La identidad, pero más nítida. España II

Para llegar a las Islas Cíes en auto, tuvimos que parar antes en varias ciudades de España.

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Plaza Mayor de Salamanca

Ya en el viaje de camino al norte, viví Salamanca como la segunda ciudad que conocía de la Madre patria. Veloz y un escalón de muchos.

La verdad antes vi rápidamente Madrid. Y Alicante. Madrid, por ejemplo ocurrió como un bebé prematuro: me dejaron pasar sin problemas de migración luego de semanas de nerviosismo y sospecha de ser deportada. Pero nada: sello, pase usted: ahí estaba yo, ¿ya? No estaba lista, joder, ¿para qué tanto lío en mi cabeza? Entonces avanzamos por Barajas, un aeropuerto amarillo que parece una amable representación de lo que podría ser el futuro en la mente de un arquitecto feliz supongo que español. ¿O es de otro país? Sacamos del riel de equipaje nuestras maletas y fuimos hacia el trenecito que, sin conductor, te lleva a otros lugares extraños del aeropuerto. Como otras terminales, o la estación de metro Renfe, para la que compramos un boleto, y subimos camino al Mediterráneo.  Ese metro no hacía ruido. No estábamos todos amontonados.  Había mucha gente blanca. Yo soy morena.

Z siempre me había señalado lo peculiar que era para él el conjunto de rasgos de mi cara, no sé por qué. El “Eres muy mexicana”, no lo había escuchado sino hasta ahora, y con una agradable sorpresa, antes, otros novios mexicanos me habían dicho que les gustaba por ser precisamente “no muy mexicana”. Pero ahora lo entendía. Ahí en Europa yo era diferente. Me miraban en el metro y en la calle. Creo que me gustó saber que tengo rasgos todavía reconocibles como de una etnia o pueblo, yo tengo una mezcla nahua, con algo de sangre negra, algo de medio oriente y salpicones europeos mínimos cuyo rastro se ha perdido. Pero predomina en mí lo nahua, y alguna vez las mezclas nos harán esos rasgos menos distinguibles. Por ahora me reconforta sentirme parte de un fenotipo, aunque esto vaya en contra de lo que pensaba era mi postura ante la identidad: “No hay fronteras, todos somos uno mismo”, pero no, durante todo el viaje mi identidad se hizo más nítida. Cada vez que le contaba a alguien algo de mi país me sentía responsable de algo. Y aunque no me gustara aceptarlo, me sentía orgullosa, mucho, de ser mexicana y haber tenido unos padres que me conectaran con mis raíces. La vida sería aburrida si no tuviéramos contradicciones, yo me hallé una grande, y no he querido exprimirla. Quiero dejarla así un rato. -Amar una cosa no significa no amar el resto, me repito. Y yo reconozco que aunque suene cursi, amo mucho mi país, o mis raíces, o mi cultura, o no sé, todo eso de lo que estoy llena.

De Renfe fuimos a Ave, otros trenes que nos llevarían a Valencia. Estación Atocha, ”Estoy pisando un lugar que alguna vez estuvo cubierto de sangre”, pensaba. En pocos momentos, quizá un par de horas, habiendo pasado por campos bastante secos y cultivos monotema de olivos, parras y girasoles, llegamos a Alicante.

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Extrañamente, ese día estaba nublado, y vi trozos de una ciudad de playa desde la ventanilla del automóvil. Se siente como un hogar, pensaba mientras oía a mi familia política, hablan veloz, tienen un acento cálido, dicen muchas cosas con gestos, con sonrisas, me comunico. Y miro la ciudad desde el asiento. Fresca y con el mar enfrente, pegado a las calles. Azul oscuro.

Yo me di cuenta de que aterrizamos tarde en los sitios a los que queremos ir con el corazón despierto.

Varios días después, cuando nos preparábamos para el viaje en auto aterricé en serio. Estaba en un supermercado donde no conocía casi ninguna marca. La alimentación española es bastante distinta a la mía, aunque en casa tenemos un híbrido en donde ambas conviven la mayoría de las veces pacíficamente. Primer elemento de shock: el desayuno. Segundo: el picante. Tercero: no tienen tortillas. Soy muy naive.

El desayuno en Europa es mayormente dulce. Un café, un algo de trigo con azúcar y “ála”, a la vida exterior. Esto genera en mí una hembra chauvinista que al menos hasta que consigue algo salado y si Dios es grande “picante”, refunfuña las ventajas del desayuno tradicional mexicano, el cual, aceptémoslo es muy diverso: puede ir desde el chocolate con conchas, pasando por los huevos, llegando hasta algo extremadamente caliente como un caldo (qué sexual me suena todo). Chilaquiles…, chilaquiles, no, en el Mercadona no hay chilaquiles. Hay en cambio, zonas destinadas a ese sagrado momento matutino y claro, todo es dulce, y yo amo las cosas dulces pero no cuando se interponen entre mis chilaquiles y yo.

