Los gitanos: Última parte de El Caribe

Llevaba muchos meses viviendo en la Riviera Maya. Ya había pasado de la ilusión de vivir junto al mar turquesa y empezaba a entender sobre los negocios sucios que cubren toda la costa de la península de Yucatán. Había delitos menores, mayores, y delitos políticos. Y no solamente mexicanos, los crímenes internacionales también iban de visita.

Para ese momento la humedad de la playa ya era cosa común. Me gustaba la sensación pegajosa de la piel, y la arena en los zapatos todo el tiempo. Tenía una rutina sencilla llena de pequeños placeres como despertar con el sol y hacerme el café express en la maquinita de la casa. Hojear mis libros, y mirar el mar turquesa largo rato antes de irme a trabajar. Me había acostumbrado a los huéspedes franceses y a hacer ejercicio en la piscina del gigantesco hotel español donde pasaba todo el día. Poco a poco me sentía en casa, aunque no me gustaba del todo. A veces por las noches había fiestas en la casa donde vivía, una villa frente al mar, que compartía con seis de mis compañeros, franceses casi todos inmigrantes, provenientes del norte de África. Trabajadores con ardua disciplina tratando de huir de la banlieue.

 

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17 de marzo, 2009

Akumal

¿No debería salir de mi cuarto e ir afuera con los otros? Debería encontrarle sentido a las reuniones de otros países, pero llevo tantas mezclas de lenguas en la mente que ya todos los humanos me parecen los mismos, ingleses, franceses, criollos… españoles. Todos nos vamos a morir, todos sentimos amor, no hay nada nuevo. 

Lo que hago todos los días tiene dos filos. Uno es vacío y sonriente, el otro es pleno y humano.

Mi mundo interior hierve y se pronuncia a sí mismo, el dolor  físico de hace días me hizo quedarme en cama y no pintar. La menstruación es mi pequeña muerte.  Pinté hoy un paisaje marítimo, muy simple, y ahora mismo se me ocurre pintar dos aves. 

Son dos pájaros que viajan juntas.

***

Mi trabajo era sencillo. Despertaba a las 6:00 para ver el amanecer, siempre lo hago cuando puedo, esté donde esté. Esperaba un largo rato a solas en la cocina, mirando el mar. Tenía pocos momentos de soledad y los cuidaba mucho. Luego iba caminando descalza, sobre la arena hasta el hotel. Eran sólo diez minutos, hasta llegar al restaurante buffet. Hola aire acondicionado. Ahí llegaba el resto del equipo de animación. Se saludaban, Bonjour, Salut les filles, al principio todo era cordialidad, luego de unas semanas fui entendiendo, en ese micro mundo, micro paraíso caribeño, que había un montón de intrigas entre el equipo.

Yo desayunaba fruta y café, y picaba algo de la larguísima mesa de comida. Siempre tocaban la misma música todas las mañanas: un refrito barato de alguna canción vernácula mexicana en versión digerible al turista. Todo era eso. La caricaturización de mi cultura. Los turistas que recibíamos tocaban poco del México real.  Yo tocaba poco de su realidad. Algunos habían ahorrado años para pasar dos semanas en ese hotel. Otros eran ricos, franceses con vidas acomodadas, vacaciones cada año en Marruecos, en Grecia, en Hawaii. Daba lo mismo. Otros eran jubilados (mis preferidos), otros, jóvenes que buscaban beber y maldecir tanto como la boca se los permitiera. Hacia toda esa fauna nos dirigíamos al salir del pétit déjeuner, tres chicas, dos chicos, y yo, cada día.

Nos esperaba la tienda de animación junto a la playa y la piscina. Yo ponía música tranquila y hacía estiramientos con los más mayores del hotel, los ancianos, como yo, gustaban de madrugar. Más tarde venían las oleadas de turistas crudos, pocos canadienses, casi todos europeos. Conforme avanzaba el día la profundidad de las conversaciones se iba desvaneciendo. Aumentaban las visitas al bar. Yo me desesperaba y apresuraba todo para irme a casa a descansar. Muchas veces caminaba en la playa toda la costa de Akumal, una buena parte, con los audífonos puestos, soñando con volver a bailar e irme lejos, de nuevo. Era demasiado superficial todo. Los riesgos de ser golpeada por el ex jefe de animación como represalia a mis denuncias se habían esfumado, no había nadie muy interesante, nadie para hacer amigos, nadie para ligar. Me aburría.

***

mayo 12, 2009

Akumal


No veo el momento de irme y encontrar una casa, otras calles, mis libros. No sé exactamente a qué vine. A lavarme el cerebro del asfalto, a demostrarme algo, renovarme, conocer gente.

Me siento cansada de todo lo que ha pasado aquí. Los magnates y los yates, los niños, la familia del avión.. la selva llorando su sangre que se chupan los hoteles, el trabajo explotador, estoy cansada de los problemas empresariales, las rentas. También este paraíso tenía su pequeño trozo de jardín muerto. La tierra que se asfixia y me mira con sus ojos de mar azul turquesa me pregunta cosas. ¿A qué viniste?

