El jardín de té morisco de Crevillente

                                                                                                                                               Si la mar fuera de leche                                                                                                                                                  yo me haría pescador                                                                                                                                                      pescaría mis dolores                                                                                                                                                       con palabritas de amor.                                                                                                                                             La Serena, canción sefaradí

Hay entre una columna y otra, una puerta que lleva a un país hecho de guerras, esclavos, acuerdos mercantiles. Arena, lino, aceite y lapislázuli. Dentro de sus refugios en los muros se encuentran dulces retratos de una India distribuida por un monopolio inglés. Las camas están cubiertas de algodones claros con hojas secas dentro. Y algo que como un eco ocurre en todas direcciones, encima de mesitas y sonidos de cucharas que titilan adentro de una taza.

Y en la vida real, como raíz de ese sueño, están los sitios escondidos del bullicio y la sequía del mundo urbano.

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Yo pensaba que se habían extinto, y que las cuevas alfombradas y el sonido de laúdes saliendo de rincones eran cosa del pasado, como todo aquello que uno idealiza, como yo al viajar a Europa y buscar en pequeñas ciudades otrora musulmanas recuerdos de una vida que nunca conocí. Por muchos años, la ruta de la Seda ha sido uno de los temas que me apasionan. Aunque no es un tema. Es un lugar dentro de mi cabeza al que me gusta ir cuando tengo insomnio y estoy en casa, y quizá llueve y puedo asomarme a mis libros escuchando a Amina Alaoui y bebiendo té. El té es un hilo conductor de muchas cosas en el mundo. Como un hechizo que se nos fue metiendo en la boca y nos humedeció la vista. El té viajó desde China, junto con piedras preciosas, mercancías, especias, religiones y mundos y recorrió muchas rutas entre China y otros universos. Sedujo a reyes y reinas. Y a magos y a brujas. Y un día se metió en medio de mis ojos y me dictó el inicio de una novela interminable.

Entorno a miles de tazas de porcelana se han urdido planes de todo tipo. En Inglaterra, en Alemania, sirvió de pretexto para crear salones donde mujeres ambiciosas mezclaron todo tipo de hombres, y entonces nacieron corrientes filosóficas, políticas, económicas y amorosas. Yo he soñado con esos sitios de conspiración sutil. Como si fueran nodos en los que el mundo va tejiendo con diálogo su porvenir. ¿Y si necesitáramos más espacios para ser, tranquilos, en una meditación compartida, silenciosa, silenciosa, silenciosa?

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Un día de verano, luego de una hora de viaje en automóvil por carreteras secas y señalizaciones en árabe, llegamos a un jardín con saloncitos de té dentro.

Para llegar al centro se avanza un largo rato por corredores llenos de enredaderas. Se entra en una puerta grande de hierro forjado con motivos tamazigh, y un hombre vestido de blanco cierra detrás de ti, la puerta.

Desde ese momento estás encerrado, y te ves obligado a pagar una cuota, bebas o no, té, sólo por haber pisado ese lugar.

Y entonces viajas un poquito a otro tiempo. Te sientas en una alfombra, pides un té caliente. Escuchas a los pájaros y las abejas revolotearte encima. Te acaloras.

Y anochece, y la casa y sus interiores te miran con sus muros llenos de alfombras y lámparas de aceite, candeleros, perfumeras sefaradíes y jarrones. Las lámparas son el plato mayor. Tus ojos las devoran enteras, conforme se va acercando la noche y la mujer que las enciende les va dejando una gotita de fuego en la punta del hilo de la vela.

Hablas de muchas cosas. Tu mirada pierde su rumbo entre los árboles, y piensas que el hombre bereber que ahora posee este jardín al norte de África, escondido del mundo occidental, antes fue un nómada. Pero un nómada perdido, solitario. Sin caravana. Y cuando te sirve el té por segunda vez buscas en sus ojos azules un indicio de tu propia existencia como errante.

Al otro día estás en otra parte.

Pero tus labios huelen a perfume.

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