No sólo no conocía las marcas, estaba ahí todo eso que mi compañero añoraba en su vida en México. Ahí la brecha se hizo manifiesta, (otra vez) y con ello las implicaciones de la distancia geográfica. Venir de mundos distintos a veces nos hace construir una burbuja en común en donde las fronteras son cada vez más delgadas y en las brechas construimos puentes todo el tiempo. Pero eso es otro tema.

En Madrid, ciudad grande como la Ciudad de México (no, esperen, estas comparaciones no se pueden hacer así de fácil), no me miraban tanto como en Alicante. En Alicante las señoras del supermercado me miraban con mucho recelo, yo divertida por sus caras que no sabía si eran de miedo o de racismo (que es lo mismo) les devolvía la mirada y paseaba mi piel bronceada por los pasillos. Creo que incluso me contoneaba más para fastidiarlas. Después mi suegra me contó la razón del odio que percibía. Cuenta la leyenda alicantina que en las pasadas décadas, hordas de mujeres latinas llegaron a España, y en consecuencia a Alicante y se robaron a los maridos de las españolas. Desde entonces, nada fue igual.

Una cosa que tengo que contar, es que en las partes de Europa que vi se piensa que los latinos somos muy fogosos. No sé si lo somos. Quizá sí. Es cierto que en las calles, al menos de las ciudades que visité la gente no se besa, acaricia y fajonea tanto como en los parques, al menos de la Ciudad de México, donde cada domingo o tarde puede apreciarse el cariño humano en su casi máximo esplendor en las bancas de los parques y las jardineras. Allá no es tan común. Dicen. Aunque la expresión pública de cariño sí aumenta conforme las ciudades son más grandes.

Esa fantasía de que mis compañeras latinoamericanas hubieran robado maridos españoles se me quedó muy grabada en la mente, y sentí un poco de culpa solidaria con las esposas abandonadas. Oigan, espero que entiendan que esto es medio broma, casi que totalmente broma, porque luego piensan que todo es literal, y no.

Yo y mi sospechosismo

Cuando las cosas van bien en la vida me sale la Isa que sospecha de los locus amoenus. Los Locus amoenus son esos espacios míticos que aparecían en la literatura, y que revelaban una especie de trampa narrativa: ahí se forjó la duda, se probó la agudeza de los héroes, y la fragilidad de los débiles. O eso aprendí, bien o mal, en lo poco que fui a la facultad de letras. La mentira se cultiva en los paraísos, siempre ahí, algo sale mal. En mi vida llena de tropiezos y sinsabores, los lugares bellos me causan sospecha. No me fío. No me fío ni de los elogios, ni de las críticas, no me fío de nada. En España, las calles, muchas, son perfectas.

Las ciudades parecen hechas para caminar, no sé si por una cuestión de diseño urbano, o porque sus poblaciones no masivas les permiten respirar, pero la gente camina, y hace de ello un hábito que mezcla con las mejores prendas de su armario, con sus mascotas, con sus hijos y en cualquier medio de transporte motorizado o no motorizado. Me gustaba mucho ver por la mañana a las señoras  mayores yendo a comprar las barras de pan para el desayuno de 1 euro con vestidos veraniegos y zapatos plateados. Lentes oscuros y labios pintados. Caminaban varias cuadras, en las banquetas sin roturas ni baches, esperando tranquilas a que en las esquinas los automóviles les dieran el paso con toda naturalidad.

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Wait. Esto debe tener gato encerrado. En este lugar respetan mi derecho a caminar. Hay rutas de bicis perfectamente trazadas. Semáforos donde aprietas un botón y se ponen en amarillo-rojo más rápido. ¿Esto es real? Siento que en México en este tema estamos en la prehistoria. Mientras en ciertas ciudades europeas el coche se ve como una carga prescindible, en México sigue siendo un símbolo de status y un elemento casi imprescindible en el imaginario de la gente común. Y no, las rutas de bicis en las que anduvimos en Alicante no tenían más de veinte años de construidas, pero la gente ya las había asimilado como algo que había que respetar. El carril bici. Sí, porque hay gente que disfruta ejercitarse. Porque es un derecho. Punto, no hay más. A pesar de todo, de lo que la velocidad de ciertos países europeos hacen con los recursos de otras naciones, explotándoles, tuve que reconocer que la cultura vial es ejemplar.

Eso fue el inicio de la estancia, sospecha ante la belleza, una ingenua manera de estar en lo extranjero añorando mi comida, y una preparación para recorrer los poco más de 3 mil kilómetros que recorrimos en auto, atravesando España, hacia unas islas a lo lejos de aguas heladas y turquesas.

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