Quiero dormir mucho tiempo, despertar y pintar, escribir, entregarme al mundo interno inteligente, alejado de tanta superficialidad de playa. Quiero una conversación interesante. Cuando empecé a escribir esto quería decir que cuando escribo la voz que pronuncio en mi mente es una mezcla del acento de mi padre, la voz de una mujer mayor que yo que no sé quien es, y yo cuando era niña.

Quizá también vine aquí para estar conmigo misma y conocerme. Me voy. No sé cómo me siento exactamente.

****

2233_49109368057_330_nTenía que hallar sentido en lo cotidiano. Ponía mucha atención a las anécdotas que me contaban mis compañeras. Una de ellas era hija de rumanos, adoptada en Francia por una mujer soltera por quien no podía dejar de tener resentimientos de hija adoptiva. Otra era kabilie, descendiente de una tribu berber, de Argelia. A veces hablaba en árabe con los huéspedes de origen árabe que llegaban. Era musulmana, pero no practicaba más, y era mi compañera de cuarto. Me estresaba mucho su carácter y con el tiempo empecé a rehuir de ella. La otra, Sandra, la hija de rumanos, era muy reservada y ultra deportista. Su cuerpo era perfecto, moreno y terso. Me gustaba su compañía porque ella era la única excepción lejos del deseo irrefrenable de shopping del resto de las chicas, lejos de los deseos de coger, beber y quitarle dinero a los huéspedes. Hablaba además de francés, inglés y una especie de dialecto gitano.

Lo supe porque cuando llegaron los gitanos, era ella quien hablaba con ellos.

****

Cada semana llegaba un nuevo grupo de turistas. Había que recibirlos en el lobby con caras felices y hacerles “sentir acogidos”. Todos podíamos establecer contacto con cualquiera de los huéspedes siempre y siempre había vínculos amigables que establecer. A diferencia de la parte mexicana del hotel, en esta región francesa no había acoso sexual de los huéspedes hacia las animadoras. No había rastro de prostitución, ni tráfico de drogas. A lo más que llegaban los viejos franceses era a dejarme propinas de 100 euros, y notas con sus correos, que nunca respondí.

Diego y Ordán llegaron una de las últimas noches de viernes en que recibíamos huéspedes. Era un grupo pequeño, que había hecho un largo tour por el norte de África y ahora terminaba su viaje en México. Se quedarían dos semanas. Venían dos parejas más en ese tour, las dos francesas, de luna de miel. Ellos dos eran hermanos y no hablaban con nadie más que con el gerente y con Sandra, mi compañera de 25 años. Eran como una escena de película todo el tiempo.

Los dos eran altos, como de unos 40 años o más. Se parecían un poco, aunque uno, Diego, era más robusto que Ordán. Eran guapos, con las cejas pobladas y caras tristes, pero ninguna de mis compañeras se les acercaba a platicar ni siquiera en plan de trabajo, conversando o jugando scrabble. Mis compañeros intercambiaban breves frases muy de vez en cuando. Mi compañera de cuarto de Algeria, rehuía de ellos. Me di cuenta pocos días después de la llegada, que eran un par especial. No eran sólo dos huéspedes más y ya. Se traían un misterio todos, y yo no sabía si quería saberlo. Planeaba irme, y así lo hice, pocas semanas luego.

1660_41471538057_919_nYa no me sentía en un grupo de franceses. Todos, casi todos eran musulmanes o descendientes de inmigrantes en Francia. Hijos de familias que habían cruzado la frontera y habían labrado su vida de clase media baja a punta de trabajos arduos. Conseguir cotizar para las hipotecas de vivienda era un enorme logro. Sus salarios eran cosa de festejarse todo el tiempo, de cierta manera intentaban integrarse a la cultura de Francia aunque conservaban muchos gestos propios de sus orígenes. Entre ellos, una especie de sensibilidad hacia los negocios turbios. No digo que hayan cometido, ninguno de ellos algún tipo de delito, fraude ni robo. Eran extremadamente cuidadosos para no perder las seguridades que habían ido consiguiendo.

Pero cuando se los veía hablando en voz baja, jugando de maneras increíblemente ágiles a las cartas y bebiendo por las noches, una se imaginaba muchas cosas. Mis compañeras, con claros rasgos de medio oriente, y una energía extraña, con voces fuertes y tonos de constante reclamo hacia muchas cosas, me hacían sentir en otro lugar. Ya no en el Caribe mexicano. Era otra cosa. Una especie de pequeña colonia extranjera llena de complicidades e historias en común. Todos habían compartido entre ellos, diversas estancias en otros clubes exclusivos en el mundo. En Túnez, por ejemplo, estuvo todo ese mismo equipo una temporada, y en esa ocasión, supe más tarde, habían conocido a Diego y a Ordán.

