Atravesar España hacia las brujas

Una nube gris sobre un cielo blanco, escurriéndose cerca sobre un campo amarillo. Yo estoy de copiloto. Miro por la ventana frontal del automóvil y me pregunto ¿cuánto falta? Y pienso que algunas veces nunca acabamos a llegar a ningún lado. Es la carretera de Salamanca a Vigo, una ruta de transición entre la aridez y el calor sofocante de la llanura y el bosque cerrado y tupido de Galicia, donde la lluvia es constante y las montañas se ven verdes y misteriosas.

Estábamos iniciando un viaje de 416 kilómetros hacia el norte, y  Z no lo sabía, pero yo iba a ver a las brujas.

Salimos de Salamanca por la mañana, no sé qué día era. Hacía calor. El clima empezó a cambiar en cuanto encontramos pueblecitos que la carretera iba atravesando. Árboles más altos cada vez, y caminos más sinuosos y montañas altas que en invierno se llenan de nieve y se vuelven muy peligrosas. Pudimos apreciar el paisaje boscoso con el silencio grato y algunas piezas aceptables de la radio española que el auto alcanzó a cachar. Había que descubrir entre mapas y celulares la ruta exacta para ir sin peaje hasta Vigo en Galicia. El viaje iba a tomarnos más o menos dos días con una noche de descanso en la ciudad de Salamanca. De ahí partimos a Orense, una ciudad escondida entre altas montañas que atraviesa el río Miño, y recogimos a dos chicas que iban hacia Vigo. Ellas, al igual que cerca de diez personas compartieron el auto esos cientos de kilómetros con nosotros, haciéndonos ahorrar en gasolina y dándonos datos de cómo llegar a nuestros destinos, que eran muchos.

DSC04215
Los edificios tenían sombreros camuflados

Hablé con las chicas desde que entramos a Orense por una de sus carreteras. Quedé con ambas, por separado, de recogerlas en un lugar donde había vidrieras. Hacía muchísimo calor cuando salí del auto, y las saludé de lejos. No era el clima neblinoso que imaginaba como hogar de brujas. Las dos tenían el pelo largo como yo, y llevaban un anillo grande en la mano derecha. Ya en el viaje, nos vi en el retrovisor, a mi sentada delante y a ellas detrás. Sentí que estaban diciéndome cosas que tenía que escuchar. Mientras Z ponía atención, yo me quedaba pensando en qué querían decirme. Había mensajes secretos escondidos en sus recomendaciones turísticas. O eso pensaba. Tenía que haber algún mensaje escondido en el misterio femenino de Galicia.

He leído demasiada fantasía y mitologías, quizá.

Siempre soñé con mujeres de pelo largo y vestidos largos, solitarias, que venían de bosques lejanos. sus pasados celtas les habían legado poderes mágicos. (Como todas hoy, aunque hoy vivimos escondidas y resguardando la identidad) Llené mi cabeza de ese tipo de alegorías toda mi vida. Eran ermitañas, misteriosas, brujas, estaban llenas de secretos. Lo celta me había atraído desde niña. Y ahora estaba ahí en esos bosques, rodeada de esas mujeres que habían crecido con el sonido de puertos mágicos sonando las 24 horas en sus cabezas.Era pronto para decepcionarme por no encontrar rasgos misteriosos en las mujeres de Orense. Pero hasta entonces todas las mujeres me sonaban igual que yo, de ciudad, del 2016, con tenis.

Pero todas tenemos vidas secretas.

No todo lo que decimos y hacemos es lo que tenemos dentro, ni todo lo que somos. Estamos llenas de puertas que no han sido abiertas.

O eso me gusta pensar.

Cuando las chicas gallegas se bajaron del coche en Vigo, yo traté de guardar en mi memoria sus indicaciones. Estaban dichas en código. Según yo.

Deben haber sido las dos o tres de la tarde cuando nos bajamos del auto, yo con todas las piernas sudadas y sin mis lentes, que había cambiado por la urgencia de tener que ponerme gafas de sol (de las baratas que no tienen aumento).

Así que me perdí los primeros detalles de la arquitectura y de las calles y las personas. Buscamos, muertos de hambre, un restaurante para comer lo que fuera. Y al hallarlo, la señora que nos atendió hablaba muy distinto al resto de los españoles que yo había conocido.Z incluso tuvo que poner más atención para entender el menú. “Es otro mundo”, me dijo, y yo entendí. Ahí también había brechas culturales, muchos hablaban gallego, y su pronunciación del español era más apretada que la del resto de españoles que conocí. Comimos un pescado que me costó desmenuzar, y que cuando me llené de espinas los dedos y la boca, la mesera vino a abrir virtuosamente con dos movimientos el cuerpo del pescadito, para dejar aparte toda la carne.

