La región árida de los anticonceptivos

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Ehem, esto no sé cómo escribirlo, porque el tema del que quiero hablar es precisamente aquél que me impide ser elocuente. Pero aquí voy. Además de una dieta casi vegana 100% y estricta, que sigo a detalle, estoy tomando anticonceptivos que me recetaron para controlar los niveles hormonales que al parecer tenía locos, y que produjeron mis quistes y endometriosis. Y estas hormonas sintéticas son todo un caso del cual quiero contar mi experiencia.

Yo había sido casi siempre anti-doctores, anti-hormonas, anti-medicinas. Mi desconfianza del sistema de salud es sobre todo porque mi principal problema en la vida ha sido el dolor menstrual, que luego se volvió una inflamación crónica, con cambios de humor locos, y mucho cansancio. Y ningún médico sabía, no parecía creerme, o pensaba que pudiera ser digna de mayores estudios. Mi droga más fuerte ha sido el café. Siempre fui una persona que no bebía alcohol como hasta después de los 27, y muy poco, nunca he fumado, y otras drogas no han estado ni siquiera cerca de mi. He hecho mucho ejercicio siempre, y cuidado mi alimentación. “Mi cuerpo es mi templo”, es mi lema. Cuando iba con el doctor y le explicaba cómo me sentía siempre me mandaba, solamente, analgésicos cada vez más fuertes. Nunca parecían saber qué me ocurría y por eso fui perdiendo la confianza en ellos.

Aceptar un tratamiento hormonal fue un golpe muy duro para mis principios. Junto con la posibilidad de una cirugía que se prometía muy invasiva y extirpadora, he tenido que investigar mucho por mi cuenta y observarme para entender mi cuerpo.

Las hormonas de los anticonceptivos no me parecieron muy simpáticas cuando las recetaron. No sabía mucho entonces sobre sus efectos secundarios y busqué información, sobre todo testimonios de pacientes que las utilizan. Entre los efectos secundarios, lo menos grave eran depresiones, y lo peor, la posibilidad de tener coágulos en las arterias que podían llevar a infartos cerebrales o cardíacos. Nada más.

Así que cuando los empecé a tomar estaba inevitablemente algo sugestionada con los efectos que tendrían en mi cuerpo. Digamos que no he tenido tremendos síntomas negativos pero encuentro un principal foco de preocupación que parece ser la razón por la que muchas han dejado estas hormonas.

Y es que ocasionan una especie de planicie emocional a lo largo de su administración. No sé cómo explicarlo. No estoy realmente mal, debido a sus efectos, pero me siento extraña y diferente a antes.

Antes aunque mis emociones cambiaban según mis momentos hormonales de forma muy repentina e intensa, podía reconocerme en el espejo. Esa era yo, inestable emocional, soñadora, me inspiraban muchas cosas. Podía levantarme en las madrugadas sólo para disfrutar la salida del sol. Escribía de forma distinta. Cualquier evento a mi alrededor podía ser objeto de alguna narración pequeña en mi diario. O inspiración para bailar, o pintar, o sembrar, echar a andar proyectos. Cada mes me iba muy al fondo de una tristeza inexplicable, que reconocía era mi química cerebral detonándose en mis lágrimas o de una alegría extática. Podía sentir tres días antes de mi menstruación una melancolía repentina, y cuando me miraba en el reflejo del baño ahí estaba yo. En mí reconocía mis fallas, mis frustraciones, mis amores, todas las cosas que quería. El cerebro y las hormonas son una cosa increíble que funciona gracias a micro mecanismos. Es un universo diminuto en donde dos moléculas pueden hacer enormes diferencias.

Una menstruación normal es el resultado de dos hormonas: estradiol y progesterona, que producen los ovarios, y un sangrado producido por anticonceptivos es producto de esteroides sintéticos, como el etinyl estradiol y levonogestrel. Las hormonas producidas por nuestros ovarios como la progesterona, calman el cerebro y reducen la ansiedad, mientras que el levonogestrel aumenta la ansiedad. Aunque antes no estaba 100% consciente del efecto y el momento en que aumentaban o disminuían mis niveles hormonales, mis meses eran un terreno conocido. Era doloroso, sí, lloraba mucho en los días previos, a veces estaba hiper sensible y no soportaba ni que ciertas cosas me rozaran la piel de los brazos o las piernas. Pero también estaba mucho más despierta a la vida. Mis proyectos tenían más sentido, estaba acostumbrada y aprendiendo a manejar mis montañas rusas emocionales, sobre todo dejándome llevar por ellas consciente de que siempre en la peor curva o punto crítico, las cosas volvían a un lugar más tranquilo. Mi forma de escribir era distinta también, era más fácil iniciar una hoja en blanco. Usaba más metáforas, tocaba más el terreno de la fantasía. Ahora siento como si hubiera una especie de techo invisible adentro de mi cabeza que no me deja llevar las emociones ni muy alto ni muy bajo. Esto para muchos parecería al fina, estabilidad. No ir muy hacia la melancolía, ni tampoco hacia la alegría demasiado alta. Pero creo que es justo este síntoma el que causa depresión en quienes utilizan anticonceptivos por tiempos prolongados. Es como si viviéramos en una cajita de cristal en donde las cosas no nos tocan demasiado y por tanto nuestras reacciones a ellas son limitadas de igual forma.

