Santiago de Compostela: empezar otros viajes

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Llegamos a Santiago al atardecer, cuando la luz se pone mágica y azul,  luego de un cansado trayecto en automóvil desde Vigo. Teníamos hambre, y queríamos visitar la ciudad de noche. Pero, nuestra habitación reservada no estaba lista, y tuvimos que esperar en un parque con el equipaje guardado en un café de una calle cercana. Recuerdo haberme subido a los aparatos para hacer ejercicio para matar el tiempo y sentirme como una niña pequeña jugando. También recuerdo los pájaros parados en las ventanas de los edificios blancos del barrio, las cortinillas de las casas que supongo sirven para refugiarse del calor, y la ropa de las personas, que era muy diferente a la de Vigo, o la de Salamanca.

La primera impresión fue esa, ciudad pequeña, historia, turismo y estilo de sus transeúntes, todo vuelto una postal.

Cuando nos acomodamos salimos a caminar un poco a dar vueltas por el centro. Había que ver la catedral, punto obligado, algunas calles emblemáticas, puntos obligados, y los caminantes del camino de Santiago, que yo no contaba con ver, pero que llamaban mucho mi atención cuando andaban con su vara de senderismo, y sus libretas llenas de sellos de tabernas y hostales.

Para quitar el hambre paramos en un restaurante escondido que se llamaba O Piorno, o algo así. Dentro había muchas personas gritando y tomando cerveza en la barra. Yo me decía a mi misma: esto es, Isa, los gritos, la comida, España es una extraña condensación de eso. Cenamos hamburguesas con queso azul y algo caramelizado. Papas al horno, y una botella de vino blanco. ¿O cerveza? No recuerdo mucho ese detalle, quizá por la cantidad de alcohol que bebí.

Pedimos la cuenta, salimos a andar. La ciudad era un laberinto medieval. Callecitas diminutas, pasadizos, puentes entre edificios, cristales. Cada rincón era digno de hacerme escribir algo, y era difícil elegir uno solo. Me pasa seguido, estar buscando sentido a todo y cansarme a mi misma en esa relación de ideas con espacios. Obviamente no llego a escribir todo lo que pienso. Buscaba infructuosamente hacer fotos con mensajes mentales para luego convertirlos en algo. Ya había superado ligeramente mi deseo de encontrar brujas donde quiera que fuera y había optado por apreciar el mundo como era, sin magia evidente ni leyendas vivas mirándome.

Además empezaba a acostumbrarme a viajar acompañada de mi pareja. Luego de varios trayectos y espacios nos íbamos conociendo mejor. Habíamos viajado un poco en México pero conocer su país era distinto, ahí yo estaba en serio en serio lejos de casa. En serio en su familia, en serio juntos. Y la posibilidad latente de que el movimiento fuera una constante en nuestra vida se hacía cada vez más fuerte. Como cuando leíamos los mapas juntos y yo no entendía las partes en catalán. Cuando el menú tenía que ser traducido, y el supermercado era un universo nuevo. La identidad que una construye poco a poco con esfuerzos, como un sujeto propio, con las referencias que queremos, con todos esos bordes y límites que marcamos con respecto al mundo, se sentía ya, transformada por ese viaje, y en Santiago lo cotidiando cobró su dosis de claridad al mostrarnos tal y como somos. Esos choques de la rutina, cuando por ejemplo yo me obsesionaba al perder mis cosas, o él se desesperaba porque tenía hambre y quería salir de los sitios históricos para poder probar bocado podían ser exasperantes de cierta forma, y lo eran, pero también empezaron a ser espacios de contacto valiosos. Puentes de realidad, historias comunes.

Decidí dejar de pensar en las cosas mágicas esa noche al volver a casa. Dormimos en una habitación pequeña con un espejo grande. Y en la mañana salimos a pasear por las calles medievales diminutas que de día eran mucho más bonitas porque el cielo estaba azul y las personas se paseaban bajo un sol nítido. Todo fue mucho más bello también, después del café y el desayuno. Caminamos más, hice fotos, y nos metimos a la catedral de Santiago.

