Contingencia ambiental, amor, contingencia

Me salen flores por las orejas, y quería salir en la bici a hacer las diligencias administrativas, pero la ciudad de nuevo amanece con la promesa de un bello cáncer pulmonar.

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Esto somos, a esto nos dirigíamos hace años. Recuerdo cuando era muy pequeña y leía sobre los “antepasados”, los pueblos prehispánicos, y pensaba en entonces y en ahora. Entonces no había máquinas ni petróleo. No había camiones de la basura con escapes escupidores de humo. Ahora sí. Pero también hay árboles, pensaba.

Debo haber visto muchas películas de reojo en la primera infancia porque el Apocalipsis siempre me pareció una cosa muy clara y posible, a la vuelta de la esquina. Imaginaba una época post industrial. Me reconocía un ser humano que conocía ambos mundos: las máquinas y los árboles.

Lo supe siempre pero las contigencias ambientales de este año me tomaron por sorpresa. Me movieron la brújula de los deseos y las ambiciones. Que ya eran diminutas, personalistas, micro políticas, amorosas.

Siempre hay un incrédulo cerca, siempre. Que dirá, “la promesa del fin del mundo siempre ha estado delante”, o “el cambio climático es una construcción política”.

Yo leo con los ojos, con la cabeza, pero últimamente leo con el coño, con los pulmones. Esto somos: lecturas del mundo, cada uno, interpretaciones de las mezclas culturales y biológicas que nos dan forma y cuerpo. Acepto que puedo no tener la versión más tolerante y abierta y neutral de las cosas, con mi cabeza.

Pero mis pulmones no mienten cuando tosen. Mi corazón no se equivoca cuando el estrés nos regala una arritmia para cenar por la noche. Cuando temo por mi amor que anda en la bici cada día, y por la salud mental de los que me rodean, que, podrían matarme si les hago pasar un coraje.  Porque últimamente este frenetismo que nos golpea y nos raspa llega a extremos de odiar al que se ha cruzado mal la banqueta.

Pero, hermanos, ni el automovilista ni el peatón son el enemigo. Y con señalarnos los unos a los otros tampoco, se soluciona, nada. Nada.

Ya no le creo a lo que deja de mirar la vida. Nos dirigíamos hacia acá, en un barco de petróleo que se nos ha consumido frente a los propios ojos. Como el nieto que gasta la fortuna del abuelo amasada durante años en unas cuantas semanas. Gastamos el asombro. aceleramos el devenir de todo y de nosotros. Algo nos dio este impulso que cuesta tanto detener. Yo quiero bajarme. Que vayan rápido los que así lo quieran.

De un tiempo a esta parte noté que mi cerebro estaba en otro espacio que no era el hueco de mi cráneo. Ya no estaba en el flujo de noticias y voces, ya no estaba en las propuestas políticas, en los secretos de la praxis política, what the fuck is that. Ya no le creo a esas voces. Tengo una mía, pequeñita, dentro, que no responde. Que le responde ahora solamente a lo frágil, lo valioso. Eso que puede irse de las manos en un instante, que vale más que la suma de eventos posteriores el big bang. Solamente quiero respirar.

Nos han quitado eso. Miro a la gente más “consciente” ignorando el medio ambiente, y dejo de sentir admiraciones. Es la vida señores. Mi niña interna se decepciona y pregunta; ¿este es el mundo adulto? el que ha aprendido a ignorar lo vital, lo sagrado, el respeto por el otro, la empatía, la compasión?

En las plantas han crecido nuevas cosas. Que no esperaba. Las semillas salvajes se revuelcan y han tirado hojas hacia arriba. Un amor las empuja, silencioso, haciendo su trabajo, sin decir nada más que la vida que nos trae.

Soy el desecho del crecimiento urbano. Quiero la composta. Y que se pudran las cosas que tienen que pudrirse. Para que nazcan las que tengan que nacer.

Lo que no circula es otra cosa, no son los coches. La vida en la ciudad empezó a dejar de circular libremente hace mucho tiempo. Quizá en el momento en que se le llamó ciudad.

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