Por la ventana del autobús, allá lejos

 

sábado

Trato de escribir esto y no puedo. Borro líneas, una, otra. Otra vez. Quiero escribir desde mi, pero se siente extraño, y salto a ella. Ella puede decir más cosas, pero entonces no soy yo quien las siente.

Imagen 1 de la semana pasada: yo sentada en el transporte público. Leo un libro que me encanta, me atrapa completamente, me pasa poco. Leo de pie, y leo sentada. Llevo conmigo mi utilidad, majo el brazo, el teclado, los chips, los cablecitos que me dejan decirme. Algunos papeles. Un tupper que me convierte en eso que siempre he intentado no ser. Leo. Escribo en mi libreta, molesto a la chica junto a mi, remuevo mi bolso mayor para encontrar la pluma. Leo de ida, y leo de vuelta. A la vuelta intento no pensar en la contingencia ambiental, pero somos más en el transporte, más que en la mañana.

Tengo calor. Esta sigue siendo la imagen uno, porque va del calor. El calor en mi nuca. En mis brazos, siento lentamente el bochorno (la condición actual de mi sistema endócrino de la que aún no escribo) que me mira desde mis piernas, me toca el pecho, los pechos, ya viene, el rostro, como un sol que se me asoma en toda la parte superior del cuerpo. Y ahora el sudor que empiezo a sentir en la frente, y luego en la nariz, el bigote, me quedo quieta, miro por la ventana del autobús, los veo a todos hartos y acalorados, una señora en la miseria también mira por la ventana, pero frente a mi. Pienso si las dos estamos pensando lo mismo. Veo el espacio entre los árboles del camellón de la avenida. Los imagino frescos, porque tengo calor. Ardo. Y esta ciudad y este asfalto.

Me refugio en la lectura. Me canso de considerar las implicaciones ambientales. Imagino un PIB pero distinto, distintos indicadores, Producto Integral del Bienestar, sacar al dinero de la escuación. Al fin que vale muy poco. Lo que estamos consumiendo es la vida. This is life, sir. This is life. Sir. Escucho con acento inglés, a una mujer diciendo “This is LIFE, Sir”, en mi cabeza. ¿A quién le digo esto? Al asfalto.

El asfalto es un señor. Me regaño porque podría desarrollar mis ideas sobre otras unidades de medida, sobre otros valores, para plantear programas sociales, pero las dejo en quejas mentales que ocurren en el transporte público.

La gente, y yo, gastamos esta ciudad, y al mundo con ella como vehículo. Me regaño cada día. Podría proponer más cosas. Debería esto, debería lo otro. Debería darme tiempo de disfrutar la vida. Al final, no todas las mujeres hemos tenido este derecho. Soy privilegiada, puedo elegir cosas. Elegir ser madre. Pinto para no serlo, amo demasiado mi espacio, mi soledad, mi escritura, mi pintura, mis ideas, el tiempo para observar el mundo. Espectadora, me descubro ojos del universo que se mira a sí mismo.

La ciudad nos enloquece. Nos rehusamos a comprar un automóvil. No, no se necesita. Se necesita hacer política para mejorar las condiciones de vida de todas las regiones, para que la gente no tenga que moverse tanto cada día. Y que puedan por la noche cuidar a sus hijos y abrazarlos, y descansar en un parque en donde leen un libro, donde hay un personaje, una mujer, que vive en otro mundo y tiene mucho calor y observa a través de la ventana soñando con un día más fresco, con menos automóviles entorno suyo, con más sonrisas cursis en su mismo vehículo colectivo transportador de miseria humanas que no son, la señora pobre que mira en la ventana al espacio en las ramas de un árbol en donde quizá no haga tanto calor como adentro.

Como adentro de mi cuerpo. Adentro de mi cuerpo una inyección que adormece las hormonas me dejó en una menopausia temporal. Era la única forma, me dijeron, de controlar la cantidad exagerada de estrógenos que mi cuerpo produce.

No sé por qué los produzco. Demasiada femineidad. ¿Sabes? Demasiada noche, agua, oscuridad, luna, magia, mundo interno. Nunca había vivido sin dolor. Soy otra persona, me dicen mis amigos. No recuerdo, desde que vivo en el descanso del martirio menstrual, cuándo viví algún drama. No recuerdo si quiera, los rencores con los que alimentaba mis justificaciones, mi neurosis que visitaba tantos lugares de tortura adentro de mi cabeza. He escrito de esto, pero se ha hecho largo como una masa de pan que conforme se amasa se llena de aire, se esponja, se hace elástica. ¿quién va a querer leer todo mi cuerpo?

“Mi voz tiene dentro cuerdas corporales.”

-Escribí en mi diario.

Imagen 2: Miro al gato que descansa, más gordo, bajo mis pies. Su gordura me alegra, ronronea, me toca, se gira. La vida me mira desde su ojo, el único con el que puede ver. Tengo calor. El gato perdió uno de sus ojos, pero cada mañana antes de que salga al caos, me mira, maúlla, y me despide en la puerta. Siempre cariñoso.

Cinco días de contingencia. No quiero se me muera la voz que tengo adentro, y las ganas de hacer otra ciudad con este asfalto donde pensamos que podemos darle a la vida algún futuro.

 

Anuncios

Have you been there?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s