Una mañana estaba poniendo música en la consola de la piscina principal. Hojeaba una revista de modas, y tomaba café. Entonces se acercó uno de los hermanos, y me preguntó mi nombre. Todos me llamaban “Isá”, con acento en la A. Me llamo Isa, le dije en francés. Se me quedó viendo sin ningún tipo de gesto, y se fue. Buenos días, dijo, y se fue a sentar en un camastro.

Luego vino Sandra a advertirme que tuviera cuidado, eran gitanos. Son tramposos. Mienten mucho. Los mismos padres de Sandra la habían vendido a una familia francesa que pensaba explotarla, hasta que su madre adoptiva la salvó de una posible red de explotación. Más redes de explotación, pensaba yo. Las hay en todas partes. Se asoman por entre los dientes y las cadenas de oro de los turistas. No me irán a llevar a ser explotada en uno de esos países, raros, ¿no? le pregunté a Sandra, y ella dijo que no. Que eran otras cosas, pero no me dijo cuáles.

Otro día por la noche, en el salón de juegos del club, el otro hermano se me acercó. Fue muy honesto, según él, y muy abierto.

-Mira, estamos aquí luego de la muerte de la prometida de Ordán. Está triste y quiero alegrarlo. A veces en Francia encontramos a chicas en hoteles, como tú, y les pagamos 2,000 euros por un mes de compañía. Les regalamos joyas, les damos regalos, y nos vamos y quedamos para siempre como amigos. ¿Qué dices? ¿aceptas?

Creo que no dije nada. Tenía en mente principalmente la muerte de la prometida de su hermano. ¿Cómo se murió? El tipo me ofrecía prostituirme. Yo tenía 24 años y era sumamente cautelosa con esas cosas, sobre todo después de vivir lo que viví en el equipo mexicano. Le dije que no estaba interesada y que muchas gracias, y traté de sonreír, pero me ganó el miedo y me fui más temprano a casa alegando que me sentía mal.

Caminé sola por el tramo que conectaba la casa con el hotel. Estaba todo muy oscuro porque no había luna. Eran casi 200 metros los que caminaba sobre la arena, era eso o avanzar por en medio del hotel, unos cinco kilómetros de selva con caminos para cochecito de golf que a las 10 de la noche ya estaban vacíos. Sólo se oía el estruendo de las olas.

De repente vi a Diego avanzando en la misma dirección que yo, iluminado por la luz del porche de alguna casa. Tenía una camisa de lino abierta que mostraba todas sus cadenas. Por eso le reconocí. Sentí miedo. Seguí caminando y me acerqué al mar alejándome de la zona iluminada. Pisé el sargazo, lo perdí de vista y llegué a casa a meterme en la cama cerrando todas las puertas con seguros.

Al otro día le conté a Sandra lo que había pasado, y ella me dijo que me fuera de días de descanso. Todo el equipo conocía al par de hermanos. Viajaban medio año por el mundo. Tenían dinero, cosa extraña en su grupo étnico. Todos habían conocido a la prometida de Ordán, en Túnez. Y se habían hecho amigos. Se enteraron de su muerte por facebook y pensaban, por cómo veían que era maltratada, que su novio le habría hecho algo.

Todo esto podría parecer una conspiración. En la historia no sucede mucho. Tengo flashazos de miedo y del misterio que era ver a estos dos hombres silenciosos deambulando por el hotel. Sandra me dijo que no los mencionara más, que la vida de los migrantes es así. No querían meterse en problemas. Era mucho lo que tenían para perder. Y quizá no valdría mucho la pena recordar la historia, dos o tres semanas después me fui de la Riviera Maya llena de cansancio. Buscaba un paraíso superficial donde descansar del tedio de una vida de lecturas, escritura, y densidad interna. Y me había topado con una paz falsa. Llena de negocios turbios, de manglares muertos. De abusos laborales. Realidades dolorosas de jóvenes que buscándose la vida se convierten en cosas que no se imaginaban.

Cada fin de semana, en mi día libre, iba a la ciudad a hacer las compras y a despejarme en alguna heladería donde podía sentarme a escribir. La última vez que lo hice me quedé llena de asco y miedo, y un poco de tristeza. Quería hacer las maletas y correr.

Vi a los dos hermanos bajando unas maletas de un taxi, y a dos chicas mexicanas, muy hermosas, acompañándolos. Entraban a un hotel lujoso y pequeño de la costa. Una de ellas había estado en el equipo mexicano. Yo sabía que ella quería estudiar turismo y viajar. No supe más de ella.

He cambiado los nombres de la historia. La recordé estos días, que leí que en medio de la crisis migratoria en Europa, los más afectados son los niños y niñas y jóvenes que caen en redes de prostitución.  Y esto es Europa, esto es la Riviera Maya.

Ya no hay paraísos a dónde poder huir.

 

 

 

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