Mañas de gente del mar, pensé. ¿Qué otras mañas tendrán escondidas? pensé con ojos de sospecha.

Luego fuimos a la casa donde nos hospedamos. Una construcción de los años veinte, no muy lejos del puerto. Mientras en el exterior la temperatura alcanzaba los 35 grados o más, por dentro la casa era fresca. Las paredes eran muy gruesas, de piedra y un viento frío se sentía en la cara al cruzar la puerta. Yo tenía dolor de cabeza por el calor, las hormonas, la vida. Años veinte. Construcciones antiguas. Fotos familiares en las paredes muestran muchas mujeres formadas afuera de esa misma casa. ¿Quiénes eran?

Por la ventana de la cocina se veía un barrio sencillo, de casitas pequeñas. Varias familias convivían entorno a unas carreolas, y los niños jugaban con sus juguetes no digitales, bajo la luz amarilla de la tarde. Parecía una postal, nostálgica, valiosa. Afuera, conforme los salarios de sus padres van aumentando, los niños juegan con tablets o celulares y no se escuchan tantas risas en la calle. En los parques son los migrantes, morenos, altos, los que juegan basquetbol mientras oscurece.

Vigo se sentía como una cueva de piedra llena de musgo del mar, abierta y resoplante. Caminamos durante el resto del día, descansamos en la hora más fuerte del sol, sábanas frescas, piernas desnudas, y al atardecer salimos a cenar. No vi ninguna bruja hasta ese momento. Pero probé el pulpo a la gallega en un restaurante chiquito, y luego la “tarta de Santiago” que es una tartita de almendras con azúcar glass encima haciendo sombra al símbolo de Santiago.

En ese café había una mujer sentada sola en una de las mesas del pequeño local, tenía el pelo largo, como yo. Pensé que podríamos reconocernos. Estaba bebiendo vino blanco, y de repente llegó un hombre mayor a verla. Imaginé muchas cosas mientras Z terminaba con el pulpo y yo lidiaba con las burbujas del espumoso que me estaba tomando. El local pequeño era lo mejor del lugar, hasta entonces, no parecía tan turístico, (todo el tiempo estuve refunfuñando por la condición de “turistas” en el mundo. No me gustaba verlos, ni verme así. En realidad, quería silencio, como en todos los viajes, silencio, pausas, y escritura. Los sitios escondidos me hacían muy feliz. Lejos de las tiendas Inditex, del indicio de la UE en cada comercio. Idealizo demasiado las cosas. Tenía en mi mente esta canción todo el tiempo durante la estancia en el norte. La escuché al pasar por Portugal en el avión y me puse los lentes de los 18 años, cuando bailaba y escuchaba Madredeus todo el tiempo, con nostalgia por cosas que no habían sucedido.

La mujer del café me parecía triste. Yo pensaba en los ríos de sentimientos colectivos que nos toman a veces. ¿Y si las mujeres…? tuviéramos todas, una cosa en común, una historia en común que quizá no hemos vivido, pero reconocemos en las otras, un programa interno, una fotografía que se repite, no una maldición, sólo unos genes que nos hacen ser, hacer cosas.  Sentí una tristeza profunda. Una melancolía compleja, mezcla de dicha, fuerza, paz, ternura. Como cuando luego de emitir un juicio sobre alguien te enteras de sus circunstancias, y la visión global de las cosas te hace retroceder sobre los juicios y te das cuenta de que lo que sientes por esa persona es ternura, o compasión, incluso por una misma. Eso sentí con las mujeres, mirando a aquella en el café pequeño, jugando con las servilletas. Las dos sabemos de cierta forma, las misas cosas.

Por la noche, a media noche, volvimos a la casa de los años veinte.

Era demasiado poco tiempo para encontrarlas. 48 horas. Me esperaban las Islas Cíes, a una hora en ferri el día siguiente. Mis piernas cansadas y mi vientre nos fuimos a dormir en un abrazo. Por la mañana en el desayuno escribí algo sobre la melancolía. Las brujas ya no están vigilando desde sus cuevas, nada. Ya no son perseguidas por los mismos. Los cazadores ni siquiera creen en ellas.

Están en otra parte.

Tomamos el barco hacia las Islas Cíes, a las 11:30 de la mañana. El agua hacía ruidos estruendosos, el sol quemaba, el viento estaba helado, helado de mar.

DSC04405

 

Anuncios

Have you been there?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s