Aunque normalmente las grandes construcciones me apabullan y no son tan interesantes para mi, esta estaba rodeada de un halo de misterio. Otra vez yo a querer colgarle mis fantasías. Cuando estudiaba música nos hablaban en clase de historia del arte, del sentido alquímico que revestía los procesos de construcción de las catedrales. Proporciones, diseños, planos que buscaban hacer reflejo de la creación de Dios en la tierra. La mano del hombre diminuto buscando a Dios en el cincel y las líneas. Me quedé largo rato viendo la cúpula mayor que tiene el ojo rojo al centro y pasée por las capillas laterales. Me senté en una de ellas, y de repente tuve una idea que usaría, pensé, en la novela. Miraba los dibujos en la piedra, lo macabro de la religiosidad y las palabras me venían a la cabeza muy velozmente. Otro de esos momentos de verborrea repentina sin un contenedor cerca dónde desahogar la congestión de palabras. Salí y me senté en una escalinata y me puse a escribir.

Creo que no hay nada que me guste más que hacer eso. Nunca he entendido ese afán voraz del turista que busca pisar cada sitio velozmente para atraparse en una fotografía, apropiarse de la experiencia, meterla rápido en su cajón de identidad para guardarla detrás de las nuevas fotos, de los nuevos sitios, uno tras otro como archivos. Incluso en mis viajes de adulta joven, a los 20 años, prefería quedarme un largo rato sentada en un solo lugar, pensando, que siguiendo un itinerario que le metía prisa a mis ensoñaciones.

Detestaba cuando alguien me daba una lista: debes ver esto y esto, y esto otro. Como en Bs Aires donde recibía a cada segundo instrucciones para ir y venir, para “no perderme la experiencia” para devorarlo todo. Yo me congestiono con ese afán, con esa hambre. Soy quizá más mediocre en mi manera de pararme sobre el suelo. Demasiado romántica, me han dicho. Prefiero respirar un sitio, hacerle una foto vivencial, guardar en mis huesos la temperatura, el ruido de las calles, las miradas de las personas. El sentir. Dicen que no se puede conocer un lugar estando de vacaciones, yo creo que es cierto. Incluso creo que el concepto de vacaciones me suena extraño. Me suena a descanso, a distraerse, a soltarse. Y yo creo que al viajar uno tiene muchas antenas activas, está en constante contraste con el mundo y nuestro yo se hace muchas preguntas. Esas distancias pequeñas entre el mundo de afuera, aunque no sea lejano y extraño, siempre nos cuestionan. Creo.

Santiago es el punto final de millones de tránsitos avocados a la tarea de caminar. Para algunos es algo espiritual, para otros, ejercicio y aventura, conocer personas. Si se viera en un mapa desde arriba, muy alto, el camino de los caminantes se dibujaría una especie de neurona sobre la tierra, ahí confluyen todos ellos. Y al llegar beben vino, y cantan en una sinapsis de verano.

Para nosotros era la mitad de un viaje todavía, y quizá, el inicio. No sólo de mi personaje sino de una forma distinta de mirar encima de las superficies. Tenía que dejar de buscar cosas mágicas, brujas de cabello largo, señores magos en los bares, hadas en los bosques. Algo me decía que esos símbolos ya habían migrado hacia otra parte. Mis propios símbolos, mis expectativas, se fueron antes que yo, del panorama.

Ahí es donde pueden imaginarme sentada en la escalinata de afuera de la catedral, completamente atónita porque en la capilla por fin había hallado una escena detonante. Pero toda mi imaginería, disponible a usar en el desarrollo de esos personajes y esos textos, ya se había mudado. Visitó hace mucho tiempo esa tierra que yo pisaba apenas, y había seguido su camino.

Me sentí sola. Me di cuenta de que todo lo que había escrito todos estos años ya no era vigente en mi manera de habitar el mundo. Ya no estaba en el mismo punto que pensaba. Y ahí donde muchos finalizan su camino, y finalmente descansan, empezaba para mi otro viaje. Menos idealista, más crudo pero posible. Millones de hojas en blanco delante de mi. Y una vida propia para contarme.

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Fotografiar calles vacías es como detener el calendario un poco.
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Santiago y sus rincones con luz azul
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En ese edificio viven personas. De otro mundo.
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Caminaba lento la gente

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En Santiago, y en la región de Galicia, las empanadas son un bocadillo obligado. 

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Vírgenes solitarias, lejos de los placeres, la carne y el pescado.

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Me encanta mirar hacia arriba de las paredes altas. 

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