Sé que en el fondo de mi esto no me gusta, pero no alcanzo a sentir una postura definida al respecto porque no me siento fundamentalmente mal. Es como estar en un paraje árido y tibio donde no hay demasiada sequía, pero la hay. Algo no anda bien en ese paraje. Cuando sentimos sed encontramos un poco de agua, si se siente frío, un poco de calor, nada que nos haga realmente poder gritar o desesperarnos. Es un tipo distinto de desesperación. Una muy metida adentro que no se alcanza a hacer escuchar.

Ningún cuerpo femenino es igual a otro. Eso lo tengo claro desde que esto empezó. Aunque muchas compartimos ciertas cosas, creo que todas somos una mezcla distinta de hormonas y bacterias e historias y emociones. No me gustan las generalizaciones. No me gusta cuando se nos mete en un esquema hecho aparentemente para comprendernos mejor, como los síndromes, las condiciones, las “enfermedades”. Ni siquiera siento que la medicina tenga claro qué pasa con nuestros cuerpos. Lo que sí siento, y lo veo en las salas del hospital, entre mis amigas, con conocidas que pasan por estas cosas, es que cuando afuera hay tanta violencia y desconocimiento, adentro generamos solidaridad y hermandad. Una especie de conciencia de que no tenemos lo mismo, no sabemos si lo que se nos diagnostica torpemente es en verdad lo que tenemos, sabemos que algo nos pasa, y eso es lo que compartimos. Compartimos mucho, las cuerpas femeninas, y al menos tenemos la sensibilidad para la mayoría de las veces, empatizar las unas con las otras. Si una amiga me preguntara mi opinión sobre las hormonas, le diría esto mismo que comparto aquí. Pasa esto y esto otro, pero es libre de elegir lo que sienta mejor para ella. Y nadie tiene derecho a cuestionar sus decisiones terapéuticas. Una ya está asustada, agobiada, tiene los síntomas que busca curar, y no se encuentran muchas respuestas afuera. El juicio de otros, o sus opiniones sobre lo que elegimos respecto a nuestros cuerpos, sobran.

Cada una decidimos qué camino elegir. Medimos la cantidad de tiempo que hemos buscado una cura, explicaciones, buenos médicos. El dinero del que disponemos, el tiempo que podemos dedicarle. El ánimo con el que contamos. En mi caso he pasado ya por varias terapias alternativas, no invasivas, como la homeopatía, terapia sistémica, meditación, y no vi resultados en estos 15 años. En mi círculo de amigos, como yo misma, preferimos lo natural, lo no sintético. El proceso emocional por el cual podemos sanar. Pero en mi caso el dolor y la desesperación me hicieron tomar un camino distinto al alternativo. Y ahora entiendo que aunque antes pensaba que podía tener derecho de hacerlo, no podría cuestionar el derecho de ninguna a decidir qué camino tomar para sanar. Era muy dura con esto antes, pensando que las mujeres que no optaban por lo alternativo estaban siendo muy duras con ellas mismas. La dura era yo, juzgándoles.

Yo he tenido la enorme fortuna, el privilegio de tomarme meses enteros para reflexionar, buscar terapias, informarme, estar conmigo exclusivamente para resolver esto. Las hormonas sintéticas me han mostrado un lado de la vida que no quiero vivir, y espero dejarlas en cuanto sea posible. Buscar respuestas me ha hecho ver y habitar una comunidad de hermanas. Encontrar en mi pareja un compañero comprensivo, fuerte y amoroso. También he investigado mucho sobre cuestiones ginecológicas en todo el mundo. Los costos, las causas de ciertos males, el efecto del estrés y el ritmo de vida en los cuerpos de las mujeres. Y veo que la endometriosis está llena de casos como el mío. De mujeres que dijimos “nunca tomaré esto, nunca me haré aquello”, y que cedemos ante el dolor y la desesperación de tratamientos no fructíferos. A veces pienso que somos un experimento de nadie, una manifestación de algo que ocurre en el mundo que simplemente todavía no tiene respuestas como el cáncer, y que nos toca a nosotras descubrirlo aunque no seamos sujetos de casos de cura. Al menos tendremos indicios que dejar a otras hermanas, o a las futuras generaciones.

No quiero decir que la homeopatía u otros caminos no funcionen. Algunas mujeres me han contado historias con finales exitosos usando estos métodos. Yo no recomendaría en lo absoluto las hormonas sintéticas aunque no sé si todas sientan la misma planicie emocional, quizá no. Pero sí recomendaría prevención, cuidados desde muy jóvenes, tener una alimentación excelente. Habitar un cuerpo de mujer requiere una nutrición buena, verduras frescas, cero hormonas, cero alimentos procesados. Amor propio. Y si el problema ya está presente y no hablamos de prevención, sólo queda la fuerza para buscar para una misma, lo que nos haga sentir mejor, y más seguras.

Habitar un paraje árido puede ser una experiencia catalogada como negativa. Pero en mi caso creo que ahora veo mi “vida hormonal pasada” como un lugar lleno de emociones y riquezas interiores. Veo todos los proyectos que pude crear con el ímpetu que sentía. Todas las decisiones que he tomado con las TRIPAS. Las escenas que me llenan de emoción cuando recuerdo haber destruido cosas, y cuando las tuve que reconstruir. Creo que no era consciente de lo rica emocionalmente que era mi vida. Y de cuánto arte he buscado y he creado. Desde este otro lugar desde el que tengo oportunidad de observarme sé que una parte de mi que no distingo bien ahora suspira muy profundo.

 

 

 

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