La verdad dentro de la sonrisa

Hace poco me di cuenta de que quizá hablo más de cosas positivas de mi vida en este blog que de las negativas.

Lo cual me hace recordar que hace tiempo que quiero escribir sobre la depresión que pasé hace algunos años, y sobre lo que me ayudó a sanar. Y de algunas cosas que me han ayudado a sobrellevar mi intensidad, la sombra que siento que siempre tengo despierta adentro y que me hace buscar como las flores de las plantas, la luz para respirar y mantenerme de este lado de la vida. El de los colores, y el aire respirable que -no es la depresión.

La depresión severa se siente como un velo de atole en los ojos. Se siente como unas vendas pegajosas que nos roban la energía, y nos dejan atados a la cama, o al sillón, o al feisbuc, o a lo que sea que volvamos nuestra nave para flotar en la brea negra que pensamos que es nuestro mundo. Se siente como un agujero negro, que arde en la mitad del pecho. Como una incapacidad para sonreír, y un recordatorio amargo de nuestra debilidad para sobreponernos, cada vez que las comisuras de los labios se oponen a que las estiremos. Es salir a la calle y que lastime el sonido de los coches, la presencia de los otros, que dejan de tener interiores e historias y se vuelven rostros huecos que no nos dicen nada. Nos pensamos inútiles, incapaces de dar algo valioso al mundo. Incapaces de compartirnos. Como si no estuviéramos en la lista de personas merecedoras de estar bien. “Esta fiesta no era para mi”, pensamos. Cuando la tristeza se vuelve patológica, hay un indicio fuerte qué observar para reaccionar. Es empezar a sentir que no hay mañana. No se puede imaginar, ni soñar con un futuro. No hay un mañana un poco menos triste. Ni un año próximo completamente sano, productivo, tranquilo, porque lo único que sentimos, durante días enteros es tristeza y cansancio, llegamos a creer que nunca se irá y que las heridas no se van a cerrar. Los pensamientos se vuelven oscuros, entramos en espirales que nos llevan al fondo, más al fondo, y pensamos cosas cada vez peores.

Yo recuerdo que a los 25 años estuve así casi un año. No podía levantarme, no me duchaba, no hacía mucho más que estar en mi cuarto estudio con mis libros y mis pinturas. Escribir fue mi refugio, aunque estuviera lleno de huellas dolorosas. Al menos hacía algo con todo lo que sentía. Hasta entonces nunca había escrito tanto, todos los días, y no por  un impulso estético sino uno de supervivencia.

12670083_10153877893823058_4731906321969935060_nAunque tuvo momentos terribles la tristeza me dejó muchos regalos. Uno de ellos, además del hábito de escribir, es poder ponerme en los zapatos de quienes enferman de lo mismo. He estado ahí, sé lo que se siente querer desaparecer y ya no sentir nada por el mundo más que melancolía. Otro es haber empezado a pintar, otro es la capacidad de mandar los juicios de los otros de viaje por el mundo. La depresión es fácilmente confundible con pereza, con apatía, con una decisión que es una actitud. Con ganas de justificarnos por lo que sea,  o ganas de provocar lástima. Esos juicios de quienes no conocen esta condición son profundamente hirientes, y muy poco útiles en un proceso curativo. cuando el cuerpo y el cerebro se cansan y se deprimen, no es cuestión de decisión estar bien o mal.

No quiero hacer una apología de la depresión, porque es terrible, y pienso que puede evitarse y sanarse. Pero a mi me dejó cosas que he podido aprovechar.

En estos meses que me he replanteado varias cosas he llegado a algunos puntos de quiebre desde donde el afuera y el adentro se ven distintos.

Por ejemplo la sombra. No somos sólo luz, ni felicidad, aunque queramos y pongamos los hashtags #BuenaVibra y #Love en las fotos. ¿Verdad? Yo, la verdad no me siento un ser luminoso, ni positivo. De hecho quienes me conocen de cerca saben que paso una buena parte del tiempo quejándome y me cuesta divertirme a veces, o ver el lado ligero de las cosas. Por no decir cómo me enojan tantas cosas que veo allá afuera, mi recalcitrante ecologismo hipster y demás corajitos. Y eso no es nada. Puedo llegar a ser bastante monstruosa, tan histriónicamente que mis anécdotas son una de mis principales fuentes de diversión. El onanismo del ego, del romanticismo pútrido. Oh, darkness, take me now.

