembrando cambios sociales para que las próximas generaciones no sufran lo mismo que nosotras.

El problema es, ¿saben qué? que la lucha feminista puede tener paciencia, y actuar pacíficamente. Todos dicen eso. Es el “deber ser” del activista social.

El problema es cuando la posible próxima víctima puedes ser tú. Y el sujeto de agresiones y asesinatos, puede ser tu propio cuerpo. Ahí no tienes tiempo de sembrar culturas diferentes. Ahí se termina el discurso. Ahí se puede terminar tu vida.

Pero hasta que no lo vives en carne propia, o alguien cercano que AMAS lo padece, no lo vas a entender. No están disparando balas. No están insultando. Están castigando, advirtiendo. Creo que tenemos el derecho de hacerlo.

Aunque a los ojos de la sociedad que normalizó la violencia, le asuste que haya respuestas de este lado.

Aplaudo al punk y al confeti. Y a quienes defienden su vida. Y a quienes con su trabajo, sus expresiones siembran nuevos mundos que espero poder ver en el futuro. Para todas mis hermanas y mis hermanos.

 ¿Cómo se supone que debemos enfrentarnos a la injusticia y la violencia de la que somos víctimas en lo inmediato?

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