Europa y la sinrazón

Tenía mucho miedo en los meses previos al viaje. Una sensación como de extrañeza constante, parecida a la que se tiene al despertar de una siesta a mitad de la tarde que nos deja aturdidos sin saber qué día, qué ser, para qué estamos.

Todos mis amigos supieron de la angustia. Cruzar una frontera. Cumplir un sueño suele ser aterrador a veces. Se llega a un punto desde donde habrá que reescribir las ilusiones y los horizontes, ese sueño, no siempre desea ser cumplido, deja de ser, si es así, lo que lo constituye, la esperanza y las nubes en las que flota, desaparecen: la realidad le quita su naturaleza. Nos queda un vacío. También aterra la posibilidad de desilusionarnos.

Yo lo sabía. Cruzar el Atlántico ya no era lo mismo hoy, que hace diez años cuando soñaba con saltar y largarme a donde fuera, y el sólo hecho de pisar calles viejas podía ser todo para mi.  Ahora tenía en la cabeza el eco de las tiras de noticias matutinas retumbando con sus políticas migratorias, sus acuerdos comerciales, Brexit, terrorismos, recursos, petróleo, desahucios. La idealización del exterior, cuando una ha crecido casi solamente en su país, es muy grande, y la magnitud del deseo de escapar hace que la conciencia de esa idealización también lo sea.

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Así que no sé si fueron las cantidades mágicas de analgésicos, o el desencanto de los viejos sueños que me pesa en los párpados lo que me mantuvieron expectante y seria. Tampoco me gustan los aviones, la verdad, les tengo mucho terror. Nueve horas de viaje sin poder dormir me dejaron en una tensión que me ayudó a desconectarme al pasar por migración. Había leído que a los mexicanos, latinos, morenos, podían pedirnos muchas justificaciones de viaje, y las tenía casi todas. Pero no podía dejarme disfrutar del proceso pre-travesía, no sé por qué.  Ni siquiera me dijeron hola, yo imaginaba que me preguntarían todo y que vendrían unos policías a meterme a una sala de detenciones para devolverme a mi país. qué les puedo decir. Llegué como un zombie que veía incrédulo Portugal por la ventana del avión.

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De pronto, todo lo que había imaginado era falso. La nave en que viajaba no se derrumbó. No flotamos en el mar helado, no morí. No me enviaron de vuelta a mi país. Estaba aquí, enamorada, libre de andar, cerca de amigos, y todavía me costaba sonreír.

Llevaba en nuestra carpeta de rutas el dibujo que hice hace dos años, al mudarme a un estudio que siempre sentí incompleto. “Mein traum war es zu reisen”. ¿Por qué metes eso aquí? dijo Z, y yo le conté que lo había puesto a la vista en una antigua casa, para recordarme dónde estaban mis sueños y mi esencia. Ahora estaba encima de la nube que siempre había soñado, pero algo estaba extrañamente hueco.

Llegamos a España un día después de que el conteo de las últimas elecciones mostrara el impasse en que me parece se encuentran todas las izquierdas con representación en cámaras, sin posibilidad de que se formara gobierno, el congreso español seguiría siendo la gelatina débil a insípida que había venido siendo los últimos meses. Mi nueva familia estaba en shock, Podemos no va bien. Y a mi me preocupa el espejo con México. Así dormimos la primera noche, luego de ver los fuegos artificiales de San Juan en una playa y un gazpacho veraniego, con un poco de shock, insomnio, y mucho calor.

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Hace un buen tiempo que entendí algo de mi que ha sido básico para soportarme. Si no escribo, mi diario, mis girones de novela, mis libretas, me deprimo y me siento vacía e inútil. Y estando en Europa, finalmente, con ojos aparentemente más maduros, no se me ocurría nada, ni podía inventarme ninguna historia. Los primeros días eran una decepción tras otra, no del paisaje, de la historia, ni de la compañía. De mi. Creo que leer los periódicos me hace mal. O leerlos demasiado, todo lo que ocurre me sigue pareciendo demasiado, una maraña de ruidos sin sentido y absurdos. cuando escribo no puedo más que hablar de eso, de la tormenta informativa, la velocidad. Y no me salen las mentiras, mis ficciones vomitan incomodidad y fatiga. ¿No habían dicho que la ficción podía servir como refugio de la realidad? Pues no he podido refugiarme. Como un caleidoscopio, las historias reales me hacen crear cosas pequeñas igual de crudas y tediosas.

El esfuerzo ha ido volviéndose, poder ver entre el ruido la belleza y hacer espacio para lo valioso y nutritivo. En este viaje además, traigo conmigo el cansancio de la endometriosis y los efectos de una medicación urgente. No es un viaje de aventura tanto como de compasión hacia otras mujeres y otras experiencias de maternidades, de salud, de cosas tan cotidianas para muchas, que son nuevas para mi. Mi endometriosis me ha hecho mirar a mi género con más admiración todavía. Con estos órganos que me causan dolor ahora, la humanidad se ha abierto paso. “Joder”, una puerta muy grande se abrió en mi.

Siempre había soñado con el tipo de crónicas que escribiría en un viaje, ilustrativas, románticas, llenas de alegorías. Mi realidad ha sido distinta. No quiero hablar de eso, no respiro ficciones, lo que me sale de la boca son como espasmos de susto por la velocidad con que va este mundo, Europa era el “viejo” continente, y las calles son perfectas, la cultura vial es excepcional, al menos en las grandes ciudades, pero hay el mismo sopor de “sobre”desarrollo, el mismo consumismo, la misma materia que el lugar de donde vengo. No dejo de pensar en los costos ecológicos de la belleza que observo. Y las reglas que se cumplen perfectamente me recuerdan la geometría de las bardas de contención donde los refugiados duermen por las noches.

Si la realidad nos sobrepasa los sueños es que tenemos que crearnos unos nuevos. O que tenemos que crear otra realidad.

Me tomó cerca de dos semanas aterrizar completamente aquí. Quiero contarles otras cosas. 🙂

 

 

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