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Y esa es la realidad. Pero creo que mucho de lo que hago, y lo que digo, son reacciones a mi verdadera naturaleza, la oscura, la insegura, la temerosa de la realidad y la que se sobrecoge cada vez que lee un periódico o las noticias. Muchas personas, muchas, han tenido conflictos conmigo. Y yo he sido parte de eso, poniendo mi energía en la fricción. En la disonancia. No me defiendo, yo me busco esas disonancias, no le tengo miedo al descuerdo o la crítica. Pongo mi fuerza en mirar y analizar lo que me quita el sueño, salgo a la calle siempre pensando en las fallas de la urbe, del mundo, de las personas. Es una locura estar aquí, adentro de mi cabeza. Siento demasiado a los otros. Una voz interna a veces no se calla, por eso tengo que escribir. Sólo aquí en las líneas de palabras puedo ordenarla. Este blog es eso. Es un recordatorio a mi misma de muchas cosas. Pero no es toda la realidad.

Los espacios que hacemos públicos son un crisol de significados. Para mi son puntos de coincidencia y reflejos de lo consciente y lo subconsciente. He conocido a personas increíbles, con quienes he podido establecer relaciones, colaboraciones, complicidades, gracias a que comparto acá mis ideas, mis proyectos, mis miedos, mis enfermedades. También he recibido críticas, consejos no pedidos, intromisiones, y cosas no muy positivas. Y estos días he pensado en esto de editarnos antes de mostrarnos. He confiado en que mostrar nuestros puntos vulnerables nos acerca a los otros, y hace que la luz que podamos irradiar, aunque sea pequeña, brille más fuerte. Pero me pregunté ¿con qué objetivo es que muestro cosas positivas acá?

Recuerdo que cuando estaba muy deprimida leía blogs de otras mujeres alrededor del mundo. Mujeres con granjas, con proyectos creativos, en colectivos, haciendo cosas, diciendo, escribiendo. Compartiendo sus hábitos alimenticios, sus aprendizajes. Eso en parte, además de la terapia, me salvó en cierto momento. Ver sus creaciones me ayudó a imaginar si yo también podría crear. En los momentos de crisis agudas, de no tener trabajo, confianza en mi misma, de tener el corazón roto, miro los mundos que han creado otras personas y eso me da fuerza. Creo que no conozco la envidia. La última vez que la sentí y lo recuerdo, tenía como siete u ocho años y era producto de que una vecina tuviera muchos más juguetes que yo. En mi cabeza la envidia es no querer estar a la altura de una misma.

Pero en este blog, no siempre sé si dejo huellas de anécdotas positivas para otros, o para mi misma. O para decirme a la hora negra de la madrugada que me arrebata el sueño: la luz que has tocado es real.

Creo que lo que quiero decir es algo parecido a: si te imaginas que mi vida es positiva, bella, “bonita”, no lo creas tanto. Siempre queremos mostrar lo mejor de nosotros. Siempre. Detrás de estas historias, de que busque construir para mi misma una historia consistente con sentido, hay desasosiego y los mismos issues que tenemos todos..

Del otro lado del blog están mis proyectos y mis miedos, mis inseguridades con respecto a mi propio quehacer escribiendo. Mi culpa por estar bien, mientras otros no. El no dejarme ser quien siempre he querido por pensar que por no tener dinero o estudios no tenía permiso. Esta cosa de no querer brillar por molestar a otros, por levantar críticas, envidias, y muchos malos entendidos de quienes piensan que nuestro quehacer en la red muestra realmente algo de quienes somos en esencia. Yo, bicho del internet, estoy convencida de que no. Esta pantallita no es real, y un ser humano no cabe en una red social.

En este blog no hablo tanto de los estragos que una relación abusiva y violenta dejó en mi hace dos años, del efecto negativo que produce mis desfachatez al opinar de todo, ni de cuando no tengo dinero, ni de mis problemas familiares. De las historias de mis antepasados que he heredado, de la depresión que he vivido. De las historias de mis antepasados que he heredado, de la violencia que he vivido. De mi trauma con mi incapacidad de entender las matemáticas, mi dislexia y lo que muchos llaman síndrome de atención dispersa. No sé si lo haré. Pero ha habido, como en todas las demás historias de todas las personas, cosas negativas. De esas que queremos meter bajo la alfombra cuando vienen a vernos. Las que dejo en borrador para siempre.

