Las gotas, las dementes gotas

 

Hola blog, hace mucho que no vengo, ahora estoy escribiendo un par de artículos y mientras vengo a dejar una señal de vida. Voy a terminar con el primero y regreso.

Tres horas después vuelvo luego de haber revisado múltiples temas, fuentes y demás escritos. Tengo el cerebro removido. Pero no por la razón que siempre digo, que porque leo demasiadas cosas feas y luego me deprimo. Tengo el cerebro -y el corazón, removidos, porque el balance que buscaba siempre ante la angustia y la ansiedad que provocaba la ciudad, se desvanece conforme crecen las plantas de casa.

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El fin de semana pasado, Z y yo trasplantamos miles de plántulas bebés de muchas especies distintas. También trasplantamos flores y algunas hierbas de olor. El trabajo con plantas es extraño. Nos vuelve más silenciosos. Hay mucho en juego. Los sentidos se abren para poder actuar en conjunción con un huerto. Hay que sentir, oler, rozar, medir temperatura, humedad, peso, intuir nutrición. Uno siempre termina cansado, pero también satisfecho.

Mientras removía la tierra y metía los gránulos de tierra con el brote adentro pensé muchas cosas. Sobre todo, en los ciclos de la vida. La enorme y maravillosa vida llena de cambios y vuelcos. Las semillas desde su quietud se vuelven otras cosas. Me gusta imaginar que explotan desde su centro, se estiran como si tuvieran sueño sus raíces, y empujan hacia arriba. Yo misma fui semilla, quise salir. Y luego todos los demás nacimientos. Y las muertes que dejan sus flores con sus semillas. Todas promesas de algo que se mueve hacia delante. Qué es, qué somos, por qué la vida nos lleva hacia el minuto siguiente, y al que sigue. Por qué mi cuerpo sigue existiendo y por qué sus células se siguen organizando y arremolinando. ¿para qué todo este teatro que respira?

Terminamos cerca de las seis de la tarde y en un gesto frenético empezamos a limpiar el suelo de la sala, lleno de tierra. En este micro universo, en este trozo de planeta los instintos le ganan a la idea. Limpiar frenéticos para habitar. HABITAR. Qué palabra. Tengo 31 años. No sé si tendré hijos, pero siento la energía de un hogar. El fuego de lo pequeño cotidiano, el espacio para descansar la cadera. La cabeza. Dejarme caer. Siento lo que imaginan que sienten las criaturas del bosque al guarecerse y acurrucarse en manada. Una fuerza vinculante, una respiración más fuerte que la mía. La vida que persiste, quizá es eso solamente. Y nada más y menos que eso en su totalidad. Limpiar es eso. Es como quitar las ramas de la cueva. Y confiar en la noche.

Con el tiempo y la tierra mis manos que antes eran suaves de hija de familia que no ayuda en las tareas de casa se ponen resecas. La edad que no se ve en mi rostro se mira en ellas. Me gusta verles el paso del tiempo y pensar que soy un ser que va a morir. Y que ha amado tanto. Y que ama tanto.

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Las plantas me calman del ajetreo, y me meten un instinto atávico, como dice mi papá. De cuando eramos animales, cuando fuimos bestias. Me gusta saberme un animal. Pedacito evolutivo. Respiro hacia delante.

Las gotas del riego caen al final de los días. Y los brotes viven.

Z, soy muy cursi. Tú me vuelves así.

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