Un vistazo al verano, el flashback de las bicis en España

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Que hace rato está mi corazón latiendo por tí, latiendo por tí…

Una tienda de “Todo a 1 euro”, Z y yo buscando contenedores para shampoo, el sonido de la puerta automática, el aire acondicionado que nos envuelve. Adentro suena la canción de Shakira de la Bicicleta, estoy buscando entre los pasillos algo que no sé cómo se llama porque en España muchas cosas tienen nombres distintos que en México.

Estamos en la costa del Mediterráneo, preparando un viaje hacia el norte en las Islas Cíes. Necesitamos para el viaje provisiones, aditamentos de camping, confirmar viajes de BlaBlacar. Encontramos los frascos herméticos, nos paramos en la fila. Unos chinos atienden a varios españoles, yo hago bromas y bailo. Z y yo nos conocimos prácticamente gracias a las bicis, que nos gustan tanto. La canción de Shakira engulló varias experiencias del viaje a España este verano. Como Julieta Venegas en el verano del 2004 en el viaje al norte del país. Como la música de gimnasio en mi estancia en el Caribe. La playa mediterránea de Alicante sonaba a Shakira, a Sia, a Jennifer López. La playa nocturna de fuegos artificiales era un desfile de tiendas de moda readytowear. Lentes de sol. Anonimatos de verano. Bailar a ritmo de la industria de la radio.

Uno no llega a construirse de inmediato el olor y la sensación de las cosas vividas. Ahora, miles de kilómetros después en el auto, sobre el mar, en barcos, aviones, consigo apreciar los meses que pasamos con sandalias, comida increíblemente rica, los cuidados y cariños de mi nueva familia y los shorts más pequeños que nunca había usado. Mucho suena a la canción de la Bicicleta de Shakira, y aunque trato de ponerle otra música a mis diarios de verano, una más rebuscada, esta se pone encima y guarda dentro muchos días en Europa. Y todo era sol, y sonrisas.

Sí, sí, no me encontraba bien por el malestar del reciente uso de anticonceptivos, además del gluten que respiraba en cada momento. Pero en general estar en España, con mi  compañero de vida y de viaje fue un sueño hecho realidad. Sí, sí, el consumismo, el shock cultural, el “primer mundo”, sí sí, mis críticas.

Pero no sólo hubo de eso en el viaje. Hubo sencillamente felicidad, la simple. Compartirnos cosas. Pedalear en el malecón por las tardes hacia casa de amigos, comer pizzas, beber cervezas. Reír mucho. Jugar al “Código Secreto”. Mirar españoles por doquier, detrás de los aparadores, de los escritorios, humanos nacidos del otro lado del mundo que han llevado sus vidas allá que me parecen a la par, aliens y seres muy cercanos. Tengo grabada la sensación del medio día pegajoso en la piel y la urgencia de ponerme las gafas de sol al salir a la calle blanca que deslumbra. ¿Gafas? Antes los llamaba lentes.

Allá los autos no querían matarme mientras pedaleaba. Mucha gente andaba a pie, se vestía elegante para pasear por el centro. Como si fuese todo un acontecimiento salir por el pan, a los 70 años, que valía ponerse un bello sombrero, zapatos dorados, vestidos vaporosos y joyas relucientes. Me contaron que así es Alicante, joyas y brillos, imagen, apariencia. En sus atuendos orgullosos, los ancianos salían al estanco a por tabaco, por el boleto de lotería, el mechero.

Sin mis lentes de hormonas falsas, habría sentido probablemente lo que siento ahora al recordarlo. La comida. El sol de España. El sol de España es como diferente. Es más ardiente y abraza por igual todas las cosas que tiene bajo sí. O era el calentamiento global yo qué sé.

Madrid por ejemplo era como una enorme ciudad viva con su propia personalidad. No era como Salamanca o Toledo que tienen la Edad Media trazada y atravesada. Ni como el norte frío, extraño y misterioso. Madrid era más bien como institucional y alcohólico al mismo tiempo, veloz como mi lugar de nacimiento, con avenidas atestadas de autobuses y gente malhumorada que desentonaba con la fastuosidad de los monumentos y las rotondas. Un lugar de tapas y museos, que se parece a la ciudad de donde vengo, cosmopolita, histórica y mortal. Veloz, veloz. Era como Almodóvar y Cervantes, revueltos en un Guernica con papas.

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Yo al esperar el semáforo para cruzar pensaba en la vieja yo, la de 18 años, que soñaba con ir a España y estudiar allá, y se pasaba las tardes oyendo a Ismael Serrano, escribiendo en cuadernos cómo sería todo estando lejos, lejos del ruido del DF. Hoy, o hace meses, era la misma yo, siempre melancólica, y buscando cosas para decir, huyendo del bullicio y soñando con banquetas soleadas del otro lado del mundo. Ahora ya estaba ahí, o aquí, en mi cuerpo de 31 años. Tuve la sensación de decirme bienvenida, esto había en la vida, y ahora está mi visión de hoy para acompañar a la versión melancólica.

Recuerdo un cuadro de Rubens, Las tres gracias, un olor a rosas en el Museo del Prado.  Muchachas alemanas tomando notas, cúmulos de visitantes rodeando los Velázquez. Mi antigua yo me hizo un guiño cuando reconocí los cuadros que crecí estudiando, primero de reojo, luego con curiosidad, luego por aburrimiento porque cuando era niña teníamos libros pero no videojuegos ni cosas “divertidas” de gente de nuestra edad, thanks god. Había cosas que sabía del Greco no por gusto, ni por interés sino porque había libros bonitos en casa que hablaban de su locura y sus desobediencias, y los personajes que más me marcaban, como Duncan, o Fitzgerald, eran todos desobedientes, también el Greco. Me parecía grosero, y burlón.

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Recuerdo un atardecer en Madrid, también, de color rosa, y un hombre tocando el violín frente al palacio de la familia real. Un mercado de hierro color guinda. Atocha, un calor ardiente afuera del metro, se abría una puerta entre muros de cristal y un ardor como de horno entraba y golpeaba las piernas desnudas. Tanto calor que ardía. Gazpacho, y versiones de gazpacho. Libros, un pub, o picadero, lugares románticos llenos de camas y cojines, cortinas, y cervezas. Cervezas, risas. La vi ahí, a la patria madre, patria viejita, rancia, con sus reyes, y rajoyes, y partidos incompetentes, y realitys. Con las mismas fallas mexicanas, enormemente anciana. Vi sus genes en la arquitectura, y nuestra lengua.

Y sobre todo recuerdo un tramo de vida, puesta en la ensoñación de lo que puede ser un país, o pisarlo. Todas esas fantasías que la realidad supera, o que no siempre alcanza, pero que componen la experiencia total de algo. España no era solamente ese país viejo, histórico, ni su comida, eran mis años adolescentes, soñando enamorarme allí, crecer allí, despertar allí, leer allí. Ocurriendo uno encima de otro, devolviéndome un poco de la inocencia de los veinte años, y la risa de recordarme tanto así, ahí en lo cursi, lo magnífico de amar y vivir las cosas con lentes de color rosa. A pesar de las hormonas y a pesar de todo.

 

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