Bienvenido Papa, te esperamos con las venas abiertas

12654205_1109321139098117_1383600501490885638_nEn estos días, toda la ciudad parece vestirse de pueblo feligrés. Llego a casa de mi madre y en el radio sólo se habla de eso. Apagamos molestas el aparato. No se habla de fe si viene el Papa, seamos honestos. Ella y yo hablamos del despliegue de recursos por su visita. Indigna mucho.

Conforme se acerca su aterrizaje la logística se intensifica. Cerrarán un montón de avenidas. El metro, el metrobus, las bicis. Cerrarán calles.

Afuera del trabajo han estado arreglando las banquetas frenéticamente. Muchos lugares que serán parte de sus trayectos están siendo “mejorados”. Colonias que antes no contaban con asfalto de calidad, pinta de banquetas, arreglo de jardineras. México recibirá al Papa con limpieza y belleza, y muchos creyentes que con sus celulares harán una linea de foquitos que le dirá “hola”.

Entiendo eso un poco. Ese furor alegre. Cuando Juan Pablo II vino a México en el 99 asistimos a verle en una banqueta de Churubusco. Esperamos horas. Pasó por segundos, y una tía lloró de emoción. Los medios lo meten a uno, -o uno deja que lo metan- en un furor de masas extraño. Parece maravilloso que venga. Se va, y la vida sigue igual.

Hoy pintaban las líneas de una calle aquí cerca. Los trabajadores, unos veinte por sección, nos conducían por los caminos que no iban a manchar sus rayas de color blanco. Cuánta prisa, interés, presión de sus jefes por acabar esto pronto.

Anoche supe de la muerte de Anabel Flores. Una de decenas, de cientos de periodistas en el país. Una de miles de muertos producto de la guerra hija de la desigualdad y la corrupción que mantiene a tantas poblaciones en la miseria y les orilla a la violencia.

Estamos en una crisis humanitaria. Que no se nota si no te bajas del coche. Si no sientes el hambre, la desigualdad en la piel. No sientes empatía por los afectados a menos que compartas algún referente que te identifique con ellos. Creo que muchos somos incapaces de mirar la gravedad de las cosas. Al final “vivimos bien”, tenemos “lo necesario”. Y no nos damos cuenta de que los paraísos personales se van haciendo cada vez más pequeños, más cerrados e inaccesibles. Cada vez gastamos más en protegernos.

Como si no pudiéramos hacer más. Con este órgano maravilloso encima de los hombros. Con el “milagro de Dios” que “somos”.

Si estamos en emergencia, ¿no podríamos actuar con la misma prisa y presión con la que arreglamos desesperadamente nuestras calles?

¿A tal grado llega la superficialidad de nuestras acciones colectivas? A pintar banquetas para un mandatario religioso.

¿No era la vida lo más importante? ¿No se trataba de amar al prójimo el cristianismo?

Si nos falta inspiración para cambiar las cosas, ¿no podríamos ponernos a la tarea, entonces, de inspirarnos?

Los impuestos son muchos. Son nuestros. El tiempo de vida, nuestras manos, se supone que también.

Hagamos algo que de fondo transforme el mundo, no solamente para los “nuestros”.

Poder hacer, y no hacer, debería ser causa de vergüenza. Rezar y pedir a Dios no sirve. Hay que labrar la tierra. Dejarnos de egoísmos. De hipocresías.

 

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