Las redes sociales han hecho un experimento interesante con nuestra construcciones autobiográficas. Hay un fragmento de “En busca del tiempo perdido” que dice:

“Pero ni siquiera desde el punto de vista de las cosas más insignificantes de la vida somos los hombres un todo materialmente constituido, idéntico para todos, y del que cualquiera puede enterarse como de un pliego de condiciones o de un testamento; no, nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los demás, y hasta ese acto tan sencillo que llamamos “ver a una persona conocida” es en gran medida un acto intelectual. Llenamos la apariencia física del ser que está ante nosotros con todas las nociones que respecto a él tenemos. “

Mostramos hermosas fotos en las redes, donde parecemos felices, tranquilos, haciendo cosas interesantes, aunque la vida no sea solamente eso. Tiene sentido, porque cuando compartimos lo más oscuro parece que nos estamos lamentando y buscamos ser abrazados, contenidos, recibimos críticas donde se nos dice que nos justificamos. Y quizá sea cierto algunas ocasiones. Pero la redes son sólo una fachada desde donde esperamos que el mundo venga a tocar a nuestra puerta para entrar.

Y los que entran se encuentran con lo real, no con las fotos, ni los “me gusta”. En mis textos que espero algún día sean algo, me gusta fantasear con un tiempo futuro donde lo virtual tiene un espacio fuerte en la realidad, y que sin embargo se ha vuelto una cárcel invisible desde donde es imposible capturar la experiencia de lo vital, lo de carne. Atesoraremos aquello que es tan grande que no cabe en facebook. Lo guardaremos en cajas de madera invisibles y será eso lo que constituya nuestra identidad. Y si esto se vuelve una trampa, nos significaremos a partir de la capacidad de escapar de una pantalla. Seremos así de fuertes.

He cumplido recientemente 32 años, rodeada de una vida sencilla. Donde el amor a las cosas pequeñas e íntimas empieza a tomar su espacio, o a recuperarlo. Tengo cada vez más retos ante mi, deudas que no he saldado con la Isa adolescente. La vida me ha dejado rodearme de personas que abren sus corazones y sus biografías de carne para mostrarme sus senderos. “Por aquí pasé, en este punto me caí. Zurcí mis desgarraduras con este hilo, me canté estas canciones”, no me dicen por dónde ir, porque los rebeldes no podemos lidiar con los atajos ni las señales del camino. Pero escuchar sus historias me ayudan a soñar con mi propio viaje. ¿Cómo quiero andar por este o aquel sendero? Eso ha sido un tesoro. Pensar la oscuridad, dejarla que entre a la casa, que me diga todo lo malo que hice y me contraste con mis creaciones buenas. Hay más sentido en esta complejidad recientemente vista. Siento libertad para mirarla y aceptarla. Hallar el espejo de los otros. Cualquier cosa que pueda hacer o crear, prefiero quizá que sea honesta y oscura con lo que sea que tenga adentro, a que siga siendo el ensayo de una versión que me esfuerzo tanto por crear.

Las historias más duras de mi vida no están aquí. Aquí parece haber una canción que intenta hacer ruido para que no suene la canción real, que no siempre me gusta ver.

Todos queremos ser amados. Tenemos miedo de que se nos juzgue, de hacer demasiado ruido, de molestar. Me gusta creer en la creatividad, y la creatividad me ha enseñado que cuando hacemos algo, decimos, nos mostramos, y las respuestas del infinito social siempre van a ser así: infinitas, de todas formas. Siempre habrá quienes envidien, esto o aquello, y si no sienten envidia por una, sentirán por otra. Y eso no es responsabilidad de quien crea, dice, hace, sino de quienes responden a ello con su propio miedo de construirse. Siento que a veces tenemos terror de mostrarnos como somos, y es normal, desde niñas se nos enseña que debemos ser buenas, bellas, bien portadas, y sobre todo buenas personas con los otros, antes mucho antes que con nosotras mismas. Yo creo que así se nos castra al arrebatarnos nuestro derecho a la oscuridad. Y con ello quizá reprimimos la disidencia natural a las dictaduras más chiquitas.

La vida no es perfecta, parece ser el leitmotif de los 30. Ahora noto que si lo fuera, sería tan aburrida que no tendría ningún sentido. Quizá me quite de encima el miedo y empiece a escribir acá de otras cosas. No sólo de lo bello. (Aunque en términos de comportamiento viral, los contenidos positivos inspiradores son más potentes que los lamentos cibernéticos). Pero qué más dan los likes. Díganme. ¿Qué más dan los likes?

Feliz cumpleaños, oscuridad.

 

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